El destino de un artista y su obra siempre es azaroso. Escapa a toda lógica, desafía cualquier pronóstico y está lleno de paradojas, siendo el éxito después de la muerte la variante más cruel. Uno de los casos más famosos es el de Vincent van Gogh, que vio en vida cómo su pintura era ignorada y hoy es un referente mundial.
En
literatura también hay ejemplos y el estadounidense James Salter (1925-2015) es uno de ellos. A pesar de varias novelas más que buenas y una carrera como guionista de Hollywood, eran pocos los que conocían su nombre antes de 2013, cuando después de 30 años de silencio, publicó
Todo lo que hay, un regreso insólito que logró que su nombre apareciera en los medios.
Su muerte en junio a los 90 años generó aún más titulares y hoy se está reeditando toda su obra. En varios libros volcó sus experiencias como piloto de combate (fue voluntario en la guerra de Corea). En otros abordó su dolorosa vida afectiva que incluye un divorcio tardío y la muerte por choque eléctrico de una de sus hijas.
Años luz es de 1975, o sea, tiene 40 años, pero parece escrita ayer. La novela es difícil de describir más allá del argumento (el lento naufragio de un matrimonio), porque además de todo lo que se dice está todo lo que se insinúa, las pequeñas frases laterales dichas como al pasar, como quien advierte un pozo, lo esquiva y sigue adelante.
El libro es la vida misma en todo su esplendor y en toda su tragedia, una amalgama de gran valor artístico que se apoya en la prosa única de Salter, que con frases brevísimas golpea al lector sin prisa pero sin pausa. Hay momentos, sobre todo cuando describe paisajes, la casa rural, las características físicas de los personajes, una mañana en la playa con los niños, en que roza la poesía con exquisitez.
La novela es magnífica porque, al mismo tiempo que denuncia cómo el lento paso de los días y los años va desgastando a un matrimonio, también alaba, defiende y saca a la superficie la esencia maravillosa de la existencia, su sencillez apabullante y mágica.
"La vida es el tiempo que hace. Son las comidas. Los almuerzos en un mantel azul a cuadros sobre el cual hay sal vertida. El olor del tabaco. Queso brie, manzanas amarillas, cuchillos con mango de madera", escribe.
Hay páginas en las que brilla el sol sobre el río Hudson y hay otras donde nieva y hace un frío espantoso. Están todos los días en que Viri y Nedra se aman y están aquellos en los que solo se quieren como buenos amigos. Hay mañanas donde se desean y hay noches en las que desean a otros.
Esos otros son los diferentes amigos que desfilan por la novela, que tienen un espacio propio en el libro y que son descritos con maestría. Sirven para comparar matrimonios, visiones de la vida, sueños personales e incluso como jueces de la pareja protagonista. Alguno llega a convertirse en amante e introduce la infidelidad en un hogar aparentemente perfecto.
El tiempo es un personaje más. En manos de Salter se vuelve real, cobra vida. A veces avanza con normalidad, otras se enlentece como un río a punto de congelarse, más allá se torna vertiginoso. Y todo sucede en consonancia con el estado de ánimo puntual de la pareja, con el crecimiento de los huesos de sus dos hijas, con la enfermedad del padre de Nedra, con el ladrido de la mascota, con un orgasmo que altera el espacio tiempo.
El final es inevitable, pero no es el final, porque Salter sigue a los personajes hasta las últimas consecuencias. La novela es la crónica de un naufragio, de un divorcio anunciado, pero no deja al lector apesadumbrado. Hay demasiada luz en esos 20 años de convivencia. Una joya.
$ 280
Es el precio de Años luz, de James Salter (Ediciones Salamandra, 381 páginas)