Querida Magdalena:
Cuarentena
e agradezco su preocupación y su llamada a María esta mañana.
Hace cosa de cinco días, empecé a pasar por lo que pensé que era un catarro. Luego vino la tos. Y una sensación incómoda en la garganta, como la de una pequeña inflamación. Así anduve un día o dos. El lunes había dejado de llover y fui a trabajar, esperando sentirme mejor. Pero mientras cruzaba las vistosas rejas del Trinity College, sentí ese cúmulo de pequeñas sensaciones que identifican una gripe: el decaimiento, los escalofríos, el dolor detrás de los ojos… Agitado y confundido, detuve mi bicicleta.
En ese instante de fragilidad y abatimiento, vi salir de una puerta cercana a un grupo de personas vestidas al modo de aquellos agentes de la NASA del final de E.T.: con botas de goma y escafandras de color blanco. Y aquellas escafandras, Magdalena, caminaban hacia mí: yo era su objetivo. Si alguna duda me quedaba, a la retaguardia, un vehículo de luces giratorias parecido a una ambulancia me cerró la retirada. (Se me antojó ser la nave nodriza de aquellos marcianos que me querían secuestrar). De allí bajó una especie de Luca Brasi intergaláctico.
Aunque me hubiera gustado reaccionar prudentemente (como Elliot en E.T.), me sentí en realidad más cercano a Tom Jones en Mars Attacks! No sé qué me detuvo de ir al ataque cantando It’s Not Unusual.
Entonces, uno de aquellos seres se acercó y, para mi sorpresa, en vez de desintegrarme con un rayo verde, me habló en inglés inteligible. Y me dijo que el mundo no estaba siendo conquistado por los marcianos de H.G. y Orson Wells; pero que su fin era igualmente eminente: el Covid-19 había llegado a nuestra comarca y a nuestra Universidad. Un joven estudiante a quien conozco bien y con quien hemos hablado de poesía más de una vez, había dado positivo.
Cuando Extraterrestre 1 terminó de ponerme al tanto de estas circunstancias, alguien completamente idéntico a él que denominaré Extraterrestre 2, me hizo un ramillete de preguntas muy concretas sobre mi contacto con el afectado y mi estado de salud. Y yo, en vez de contestar educadamente, como me enseñaron mis padres de pequeño, a modo de respuesta tuve un acceso de tos. Y esto fue lo más extraño: si realmente aquellos seres eran Los Invasores, yo acababa de encontrar el arma que sin duda alguna los vencería, porque en el momento en que tosí, todos ellos, (incluyendo a Luca Brasi), retrocedieron con un limitado pero inequívoco gesto de temor.
Le ahorro a usted la secuencia posterior: la toma de muestras de la garganta con un hisopo y mi traslado en la nave nodriza hasta mi casa. Ahora sé que no di positivo pero, al ser mayor de 60 años, con ciertos antecedentes, y al haber interactuado con un positivo, se me considera de máximo riesgo.
Así pues, estoy en cuarentena. Catorce días en mi casa junto al río, sin poder salir. Esa es la parte agradable –porque siempre me ha gustado permanecer en casa y mirar el río. La parte dura es que el aislamiento incluye a todos los miembros de mi familia. No puedo acercarme a María, ni a mis hijos y nietos. No puedo compartir con ellos toallas, ni ropa de cama, ni vajilla. Y cualquier acercamiento viene precedido y seguido por cuidadosos lavatorios de manos… Si todo va bien, el 23 de marzo seré de nuevo un animal social.
Prisioneros ejemplares como Boecio, Juana de Arco o Tomás Moro, aprovecharon su aislamiento y su soledad para mejorar cualitativamente su vida interior y producir en sí mismos el cambio para mejor, la metanoia que tanto nos gusta postergar. No sé si estaré a la altura de esos antecedentes.
Pero tengo quien vele por mí. Esta mañana, en la bandeja del desayuno, he encontrado mi Parker 51, con su dorado capuchón, y un pack de 96 hojas de un precioso papel de escritura. Regalo de María, mi antigua traductora y actual carcelera. El mensaje estaba claro: “¿Qué vas a hacer de ese tiempo que se te ha dado?”
Con esa presión sobre mis espaldas, en cuanto termine la presente carta, intentaré escribir algo. Quizás pequeños poemas para María, preparando el cariñoso recibimiento al final de la cuarentena. Con cosas como “For there is nothing lost, that may be found, if sought.” o “Nobody, not even the rain, has such small hands”, creo que el éxito está asegurado.
Coronavirus
Estimado Leslie:
¡Cuántos estragos puede generar un virus!
Con la confirmación del “desembarco” en Uruguay del Covid-19, el coronavirus ya es, también aquí, el tema de conversación por todas partes. La eclosión está generando una paranoia más contagiosa aún que el propio virus, con farmacias atiborradas de gente en busca de inmunoestimulantes, barbijos y alcohol en gel, mientras las redes sociales y el whatsapp estallan con mensajes apocalípticos.
El efecto contagio de la paranoia reinante impactó también en mí: tanto, que hoy salí directo del trabajo a la farmacia a comprar vitamina C. Llegué justo a tiempo para tomar uno de los últimos frascos, y mientras avanzaba lentamente en la cola para pagarlo, me invadió una sensación de intensa vulnerabilidad. Y me acordé de Heidegger, y del bellísimo poema de e.e. cummings que usted cita al final de su carta.
De Heidegger porque ahí mismo pude sentir por qué concibió al ser humano como una criatura “caída”, “arrojada a la vida”, angustiada por su pequeñez, impotencia y finitud. ¡Me sentí tan desvalida desafiando a una pandemia originada –se presume– en una sopa de murciélago en Wuhan, con un frasco de vitamina C en la mano!
Siempre digo que el Genio Creador (póngale usted el nombre que quiera) nos concedió la Razón después de ver lo mezquino que había sido con nosotros al crearnos junto al resto de los animales. “¡Pobres criaturas!”, debe haber pensado, “con los magros atributos que les di no sobrevivirán al primer soplo de aire”. Y así fue como devinimos “animales racionales”. Esto nos ha garantizado la supervivencia, claro. Pero el problema es que nos hemos dedicado a controlar a la Naturaleza, sin ocuparnos de la autarquía o dominio de nosotros mismos.
La razón no fue suficiente para permitirnos distinguir una metáfora de una expresión literal. En efecto, para “reparar” nuestra inherente fragilidad hemos tomado el relato en el mito del Génesis; “Entonces dijo Dios: hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra”, al pie de la letra, como un hecho constatado.
La conciencia de vulnerabilidad no es un trago para nada fácil de digerir, y “sabernos” amos y señores de todas las demás criaturas es un antiácido bien efectivo. Porque en la imagen que nos devuelve el magnífico espejo de la naturaleza contemplamos nuestra inherente fragilidad. Y, así, nos esforzamos para controlarla, convencidos de que podemos manipular el espejo para que nos devuelva la imagen que deseamos. Mas, aunque sea “un libro abierto”, la naturaleza está escrita en el lenguaje de una Gran Razón ante la cual nuestra pequeña racionalidad termina siempre, tarde o temprano, rindiéndose perpleja.
Y entonces, quizás, el coronavirus llegó para animar nuestro asombro e infundirnos la humildad que nos falta. Y así como el inconsciente se manifiesta a través de los sueños, la naturaleza nos expresa su potencia indómita a través de un microrganismo que parasita en el cuerpo y despliega sus efectos sobre las más diversas estructuras (políticas, sanitarias, filosóficas y económicas) creadas por nosotros, animales racionales, embriagados de ilusión de señorío. No en vano, con el coronavirus, las emisiones de CO2 en China se han reducido en un 25% (que equivale a un 6% a nivel global). Ni los incendios en Australia y la Amazonia, ni el llanto desgarrador de Greta Thunberg, la contaminación de ríos y mares, o la inminente extinción de millares de especies animales y vegetales, han tenido un impacto tan eficaz en la mejora de las condiciones medioambientales.
En “El corazón del hombre” Erich Fromm se pregunta qué debemos hacer los humanos para encontrar el sentimiento de unidad con la naturaleza. Y, ahí en la farmacia, se me ocurrió que la respuesta podía encontrarla en el poema de e.e. cummings. Entonces abandoné enseguida la cola y las vitaminas para venir a casa a leerlo.
Deberíamos contemplar la pequeñez de nuestras manos con deleite. Enamorarnos de lo que somos; finitos y vulnerables, sí, sin duda. Mas también, poderosamente libres para decidir si hemos de violentar o admirar a este Universo del cual somos arte y parte.