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Cuentos del taller (estudiantes invitados)

Necesito saber que hacías el día 12 de este mes frente al número 345 de la calle Libertadores entre las 11 y las 12 de la noche, te conviene no mentirme.

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07 de agosto de 2012 a las 00:00

Estos cuentos pertenecen a dos alumnos del taller www.escribeuncuento.com que orienta la especialista en literatura latinoamericana contemporánea, Patricia Mariel Sicouly. Hablan de crimenes, de revelaciones dramáticas y de presencias fantasmales.

Historias Minimas - que Sicouly ofreció engrosar- quedan abiertas para darle lugar a talleres, escuelas y otros antros de la cultura que quieran revelar esa especie cada vez más rara que es el cuento. A continuación, los primeros invitados


Crimen por encargo

Juchas llegó temprano, golpeó a la puerta y se sorprendió al ver una anciana con aspecto amable y sonriente. Preguntó por el Profesor y la respuesta de la señora lo desconcertó aún más.

—Se nota que no lo conoce; él salió hace un raaato— dijo la mujer con una sonrisa.
Estaba resultando diferente de lo que había pensado. El trabajo de liquidar al Profesor debería ser simple. El encargue era del Ruso, uno de los distribuidores de droga más pesados. Juchas había aprendido que en este negocio dos cosas son fundamentales: No conocer a la víctima de antemano y terminar la tarea rápido.

Se alejó de la casa pensando que decirle al Ruso. En realidad, ya le preocupaba más la reacción del traficante que el dinero acordado. Nunca había fracasado en un trabajo y decidió que no sería ésta la primera vez. Haría guardia, lo más discretamente posible, hasta ver llegar al Profesor a su casa. Y, si esa vieja estaba presente, debería matarla también; ella lo había visto y lo podía identificar.

A medianoche, vio a un hombre de más o menos su edad entrar a la casa. Por las fotos que le habían mostrado, podría bien ser el Profesor. Con la agilidad de un felino, Juchas corrió a la puerta y, de un empujón, impidió que el Profesor la cerrara. Éste de la sorpresa no reaccionó y, mientras tastabillaba, lo deslumbró el fogonazo del disparo.

El tiro de remate fue exactamente en el medio de la frente.
Al oír el grito de la anciana, Juchas giró sobre sí mismo y los dos disparos fueron al pecho de la mujer.

Cumplida su tarea salió caminando con normalidad para perderse en la oscuridad de la noche. Al otro día, vería al Ruso para cobrar por su trabajo. Ahora, se iría a su habitación en un viejo edificio del centro. Juanita, su actual compañera, seguramente lo acompañaría con unos vinos para bajar la tensión.
Juchas no había tenido una vida normal, nunca conoció a su familia, se crió en albergues, vivió en la calle y aprendió a sobrevivir siendo más violento que los demás.

Fue portero de prostíbulo, guardaespaldas y cobrador de cuentas de droga, hasta que se graduó de sicario cuando el Ruso le comenzó a encargar asesinatos. Juchas pasó así a vivir del antiguo oficio de matar por dinero.
Habían pasado algunos días y ya estaba gastando la plata de su último trabajo cuando llamó a su pieza el comisario Hernández, un hombre mayor, algo gordo, con cara de buen tipo y a quien Juchas conocía.

—Enrique Martínez, alias Juchas, por favor acompáñeme a la seccional, estoy en medio de una investigación y necesito hablar con Ud.
—Disculpe… Comisario pero… ahora estoy ocupado, iré más tarde—–dijo Juchas.
—No me jodas Juchas. No me obligues a llevarte por la fuerza, es mejor que hagas lo que te pido— la voz del veterano imponía autoridad y Juchas conocía algunas historias sobre sus procedimientos. Mejor hacerle caso.
Cuando el policía se sentó frente a Juchas, tenía una carpeta con mucha documentación.

—Necesito saber que hacías el día 12 de este mes frente al número 345 de la calle Libertadores entre las 11 y las 12 de la noche, te conviene no mentirme.
—No sé Comisario… yo no me memorizo lo que hago todos los días, supongo que habré pasado por allí cuando iba al centro… pero… cómo me voy a acordar de la hora o de ese número que me dice…. ¡Qué sé yo, Don!

—Escúchame bien Juchas, tengo la declaración de dos testigos que te vieron escondido en la entrada del galpón frente a ese número. Uno de ellos asegura que entraste a empujones a la casa después de Julián Martínez. Los vecinos denunciaron los disparos y nosotros encontramos a Julián y a su madre, Ernestina Martínez, muertos. Con los datos que tengo al Juez le puede llevar media hora decidir condenarte por doble crimen premeditado.
El asesino profesional se desmoronó, no sabía que decir y, finalmente, confesó pero se resistió a contar el motivo de los crímenes.

—Juchas lo único que puede aliviar tu condena es que nos digas por qué los mataste. ¿Fue por un encargo?
—No... no… nadie me encargó… fue un error, yo…realmente… no sabía lo que hacía— el asesino en su tartamudeo resultaba incoherente.
Finalmente, el Comisario explotó.
— Pero… ¡carajo! ¿Me vas a decir por qué mierda mataste a tu madre y a tu único hermano? ¡Maldito animal!
—¡Qué madre…! ¡qué hermano…! ¿De qué habla Comisario? Yo maté a ese Profesor y a esa vieja.
El policía abrió la carpeta y sacó un documento.
— ¡Mira imbécil! Esta es tu partida de nacimiento. ¿Entendés ahora? Pero no te amargues demasiado… si no te entra en tu cabeza vas a tener por lo menos 25 años para pensarlo tranquilo.

Roberto Mandracho

Querida mia

Nuestra casa permanece igual que cuando tú la dejaste. La sala conserva el aroma de tu exquisito perfume y al jardín lo cuido como tú lo hacías todos los días, como cuando yo era feliz mirándote podar tus rosas con tanto amor que yo las celaba.

Ahora lo hago yo, recordándote. Nunca has dejado de estar conmigo. Seguís en casa; he pasado la vida a tu lado.
Después de saludarte en la mañana, voy al trabajo tranquilo y vuelvo ansioso para encontrarte y hablar un rato en la tardecita. Cuando me acuesto, me despido. Al comedor voy poco, cuando me siento en la cabecera de la mesa te veo a mi derecha y a veces te sonrío. Me he dado cuenta que María, que me sigue cuidando, se pone muy nerviosa. No sabe sobre qué conversamos.

Yo entendí que me dejaras. Tú no pudiste vivir sólo para mí y yo no pude vencer los celos que me provocaba pensar que hablabas con otros o que alguien te podía mirar.
Eras sólo para mí, no podía soportar otra cosa. No era maldad encerrarte o permitir que que sólo pudieras salir conmigo.

Te quiero tanto que no fui capaz de compartirte. Dicen que soy loco y puede ser.
De lejos sigo tu vida y la de nuestra querida hija. Sé que tú me quieres; por eso sigo vivo.
¿Podrás perdonarme?
¿Volverías conmigo?
Te he querido toda la vida y te querré siempre.
***
Cuando le dieron la carta que encontraron entre sus cosas, ella volvió a llorar por él. Aunque siempre fue el amor de su vida, el encierro la enloquecía.

Silvia Giuria

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