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22 de abril de 2012 22:40 hs

No fue por fallas propias del consejo directivo de Peñarol que detonó la crisis en pleno Apertura 2011-2012, cuando los hinchas aún se relamían por el vicecampeonato en la Libertadores, pero los dirigentes aurinegros no supieron resolver con la confianza que exigía una situación tan delicada.

La pretemporada e innovadora propuesta de preparar al equipo en Europa que ideó el técnico Aguirre, muy diferente a la del resto de los clubes del fútbol uruguayo, abrían, por un lado, un paréntesis lleno de incertidumbre y, por otro, de esperanza, porque las últimas decisiones que había adoptado el DT fueron acertadas y derivaron en el título del Uruguayo 2009-2010 y el segundo puesto en la Copa 2011. Sin embargo, la sorpresiva salida de Aguirre –que priorizó el dinero al proyecto que tenía con los aurinegros– apenas iniciado el año futbolístico, desacomodó a los dirigentes que nunca más pudieron recuperar el equilibrio.

La poco feliz decisión de contratar a Gregorio Pérez, porque no tenía el perfil para continuar el camino que había iniciado Aguirre y, peor aún, la determinación de destituirlo en la primera fecha del Clausura, sembraron más dudas que certeza y los mirasoles transmitieron más incertidumbre e inestabilidad que confianza. Todo eso, a la larga pasa factura. La rápida eliminación de la Copa y el presente en el Clausura proyectan inestabilidad, aunque el fútbol de Peñarol esté en manos de Jorge Da Silva, el técnico que el presidente buscó para dirigir al equipo cuando no estuviera Aguirre. Es por esa razón que el consejo directivo tiene que proceder en estos días difíciles con inteligencia, madurez y equilibrio. Si Da Silva es el técnico deben darle todo el apoyo.

Es innecesario que los dirigentes digan que Da Silva tiene que ganar el Uruguayo, eso está en la tapa del libro de cualquier técnico de un equipo grande. Aunque también deben saber que solo uno puede ser campeón y cuando llegue el momento de definir Nacional arribará con ventajas sobre Peñarol y el resto porque procedió desde la presidencia de Alarcón con aciertos, mantuvo un proyecto a pesar de las adversidades con las que se enfrentó. Ese no es un detalle menor.

El presidente Damiani, la figura que identifica a Peñarol fuera de la cancha, tiene que aprender de sus errores e, independientemente del resultado del domingo y de si gana o no el Uruguayo 2011-2012, tiene que evitar que Da Silva empiece con saldo negativo su recorrido la próxima temporada. No le servirá al técnico, a los jugadores, a los dirigentes ni a nadie en Peñarol. Para eso, en estos días tan incómodos para quienes conducen el club, serán necesario silencios, defender en la interna con uñas y dientes al DT y brindarle guiños para que se sienta seguro. Solo así podrá fortalecer la estructura en lugar de ayudar a debilitarla más de lo que lo hacen los puntos perdidos.

Es ahora cuando los dirigentes deben mostrar si aprendieron de sus propios errores.

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