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Daniel Vidart y Eduardo Mateo

Dos uruguayos memorables 

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19 de mayo de 2019 a las 05:00

Es posible que en Uruguay trascender en ciencia o en arte sea más difícil que hacerlo en el deporte. El fútbol es un bello espectáculo global más que apropiado para las pantallas que gobiernan el mundo. El trabajo de un científico puede ser mucho más útil para la sociedad, pero no es espectacular. 

Con Daniel Vidart se ha ido esta semana uno de los uruguayos más importantes desde el pensamiento y la acción. El Bertrand Russell uruguayo podría decirse. Pensador profundo y extenso, enciclopedista, que pensó la uruguayez y a la vez representa a esa uruguayez rebelde, librepensadora y a la vez cosmopolita.

Desde una biografía de Tomás Berreta a libros sobre cómo somos los uruguayos, desde libros de ecología filosófica al cannabis, y estudios más específicamente antropológicos sobre diversos temas, Vidart indagó, reflexionó, estudió haciendo trabajo de campo. Y vaya si iba al lugar de los hechos, desde el campo uruguayo al desierto de Gobi, pasando por Latinoamérica, este experto en desiertos forjó una vida coherente que debiera persistir como ejemplo.

Como Bertrand Russell, vivió 98 años. Podría decirse que fue un filósofo, un prolífico escritor y su accionar en vida es tan importante como su aporte teórico. Riguroso y comprometido con la honestidad intelectual sus posturas le valieron críticas fuertes tanto desde la academia como desde los que ven una impronta de la cultura charrúa más importante de la que él mismo percibía. Como Bertrand, pasados los 90 años siguió militando activamente por las causas que consideraba justas y si Uruguay ha dado el paso de levantar la prohibición al cannabis en parte se debe a su consejo de antropólogo.

Su partida duele y llama al recordatorio, con una calle, con una plaza, con la edición de sus obras completas, para que los uruguayos y el mundo entero conozcan a un pensador fundamental tanto para el siglo XX como para el siglo XXI.

Daniel ha partido y en cierto sentido Eduardo Mateo ha regresado. La presentación esta semana del documental Amigo lindo del Alma, sobre el músico Eduardo Mateo, abre las puertas de lo que podría ser un regreso del genio y figura de Eduardo Mateo al centro de la reflexión uruguaya en 2020, cuando se deberían conmemorar 80 años de su nacimiento y 30 años de su partida.

Es tal vez el músico popular más importante de Uruguay en el siglo XX. Vanguardista, capaz de combinar las raíces de la música uruguaya tanto folclórica como el candombe, con las influencias brasileñas, con la llegada de los Beatles y los Rolling Stones, el jazz y la música oriental. El Lennon uruguayo, dice Ruben Rada en ese documental en el que lo pone a la altura de ser un posible quinto Beatle.

Víctima de la dictadura, sin poder hacer música de 1976 en adelante, con muchos de sus amigos en el exilio, llevado al Vilardebó en 1982 por tener un cigarrillo de cannabis, la certeza del regreso de la democracia y la libertad le permitieron algunos años de florecimiento musical junto a otros grandes de la música uruguaya. Un período de nuevo esplendor de un músico que renacía de sus cenizas, hasta que la muerte traicionera se lo llevó en 1990.

Si algún extranjero que visita Uruguay quiere llevarse una muestra representativa de lo que tiene para ofrecer Uruguay al mundo en términos de una música que hoy tal vez vía streaming llegaría a millones, puede hacerlo con Mateo.
Como también se dice en el excelente documental que llegará a los cines en agosto, su obra sembró semillas de música que siguen brotando en este siglo, a través de canciones que tienen su influencia, desde el candombe a la electrónica.

En un Uruguay que se abre al mundo en este siglo, tanto Daniel Vidart como Eduardo Mateo tienen aportes perennes para dar. Aportes en lo conceptual de la ciencia uno, en el arte otro. Pero sobre todo aportes para un mundo libre, capaz de cuestionar el presente pacíficamente pero con contundencia y construcción. Pero que, a veces, siento que en el presente no tienen la suficiente difusión dentro de fronteras. Algo que debería agendarse como tarea pendiente: divulgar más los legados de ambos como ofrenda de Uruguay al mundo entero. Daniel se ha ido, Eduardo parece estar siempre llegando.  

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