Opinión > COLUMNA/ EDUARDO ESPINA

Dark: la mejor televisión del siglo XXI

La nueva temporada de Dark, excelente, es entretenimiento para el público más inteligente  

Tiempo de lectura: -'

05 de octubre de 2019 a las 05:04

Todo pasa y todo queda, / pero lo nuestro es pasar”, dice el poema de Antonio Machado. “Todo pasa”, tenía inscrito en su interior el anillo de oro que Julio Grondona llevaba en el dedo meñique de la mano izquierda. La poesía, y también lo que no lo es pero hace pensar, se ha ocupado con frecuencia del gran misterio de la vida humana, tal vez no el único, pero uno de los más impenetrables: el paso del tiempo. La eternidad y un día. ¿Será tan así: que el tiempo aniquila todo lo que toca, que es absolutamente todo? ¿Y si el tiempo fuera una ilusión, una noción carente de existencia real?  

A la manera de las mejores películas de Andréi Tarkovski, en las que el tiempo y las palabras, ¡el lenguaje!, son los dos grandes misterios que acechan a la vida humana, la segunda y extraordinaria temporada de Dark plantea un escenario metafísico gobernado por paradojas, por acertijos que entran y salen de un gran laberinto, el cual supuestamente contendría el infinito: una temporalidad sin expiración. Que una serie de televisión de ocho episodios tenga a la fe, a la soledad y a la comunicación entre los diferentes niveles de la temporalidad como principal escenario de fondo, indica que el entretenimiento que puede verse en casa es bastante más que solo pasatiempo ideal para cuando no se tiene otra cosa para hacer.

El sueño del ser humano de poder construir una máquina, o lo que sea, para viajar en el tiempo de una época a otra es viejo. Podemos detectar rastros de esa aspiración incluso en el Antiguo Testamento. O cuando Moisés divide las aguas ¿no es un viaje al futuro? En Dark, serie en la que ningún personaje sonríe, todos, algunos más, otros menos, viajan en el tiempo. Aunque no quieran. Con esta premisa en mente, la serie, y sobre todo esta segunda temporada, podría ser tan solo la versión germana de Volver al futuro, o una interpretación más oscura y apocalíptica de la novela La máquina del tiempo (1895), de HG Wells. Pero los alemanes a la hora de crear son idiosincráticos. No les gusta andar haciendo imitaciones de segunda clase. 

Con el tema del viaje en el tiempo han construido una historia cuyos temas centrales acechan a la condición humana: la existencia de Dios, la finitud, la creación, el origen de la vida, esto es, la necesidad de saber quiénes somos y de dónde venimos. La inteligencia no se conforma solo con el acto de vivir. Queremos conocer. Tenemos un nombre y un apellido, caminamos, comemos, dormimos, etcétera. Pero, ¿qué más sabemos de nosotros? ¿Realmente sabemos, o vivimos en una percepción que emite espejismos? Esa pregunta, nada menos, es la que intenta responder Dark. Esto no es televisión light para ver en matinée. Esto es la parte más oscura del romanticismo alemán llevada a la televisión. No es bobería para adolescentes al estilo Stranger Things, con monstruos producidos por efectos especiales. Aquí la tensión se logra por situar en primer plano las grandes interrogantes que desvelan a la mente y al espíritu, y que tienen que ver con el origen y conclusión de la existencia, el gran misterio que habitamos.

De acuerdo con la serie, en el universo –¿o solo en la vida humana?– hay un ciclo que se repite cada 33 años, edad en que murió Jesucristo (por cierto, el personaje principal, el gran viajero, en determinado momento de su existencia luce muy parecido a Cristo). Por consiguiente, los personajes viajan en el tiempo acechados por la inquietud de no saber cuál es la lógica, porque debe haber una, que define los ciclos. Como en tantas historias con misterios y fantasmas, también en esta hay una cueva oscura. A diferencia de otras, tiene una puerta que al abrirse conecta una dimensión temporal con otra. Esa cueva que se traga a la gente advierte de algo: en el tiempo hay fisuras. Su linealidad es engañosa. Miente. Se puede pasar de una época a otra; de una en la que ya han estado, a otra que vendrá luego. No obstante, el gran misterio inquisidor no recae solamente en eso, sino en el hecho de que los viajeros se encuentran consigo mismos, tal como eran en otra época o como lo serán en una venidera. El lado oscuro es poder vernos en el espejo del tiempo con dos rostros diferentes a la misma vez, siendo ambos auténticos. Recomiendo al respecto prestarle atención al episodio 4, pues ahí puede estar la clave.

Paul Éluard, autor de varios de los mejores poemas de amor que se han escrito, dijo: “Hay otros mundos, pero están en este”. Dark agrega al comentario del poeta francés: “Y hay otros tiempos, pero están en nosotros”. Y tal vez nosotros somos el nexo entre tiempo y espacio, o quizá la fisura que separa a ambos e impide la disolución de la energía que mueve a la materia. “La grieta”, expresión de moda en nuestros días por razones más banales, es la que permitiría pasar de una dimensión a otra de nuestra propia vida, sin saber –y en eso radica la gran fragilidad de la condición humana– cuándo, en qué día, en qué momento, se acabará nuestro tiempo. ¿Y si en realidad fuéramos eternos y lo único que perdemos durante el periplo a través del tiempo es la memoria que nos permitiría recordar nuestras vidas pasadas? 

La serie da una respuesta aleatoria, pero no la voy a revelar ahora (no está en mis planes convertirme en el monarca del spoiler), únicamente agrego otra interrogante proveniente del propio argumento. ¿Qué pasaría si descubrimos que somos infinitos, que la misma vida se repite en épocas diferentes, aunque en determinado momento aparece alguien o algo para decirnos que también la eternidad se acaba? La última utopía sería intentar detener el fin. Es lo que hace uno de los personajes, el principal, de esta serie incomparable, que es televisión para inteligencias exigentes, aquellas que estarían de acuerdo con Einstein respecto a que hay un punto en la cadena del conocimiento en que la física deja de dar respuestas, y que estas solo pueden tenerlas Dios o la poesía.

En lo que va del siglo xxi, en la era streaming de Netflix, la televisión alemana realizó las dos mejores series hasta la fecha, las cuales se diferencian por amplio margen de las demás, tanto por lo ambicioso de los temas elegidos como por la profundidad de la perspectiva empleada, y por el encare poético utilizado para adentrarse en los grandes problemas humanos. Babylon Berlin y Dark son obras maestras capaces de competir con el mejor cine de los maestros supremos, Ingmar Bergman, Alain Resnais, Michelangelo Antonioni, Theo Angelopoulos, o Tarkovski. De pocas, muy pocas, series televisivas puede decirse lo mismo. Para hacer televisión efectiva con asuntos metafísicos, se necesita que la imaginación esté al servicio de la inteligencia. 

Comparando lo que hacen los alemanes, la meticulosidad y el rigor que imponen a cada uno de los episodios (Dark es una serie sobre las fisuras en el tiempo sin presentar ni una sola fisura a lo largo del libreto), con los productos realizados por las principales televisoras hispanoamericanas, ya sea en México, Argentina, Colombia, Chile, Perú, etcétera, podemos entender lo que es el tercermundismo aplicado a la pantalla chica. Hay un mundo de diferencia entre una y otra realidad. Como si estuvieran en tiempos distintos y la grieta fuera enorme, como lo es. 

REPORTAR ERROR

Comentarios

Registrate gratis y seguí navegando.

¿Ya estás registrado? iniciá sesión aquí.

Pasá de informarte a formar tu opinión.

Suscribite desde US$ 245 / mes

Elegí tu plan

Estás por alcanzar el límite de notas.

Suscribite ahora a

Te quedan 3 notas gratuitas.

Accedé ilimitado desde US$ 245 / mes

Esta es tu última nota gratuita.

Se parte de desde US$ 245 / mes

Alcanzaste el límite de notas gratuitas.

Elegí tu plan y accedé sin límites.

Ver planes

Contenido exclusivo de

Sé parte, pasá de informarte a formar tu opinión.

Si ya sos suscriptor Member, iniciá sesión acá

Cargando...