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6 de octubre 2022 - 18:01hs

El día en que la uruguaya Eugenia Benech casi incendia su casa, por la curiosidad que le daba la fabricación de un electroimán casero, no imaginaba que casi dos décadas después, esa misma curiosidad la llevaría a trabajar junto al nuevo premio Nobel de Física, el austríaco Anton Zeilinger

Fue poco de curiosidad y otro tanto de despiste la que la condujo hasta allí. Esa misma dispersión que le permite abstraerse en problemas físicos que son imperceptibles a la vista, cuando la humanidad necesita ver para entender: una manzana que cae de un árbol sobre la cabeza de Newton, una olla con agua que empieza a burbujear cuando la temperatura supera los 100 grados, una lámpara que se enciende.  Y fue esa dispersión la que la acompañaba cuando anunciaron el premio Nobel.

A las 11.45 hora local de este martes (06.45 de Uruguay), en el preciso instante en que la Real Academia Sueca de Ciencias nombró a los tres físicos laureados con el Nobel entre los que estaba el tutor de tesis doctoral de Benech, la joven uruguaya “no tenía la más pálida idea” de que ese día se anunciaban los máximos premios de su disciplina. Estaba encerrada en el laboratorio  de la universidad de Viena, ensayando unas cuentas en un pizarrón por un problema que la desvelaba desde el día anterior. De pronto un compañero de investigación, a quien también dirige el físico Zeilinger, irrumpió en la sala y se dio un intercambio que pudo ser algo así:

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—Creo que encontré la solución al problema, le dijo Benech a su colega con la ilusión de quien grita “Eureka”.
—¡Dejá eso ya mismo que tenemos que ir a la conferencia de prensa!, le respondió su compañero.
—¿Conferencia de qué?
—¿No te enteraste? Anton (Zeilinger) acaba de ser reconocido con el Nobel. ¡Apurate!

Eugenia Benech —28 años, de hablar despacio y preciso, física de profesión, y que junto a su esposa música hace dos años que estudia su doctorado en el equipo de Zeilinger en Austria— siente la adrenalina en estas horas en que los flashes reposan sobre ella y los científicos. Pero sabe que, muy a su pesar, son miradas pasajeras. Porque hace menos de dos años, cuando la ciencia acaparaba los discursos edulcorados de varios políticos, ella ganaba menos de 1.000 dólares mensuales por trabajar más de ocho horas al día intentando hacer ciencia y dando clases en la Facultad de Ingeniería de la Udelar.

“Varios” de sus compañeros de generación, “de esos que eran excelentes en sus disciplinas”, quedaron relegados por la falta de fondos para financiar sus becas de posgrado. Tanto es así que Adriana Auyuanet, del Instituto de Física de la Facultad de Ingeniería y exjefa de Benech, cuenta que “este año, de las 376 becas de posgrado otorgadas quedaron 166 becas sin financiar”. Y en un mensaje que se viralizó en las redes sociales se pregunta: “¿Cuántas ‘Eugenias’ quedaron sin posibilidad de desarrollarse?”.

Benech, quien en la Udelar había sido premiada como la mejor tesis de su generación, fue de las privilegiadas en conseguir una beca de la Comisión Académica de Posgrado (CAP) para el estudio de su maestría. “En Uruguay hacer una maestría es un trabajo: estás dando clases a la par que estudiás e investigás. Es a tiempo completo e incluso más. Es imposible hacer un posgrado sin becas, salvo que tengas padres muy ricos”. Luego aplicó a universidades del exterior y, gracias a sus credenciales, llamó la atención de la Academia Austríaca de Ciencias. Así fue a parar al instituto de Viena y a codearse con el nuevo Nobel.

El mundo, su mundo

Eugenia Benech Charbonier nació, se crió y casi incendia la casa en que vivía en Colonia Cosmopolita, una localidad coloniense de unos 400 habitantes que, al decir de la científica, “de cosmopolita solo tiene el nombre porque son todos primos”. 

Pero dicen que los nombres nos marcan y son nuestra primera seña de identidad. Tras los atentados del 11 de setiembre, por ejemplo, distintos estudios sociológicos demostraron que a aquellas personas cuyos nombres sonaban a árabe tenían menos posibilidad de conseguir una entrevista laboral. Y tal vez por esa carga que tienen los nombres, Eugenia Benech hizo de Cosmopolita un estilo de vida… no solo porque en el laboratorio convive con científicos de “todo” el mundo.

“Siempre tuve curiosidad por cómo funcionan las cosas, por cómo es en esencia el mundo”, cuenta la científica que, con la tutoría del premio Nobel, está investigando el entrelazamiento (cómo se entrelazan dos partículas subatómicas que, aunque parezca paradójico, están separadas). Y por eso su mundo, el mundo académico, acontece en los estudios de ciencia fundamental, abstracta y cuya aplicación todavía es incierta.

La Física, esa que se estudia en el liceo, tiene leyes que parecen inamovibles. Cuando se separan dos cosas, según esos principios básicos de la disciplina, quedaron separados. “Cuando no hay un campo eléctrico que una a las partes, o un campo magnético, o señal o cualquier de las opciones que se estudió, decimos que están separados y ya no pueden interactuar”, explica Benech. Pero no siempre es así.

Por más que al físico Albert Einstein le indignaba, porque no le encontraba la vuelta teórica, los nuevos avances en la física cuántica por la que fueron premiados los recientes Nobel comprobaron, incluso con experimentos, que para los objetos subatómicos carece de lógica la definición clásica de la Física: se puede generar objetos compuestos por dos partes totalmente separadas y que, sin embargo, siguen estando conectadas. Lo que pasa en una parte afecta la otra. 

Zeilinger y su equipo, por ejemplo, lograron demostrar cómo dos partículas separadas en islas distintas en la zona de las Canarias tenían conexión sin estar conectadas. Y esos avances podrían ser clave en “comprender los procesos de Información Cuántica, Computación Cuántica y hasta la teletransportación”.

Si la computación clásica puede resumirse como una combinación de ceros y unos (binarios) en que siempre que un número tiene asignada una posición no puede caber otro, en la computación cuántica se pueden dar ambas a la vez. Los chinos dijeron haber construido un equipo de este tipo que resolvió en una hora lo que a los procesadores clásicos más potentes les llevaría ocho años. Y en esa carrera también están los gigantes como Google e IBM.

Los miembros del comité sueco que otorgó el Nobel destacaron que los galardonados, como le tutor de Benech, han llevado a cabo “experimentos pioneros con estados cuánticos entrelazados, en los que dos partículas se comportan como una sola unidad incluso cuando están separadas”.

El Instituto de Física en el que trabajaba Benech, en Udelar, tiene especialidad en estos estudios. También uno de los institutos de la Universidad ORT Uruguay. La joven científica concluye: “En el país se hace Física de calidad, lo que falta es el apoyo, el esfuerzo que hacemos como sociedad, para que esa ciencia se desarrolle incluso cuando su aplicación no se vea en lo inmediato”. 

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