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Debate forestal

"Los beneficios para forestadores ya terminaron todos al menos para la pulpa; el objetivo de la política de Estado se cumplió"

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08 de enero de 2021 a las 21:56

Por Luis Romero Álvarez, Especial para El Observador

En las últimas semanas, a raíz de un proyecto de ley restrictivo a la forestación presentado por Cabido Abierto, se generó un debate. Esta actividad, casi inexistente en el país, se transformó en pilar económico y social gracias a una política de Estado constituida por el Plan Maestro estudiado por la cooperación japonesa, la Ley de Promoción de 1987 (votada al 100% en Diputados y Senadores), el proyecto con el Banco Mundial para financiar subsidios y la selección de suelos de Prioridad Forestal donde subsidios y exoneraciones de impuestos aplicaban.

Los suelos de Prioridad Forestal fueron elegidos buscando buen rendimiento forestal, allí donde la productividad agrícola o ganadera era baja; se erró al no incluir los suelos 2.10 (casquetes rocosos de las sierras) en esta prioridad porque estos suelos (250 mil hectáreas) pueden producir bien madera, pero absolutamente nada más y debieron ser la prioridad de la prioridad.

Nunca se dijo que sólo se podía plantar árboles en suelos de Prioridad Forestal; no era así antes de 1987 y no lo fue después; los subsidios y exoneraciones aplicaban sólo en aquellos suelos porque el Estado básicamente se asociaba de esta manera a la inversión (en campo de cada cual y con su plata la forestación seguía libre como la soja, ganadería, etc.). 

Los subsidios a la plantación y las exoneraciones de los montes se justificaron en el concepto “protección de la industria naciente” que hasta los economistas más liberales aceptan. También tienen un justificativo por lo largo de la maduración de la inversión en países inestables (cuánto más inestable un país más alto el riesgo para el inversor, más alta la tasa de descuento de los ingresos futuros y menos chances de lograr inversiones que maduren a largo plazo.

Los beneficios para forestadores ya terminaron todos al menos para la pulpa; el objetivo de la política de Estado se cumplió. 

En cuanto a las exoneraciones para las plantas pulperas, cabe discutir si el Estado entregó mucho o poco (en el último caso obviamente entregó mal por el indeseable secretismo); pero hay que tener en cuenta que en cualquier país, una inversión así de grande obtiene beneficios enormes. Por eso todos los partidos políticos acompañaron los beneficios para las pulperas sin chistar. 

Pero es evidente que existe molestia contra la forestación por parte de algunos productores y gente en general. Parece que esa resistencia surge en dos planos. Por un lado, la sensación de “perder” suelos buenos para producir comida por plantar árboles. Eso es falso: la forestación cuida y mejora los suelos en comparación con la agricultura. Para ejemplo están las 1.000 hectáreas que Fanapel tenía plantadas hace décadas en suelos negros agrícolas de Colonia; la empresa decidió venderlas y para eso quitó las cepas a un costo de US$ 700 por hectárea (una cosecha de pulpa produce 5.000) y luego se produjeron allí dos cosechas de soja mejores que en los campos vecinos. 

Hoy sobran campos para plantar soja en Uruguay pero si en unos años producir alimentos se vuelve imperativo (y muy rentable) los suelos forestales no pedregosos estarán disponibles y bien cuidados. 

Otro plano parece responder a preocupaciones ambientales: problemas en suelos y aguas. Esto también es falso. Hay bastantes estudios científicos ya disponibles que demuestran que estas preocupaciones (razonables cuando no se sabía lo suficiente) no son reales. Los que opinan de buena fe deberían leerlos antes de embanderarse. Los que opinan de mala fe, bueno, que le vamos a hacer.

Por último, es comprensible que pequeños productores de variados rubros, cansados de la falta endémica de rentabilidad, vean mal la forestación que puede pagar buenas rentas.

El cannabis también paga buenas rentas y la soja cuando pase los US$ 500 también las pagará.

La solución no es bloquear lo que rinde bien, porque eso nos empobrece a todos. La solución es ayudar de verdad y no con palabras huecas a los pequeños productores rurales. Pero eso es otra historia, mucho más importante que ésta, que debe ser atendida en forma urgente.

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