4 de junio de 2014 17:01 hs

Los tiempos del cine y los tiempos de la realidad se acortan cada vez más. A diferencia de Uruguay, un país que se toma sus buenas décadas para reflexionar de forma más o menos sesuda sobre sus eventos históricos recientes (ya sea desde el cine o desde otra forma de revisión artística), Estados Unidos es un país que ama el fast track (“la vía rápida”), que casi regurgita al unísono con los grandes temas de su presente obras que permiten (o no, dependiendo de su calidad) un testimonio y una marca de opinión sobre lo que sucede.

Tanto la industria de Hollywood como la producción independiente abordan hechos del presente con una agilidad y un timing que a veces deja pasmado. Pero esto no es nuevo. Ya durante la segunda guerra mundial los grandes directores estaban filmando desde los campos de batalla ficciones sobre hechos reales que habían sucedido apenas meses atrás. En la guerra de Corea pasó lo mismo. Ni que hablar en Vietnam.

Pero no solo de guerras viven ni el hombre ni el cine. Los ejemplos abundan sobre otros fenómenos: desde los cambios sociales y culturales de la década de 1960 hasta el escándalo de Watergate, desde la llegada al poder de los yuppies de Wall Street hasta la caída de las Torres Gemelas, desde la presidencia de George W. Bush a las filtraciones de un señor australiano albino llamado Julian Assange. Todo el cine yanqui (el del mainstream y el otro) ha estado pendiente del presente a través de una trilogía muy efectiva. Periodistas que realizan investigaciones, guionistas que llevan el libro para la pantalla y directores que los adaptan.

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El último grito de la moda dentro de este género que se va consumiendo a la velocidad de un fósforo y que cada año presenta un nuevo (y mayor) protagonista de una saga alocada tiene un nombre: Edward Snowden, el espía estadounidense que desplazó a Assange y sus wikileaks y lo redujo a una mera cucaracha chusma y entrometida.

Snowden es un personaje que posee todas las características para una gran película. Es un joven, supuestamente idealista, que en nombre de la patria y sus ideales más caros, denuncia un sistema de espionaje del gobierno de Estados Unidos a lo largo y ancho del globo, y con esto pone en riesgo, supuestamente, todo el sistema de seguridad de esa nación. Con una condena pendiente en su país natal, Snowden pidió asilo en Rusia, donde vive actualmente.

Ante historia política tan sabrosa, no sorprende tanto que uno de los dos proyectos para filmar la vida de Snowden tenga en su cabeza a Oliver Stone. La quintaesencia del director de temas políticos, Stone dijo que comenzará a filmar antes de fines de 2014 una película sobre “un héroe como Snowden”. Es una lástima que de entrada Stone fije una posición tan drástica, ya que el nudo del asunto es la ambigüedad de todo el caso Snowden, la mecánica del secreto, su sentido y su forma de salir a la luz, y no la caricatura del muchachito carilindo que enfrenta solo a todo el sistema (y que se parece un poco a otro Edward: Norton).

Pero quizás tampoco sorprenda esta postura de Stone, un hombre que supo hacer obras de calidad, como Salvador, Pelotón y JFK, pero luego cayó en simplezas ingenuas, como South of the border, un documental sobre Hugo Chávez y otros presidentes “progresistas” de América del Sur. La producción de Stone trabaja sobre un libro de un periodista de The Guardian, diario con el que se comunicó por primera vez Snowden para hacer públicas sus denuncias.

Hablando de The Guardian, el otro proyecto para película está encabezado por Glenn Greenwald, el periodista de ese periódico que tuvo el contacto directo con Snowden. Así las cosas, el espionaje y sus vericuetos vuelven a prometer en la pantalla grande. ¿Héroe o traidor? ¿Bueno o villano? ¿Queda algún término medio? He ahí las cuestiones.

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