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29 de marzo 2020 - 5:00hs

Al principio era algo que pasaba en China. Había aparecido una gripe nueva, que no tenía vacuna y que creaba dificultades para respirar. Las autoridades de la ciudad de Wuhan decidieron imponer una cuarentena forzosa en una ciudad de más de diez millones de habitantes para evitar que el virus se esparciera. 

Estaba todo dentro del terreno de “qué exóticos estos chinos”, lo que incluía la construcción de nuevos hospitales de la noche a la mañana. Por acá se decía que ante el mismo trance, cuando los hospitales uruguayos estuvieran listos, ya no quedarían sobrevivientes.

Las noticias lejanas hablaban de miles de muertes y un solo culpable, el coronavirus, que al parecer era una ligera variante de una familia de virus bien conocida. Pronto el pequeño monstruo se paseaba por otros países de Asia hasta que casi de golpe se volvió occidental y cristiano: entró con toda la pompa nada menos que en Italia. 

En pocas semanas recorrió la península y sembró el pánico. Los millones de turistas huyeron despavoridos y los lugareños empezaron a encerrarse en sus casas, aunque sin la disciplina de los orientales.

Una oriental del Uruguay se hizo famosa por haber llegado de Italia y al otro día asistir a un casamiento de 500 personas en Montevideo. En la leyenda local su nombre es una de las palabras clave: Carmela, tanto como pandemia, cuarentena, paranoia, aplauso, caceroleo.

Entonces ahora ya no son noticias lejanas. Ahora es el mundo entero y no solo eso sino también Uruguay. Sin bares, ni fútbol, ni clases, ni bailes, ni fiestas, ni marchas, ni conciertos, ni asados, ni cumpleaños, ni reuniones familiares ni de amigos.

Para colmo es un Uruguay que acaba de estrenar un nuevo gobierno, que en la campaña electoral había prometido que crearía las condiciones para que los uruguayos tuviéramos los mejores cinco años de nuestras vidas y ya en el primer mes le toca esto.

Pues a mí me parece que hay un asunto muy importante, tal vez el más importante en estos momentos, en el que el gobierno acertó. Me refiero a no haber declarado la cuarentena obligatoria. Para hacer una cosa así se necesita un gobierno autoritario, que decida restringir las libertades más elementales en aras del bien común. 

Resulta muy curioso que desde la izquierda haya tantas voces que le pidan al gobierno de derecha precisamente eso: que ejerza la autoridad más allá de la Constitución e impida a los ciudadanos salir de sus casas a menos que sea estrictamente necesario.

A esta altura está claro que no hay una fórmula mágica para combatir al virus. Ha habido ejemplos de todo tipo, desde la cuarentena más férrea, como en China, hasta la libertad más pura, como en Suecia.

Yo creo que lo más peligroso es lo que sucede en Estados Unidos, donde no hay estrategia ninguna y el propio presidente se dedica a divulgar estupideces muy dañinas, como que el virus es un invento chino, que apareció la cura, que es una maniobra de los demócratas o que él mismo ha logrado derrotarlo gracias a su gran perspicacia.

Ojalá que nuestra estrategia funcione y que pasemos el invierno sin que la pandemia se desborde. Ojalá que pronto este encierro forzoso sea un conjunto de anécdotas; ojalá que no todas sean tristes; ojalá no tengamos que mentir ni que ocultar la forma en que nos comportamos en este trance.
Ojalá que aprendamos algo, como sociedad. Que seamos capaces de ceder, de callar, de acompañar, de sentir el dolor del otro, de trabajar para el bien común.  
Un poco de todo eso para que la próxima vez que nos amenace una peste nos encuentre fortalecidos por la lección aprendida.

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OPINIÓN/LUIS ROUX Coronavirus Covid-19 Member

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