25 de febrero 2014 - 17:37hs

Carlos Páez Vilaró le puso color a la identidad uruguaya, creó un paisaje pop nacional, con ritmo africano y multirracial, vivió ocho años en el conventillo del Mediomundo y asistió a la premiere de un filme suyo acompañado de Brigitte Bardot. Se movió con total naturalidad entre el pueblo y la aristocracia y ese estilo se reflejó en su despedida final. Los tambores sonaron en el Mediomundo y en el Cementerio del Norte, en tanto que representantes de todos los partidos políticos acudieron a presentar sus respetos al Salón de los Pasos Perdidos.

Muchos de los presentes tenían como único punto en común la admiración por Carlos Páez Vilaró. Esa afinidad con el artista fue lo que unió en camaradería al dos veces presidente Julio María Sanguinetti con el actual primer mandatario, José Mujica. Luis Alberto Lacalle y Jorge Batlle también honraron al difunto, en un hecho inédito en la historia nacional, como lo es el que los restos mortales de un artista un artista reciban homenaje en el palacio de las leyes.

Es que Páez Vilaró fue una excepción durante toda su vida. Casa Pueblo es una excepción por donde se la mire: la obra de alguien que todo lo ignoraba sobre arquitectura en uno de los lugares más privilegiados de la costa uruguaya. También es cierto que el artista no tenía formacion académica en pintura ni escultura ni escritura ni cine, disciplinas todas en las que tuvo algo que decir y en las que dejó huella, aunque no por su relevancia estética, que ciertamente fue menor que la de algunos de sus amigos, como Pablo Picasso o Salvador Dalí.

Tal vez por eso es que el ex presidente Julio María Sanguinetti dice: “Habría que hacer una película sobre su vida”. Esa singularidad del personaje se notaba con solo echar un vistazo a la concurrencia al Cementerio Central, en torno al panteón de Agadu. En esos pocos cientos de personas estaba representada la sociedad uruguaya, en un corte transversal.

El ataúd del artista estaba cubierto por dos banderas, la de Casa Pueblo y la de Morenada, la comparsa con la que desfiló durante tantos años. Entre los más tempraneros en el Palacio Legislativo estaba en cantante de tangos Gustavo Antón, quien considera que Páez Vilaró “es un ícono, un personaje legendario”. De la misma opinión es Juan Fernández, uno de los pocos representantes de barrio Sur en el Palacio, quien definió al artista como “un caballero, un señor”.

Atilio Garrido, quien pronunció el discurso oficial en el cementerio del Norte, opinó que Páez Vilaró fue “una figura irrepetible, que pertenece a otro mundo y a otro tiempo”.

“No terminó el liceo, no hablaba inglés, pero fue el arquitecto de su propio destino”, arguyó Garrido, quien incluso citó a una hija de Figari, quien le habría dicho a Páez Vilaró: “Mi padre pintó a los negrtows desde el recuerdo, pero usted lo hizo desde la convivencia”.

El presidente de la República, José Mujica, fue uno de los oradores en el Palacio, aunque su alocución fue muy breve y finalizó con una nota de emoción: “Se lo recordará cada vez que un gurí de este país se plante a mirar el cielo”.

La primera dama y senadora Lucía Topolanski, por su parte, entendió que “se fue un hombre fundamental en la cultura uruguaya. Transversal a todas las clases sociales y todas las condiciones. Fue un hombre pleno. Tenía 90 años pero uno tenía la sensación que era de esas personas eternas.”

El ex presidente Jorge Batlle, por su parte, señaló: “Carlos fue un hombre excepcional. Fue un autodidacta. Fue inmenso. No solo amaba la vida, sino que daba la vida a todos a través de sus distintas actividades, con calor, alegría, optimismo, generosidad, sencillez. Siempre estaba con el corazón abierto a todos. Se va a sentir mucho su ausencia”.

La ministra de Turismo y Deporte, Liliam Kechichián, señaló: “Es una gran pérdida no solo cultural. Es una pérdida de marca país. Es una pérdida del Uruguay Natural, algo que él comprendía muy bien. Un hombre positivo que se caía y se levantaba”.

“Fue un pintor pero la mayor obra fue su vida –opinó Sanguinetti–. No hubo ningún territorio de la actividad que le fuera ajeno. Pintó, dibujó, hizo música, poesía, excursiones al África, las peripecias por todo el mundo, la búsqueda de su hijo, la construcción de Casa Pueblo como un hornero. Era un personaje transversal en la sociedad uruguaya porque él transitaba con total comodidad por el lugar más humilde al más encumbrado sin ningún problema, donde tenía en todos lados amigos”.

Entre los asistentes en el Cementerio del Norte, estaba Néstor Erro, con su moto y un carte cartel que decía “gracias, maestro”. Erro contó una anécdota muy Páez Vilariana: “Yo era barrendero de la Intendencia y estaba trabajando en Gonzalo Ramírez cuando lo veo pasar y le digo: ´Carlitos, que linda remera´ y me dijo: ´¿te gusta? tomá´y se la sacó y me la dio. Entonces yo me saqué la mía, se la di y me puse la suya. Y él se fue con la de la IMM”.

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