Fútbol > EL TAPADO DE LA FECHA

Diego Casas: el goleador que se destacaba cazando mulitas

Una lesión lo dejó fuera del Sudamericano sub 20 de 2015 en Uruguay, pero siguió luchando y en la primera fecha fue determinante para que Cerro le ganara a Racing

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19 de febrero de 2019 a las 05:03

Perdió a su papá Nol cuando contaba solo con 3 años y lo sintió mucho. Igual y pese a su corta edad de entonces, tiene aún vívidos algunos recuerdos de él. Como que en su pueblo natal, Vichadero, allá en donde Rivera casi se toca con Tacuarembó y Cerro Largo, Nol era un fenómeno en los raids a caballo. Ganó unos cuántos y la mayoría de las 3.000 personas que allí viven, lo conocían.

Entonces su mamá Eloísa lo crió sola a él y a sus cinco hermanos –en total, cinco varones y una mujer–, con todo lo que eso conlleva.

“Me daba cuenta que tenía que ayudarla porque sabía el sacrificio que hacía ella. Trabajaba en un mercado desde la mañana y a veces volvía a la noche. Mis hermanos mayores hacían la cena”, contó a Referí Diego Casas, quien el domingo hizo un gol y medio para Cerro en la victoria contra Racing. Y agregó: “Pero ayudándola, con el paso del tiempo me di cuenta que también me ayudaba a mí mismo, porque hoy me administro bien el dinero y las cosas que hago. Conozco gente que tuvo mucha plata un día y al otro se quedó sin nada”. 

A los 11 años ya empezó a hacer alguna changa en el campo para ayudar económicamente en casa.

Repartía fruta, pintaba casas, cortaba el pasto, todo lo que pudiera servir para conseguir dinero para casa.

Otras veces, después de la escuela, muchas veces se iba a lo de su tío a trabajar en su estancia.

“Ordeñaba las vacas, hacía quesos, trabajaba con el ganado como con la esquila y la yerra”, recuerda. En sus tiempos libres se destacaba en la caza de mulitas. “Una vez fui a cazar jabalíes, pero es muy complicado”, dice sonriendo.

Seguramente fue por eso que cuando a los 13 años se vino solo a Montevideo y fue fichado por River Plate, solo aguantó “dos o tres días” y se fue. Extrañaba demasiado su pueblo y no se habituaba al ruido de la capital.

Algo similar le ocurrió un año después cuando le gustó a la gente de Wanderers.

Se quedó en la vieja sede a vivir con un compañero.

Pero cuando se fue al mes de haber llegado, también se volvió a Vichadero. Aguantó solo la pretemporada.

Decidió entonces ir a jugar a Cerro Largo que le quedaba relativamente cerca de su casa a defender a Boca en la liga departamental.

Salió goleador con 18 goles y allí sí aceptó venir –una vez más– a la sub 16 de River Plate.

Guillermo Almada lo subió a Primera división y con él debutó seis días después de haber cumplido 18 años. Fue como un regalo de cumpleaños.

Tras él, llegó Juan Ramón Carrasco a la dirección técnica darsenera. “Es un técnico especial, por su forma de hacer jugar a sus equipos, por su carisma y su personalidad”, dice.

Y cuenta una anécdota: “Es de un humor muy cambiante, pero también tiene su lado bueno. Una tarde se metió a jugar en un entrenamiento. Me pasó de jugar de ‘9’ a hacerlo de ‘8’. Entonces me dijo dos veces que tenía que bajar a ayudar en la marca. Seguimos jugando y a los pocos minutos me pidió que me fuera. Me fui caliente, pero al otro día ya me había olvidado”.

Hizo parte del liceo en Vichadero y el resto en Montevideo. Cuando lo ascendieron a Primera, como le ocurre a muchos futbolistas, los horarios de los entrenamientos coincidían con las clases. Entonces se anotó en un liceo privado para hacerlo por materias. Hoy le quedan solo tres para terminar sexto de Derecho, aunque ya tiene claro que este año quiere comenzar el curso de técnico de fútbol porque le gusta mucho seguir en su pasión.

“Como alumno era responsable, sacrificado. No era excelente”, explica.

En su periplo por Villa Española, logró el ascenso con Jorge Casanova como DT.

“Era exigente, un buen técnico que tenía clara la idea de lo que quería y eso es importante”, sostiene.

El entrenador que mejores recuerdos le dejó fue Osvaldo Streccia. Lo tuvo en la Quinta división de River Plate y Diego salió goleador con ¡42 goles!

Dice que “es uno de los técnicos que mejor me entendió en la cancha y que me supo ubicar, sacó lo mejor de mí”.

Tuvo dos pasajes por la selección sub 20: la primera con Juan Verzeri como DT cuando aún daba años de ventaja con sus compañeros, entre ellos, Giorgian De Arrascaeta.

En el segundo, ya con Fabián Coito, integraba el grupo que iba a quedar para jugar el Campeonato Sudamericano sub 20 disputado en Uruguay en 2015, pero pocos días antes se lesionó.

“Se me inflamaron los tendones del gemelo derecho y estuve tres meses parado. Me perdí poder defender a la selección”, recuerda. Era compañero de Guruceaga, Lemos, Ale, Nández, Amaral y Pereiro, entre otros.

Uno de los que le fue a hablar en ese tiempo inactivo fue el Maestro Tabárez.

“En ese momento de inactividad, el Maestro me dijo que era un contratiempo, que dependía de mi estado de ánimo y de mi voluntad para volver, porque a veces estaba bajoneado”. Y agregó: “Es un genio, siempre de perfil bajo, una persona humilde que cree en su trabajo. Además, estás ahí y te trata como a cualquier otro. No se la cree nada. Para él era lo mismo hablar conmigo que hacerlo con (Luis) Suárez. Nos respeta de la misma manera”.

Como el Vasco Ostolaza había dirigido a la sub 17, lo había visto jugar en el Complejo Uruguay Celeste. Y lo llevó a Juventud donde le fue bien.

Tanto fue así que Sebastián Taborda –quien había jugado con él en River y ya trabajaba como empresario futbolístico– lo llevó a Sportivo Luqueño de Paraguay.

Jugó más de enganche que de “9” que es su puesto habitual, pero no desentonó.

Al tiempo, volvió a Uruguay para jugar en Sud América en la B con Gustavo Bueno como DT.

Y hace muy poco arregló con Cerro.

“Era una incógnita cómo íbamos a rendir ante Racing en el debut porque no habíamos hecho amistosos ni pretemporada por los problemas económicos del club. Nos enteramos el viernes a última hora que se habían cancelado las deudas y que podríamos jugar el Uruguayo. Estábamos asustados porque temíamos que quizás no jugáramos”.

Casas vive en pareja con Nataly y le gusta el coaching deportivo –ya se recibió– y todas las
semanas concurre.

Se sienta y habla con el coach como si fuera un psicólogo de cómo le fue en la semana, con su familia, su casa. “Te limpia la cabeza. Pensé que no lo necesitaba, pero después de la primera clase, me di cuenta que vale la pena”. 

En tanto, allá en Vichadero, Eloísa es la más orgullosa de todas.

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