15 de enero de 2014 19:06 hs

Es llamativo que dos de las películas que suenan fuerte para los premios Oscar, cuyas nominaciones se anuncian hoy, sean Escándalo americano, el último trabajo de David O. Russell y El lobo de Wall Street, de Martin Scorsese. En principio, porque ambas cintas tratan de casos inspirados en hechos reales, relacionados con estafas de dinero.

Pero también llama la atención que Escándalo americano –que toma como punto de partida a dos estafadores que son obligados por el FBI a cazar a varios congresistas en casos de corrupción– se sienta deudora del cine de Scorsese, especialmente de Buenos muchachos, película que también transita como una presencia ineludible en El Lobo de Wall Street.

No obstante, es paradójico que el que se perfila como filme favorito para los premios de la Academia (junto a 12 años de esclavitud y Gravedad) sea el largometraje más scorseseano de Russell y no la cinta del director de Taxi driver.

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Pese a la dicrepancia con esta situación, no se le puede negar el mérito a Escándalo americano de ser el mejor trabajo de Russell hasta la fecha, mucho mejor que la sobrevalorada El lado luminoso de la vida, cinta que dejó en claro el cariño que la crítica y la prensa estadounidenses tienen por este realizador.

Director de actores

El máximo acierto del filme es, sin duda, la dirección de actores. No por nada sus intérpretes vienen cosechando premios y nominaciones en los últimos años. Christian Bale y Melissa Leo obtuvieron el Oscar por El ganador, Jeniffer Lawrence, quien esta semana obtuvo el Globo de oro a la mejor actriz de reparto por Escándalo americano, triunfó el año pasado en la categoría principal por El lado luminoso de la vida, película que fue la primera en 31 años en ser nominada en las cuatro categorías actorales. Amy Adams también ganó por la cinta de Russell como mejor actriz de comedia o musical en los galardones de Asociación de la Prensa Extranjera de Hollywood, celebrada el domingo pasado.

Hay una comodidad que se evidencia entre el director y los actores, quizás porque este sea el segundo filme que el cuarteto protagonista realiza con el cineasta (Bale y Adams actuaron en El ganador, y Lawrence y Bradley Cooper protagonizaron El lado luminoso de la vida). Ambos forman un grupo desopilante, al que se agrega Jeremy Renner haciendo también un muy buen trabajo.

Bale interpreta a Irving Rosenfeld, un propietario de tintorerías de Nueva York cuya mayor entrada de dinero proviene de vender arte robado o falsificado y de otorgar falsos préstamos personales. Adams personifica a Sydney, amante, compañera de negocios y la mujer de la que Rosenfeld está enamorado, pese a que está atado a su mujer Rosalynd, una ama de casa sexy pero manipuladora y bastante demente, personificada por Lawrence. Completa el cuarteto Cooper, quien interpreta a un agente de FBI tan obsesionado por destacar que termina por forzar el delito que pretende perseguir.

Bale, quien ha mostrado su dotes camaleónicas en filmes como El maquinista, Psicópata americano y las cintas de Batman de Christopher Nolan, realiza un trabajo notable personificando al estafador con peluquín y sobrepeso (aumentó casi 20 kilos para el papel), aspectos físicos que contribuyen a darle a su personaje cierto patetismo pero también cierta dulzura. Esta ambivalencia, es quizás uno de los mayores aciertos de la película, porque como dice Rosenfeld “esta es la forma en la que el mundo funciona, ni blanco ni negro, extremadamente gris”.

Lo mismo pasa con el resto de los personajes. Cooper, cuyo rol recuerda al bipolar de El lado luminoso de la vida, también se luce dejando al descubierto a un hombre cuya ambición no oculta su violencia, capricho y estupidez (una perlita es ver al jefe sometido que interpreta Louis C.K). Lawrence, quien vuelve a comerse la pantalla como en cada papel que interpreta, oscila entre la sensualidad, la maldad, la banalidad y la inteligencia maquiavélica sin fisuras. Pero quien sorprende más quizás sea Adams, cuatro veces nominada al Oscar anteriormente pero sin obtener el premio, quien con este rol logra conjugar la inocencia con la fiereza e inteligencia que ya demostrara en The Master.

Más allá de lo actoral, y de la interesante trama de engaños y manipulación que -Russell sugiere- está en el ADN de la sociedad estadounidense, el filme tiene un gancho muy efectivo en el vestuario y la estética de los años setenta, además del deleite de ver a un elenco potente jugando a ser retro, un poco al estilo Argo y Boogie Nights.

En el estilo cinematográfico (incidencia de la música, estilos de cámara, personajes de los que se escucha su pensamiento) el filme de Russell recuerda a Scorsese. Pero mientras que con El lobo de Wall Street el espectador sale narcotizado del cine, con Escándalo americano el sacudón de estímulos sucede, pero hay algo que falta.

Porque si bien la última película de Russell es disfrutable, pareciera como si sus lentejuelas hubiesen sido hechas para encandilar y disimular su falta de profundidad, vacío que se oculta bajo actuaciones memorables, como sucedió en las dos cintas anteriores del director.

Parafraseando al gran Roger Ebert en su reseña de una vieja película: “Es difìcil de describir, pero dejé la sala sentiendo que al filme le faltaba algo (…) No me digan que la película es sobre la naturaleza humana porque no lo es, es sobre la actuación”.

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