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Dubrovnik: la ciudad amurallada

Arquitectura medieval muy bien conservada, amplia oferta gastronómica y hotelera, aguas turquesas y aires mediterráneos hacen de Dubrovnik un destino ineludible para turistas curiosos e inquietos 

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12 de septiembre de 2018 a las 05:00

[Por Pablo Trochon]

De la Casa del Terror en Budapest —centro de detención, torturas, juicio y ejecución de personas que hoy funciona como interesantísimo museo sobre la ocupación nazi y comunista en Hungría— paso quince horas en tren hasta Split, importante enclave portuario, con mucho tráfico y turistas en tránsito de la costa croata.

El bus atraviesa rutas junto a casitas incrustadas en el paisaje, lagos, ríos y también algunos pueblitos. En un momento tenemos que cruzar por una "pestañita" de Bosnia de 10 kilómetros (es decir, entrar y salir del país en 15 minutos) y en la primera frontera me hacen bajar solo a mí (el único latino del ómnibus) y me revisan todo, papel por papel, preguntando por drogas todo el tiempo. Esto lleva media hora y el resto de los pasajeros, encima, me mira con reproche cuando vuelvo. En una parada me doy el gusto de fumar un cigarro en piso bosnio, aunque no puedo hacerlo porque no tengo visa. El bus vuelve a entrar a Croacia y sigue por una hermosa ruta costera. Mi destino: Dubrovnik.

Desembarco del rey

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Esta maravillosa e inolvidable ciudad, que mantiene una relación de hermanamiento con Punta del Este —vaya a saber uno por qué— es uno de los emplazamientos medievales fortificados en pie más bellos, junto quizás con Tallin, la capital de Estonia, y San Gimignano, en Italia. Por algo se la conoce como la perla del Adriático y por ello también ha sido utilizada para dar vida a varios escenarios de la fantástica serie Juego de Tronos.

Llego a Dubrovnik, una de las joyas del país eslavo, a las tres de la tarde y termino en la casa de una pareja que alquila una habitación con una espectacular vista de la bahía, más barato que un hostel. Alrededor abundan los cipreses que antaño se usaban para la construcción de embarcaciones. Sin demora nos sumergimos en la irresistible ciudad vieja, que es el emplazamiento de una próspera comunidad mayormente aristócrata que con el paso de los siglos dejó de serlo, cuyo origen se remonta al siglo VII.
 
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La historia de Ragusa —bautizada con su nombre actual en el medioevo— está marcada por la ubicación estratégica para el comercio de ultramar y los constantes asedios motivados por intereses económicos de dominio que duraron inclusive hasta el desmembramiento de Yugoslavia. Ello sin duda es la causa de la riqueza cultural que la atraviesa, donde la influencia italiana es notoria a tal punto que el dialecto raguseo tiene más raíces latinas que eslavas, y del intento reiterado de independencia como ciudad autónoma respecto de Croacia y Serbia, a la que históricamente estuvo ligada.

Disfruto del placer de pasearme entre sus laberínticas callejuelas de piedra lustrada por los pasos y las escalinatas, salpicadas por ropa multicolor tendida en los balcones, hiedras que trazan nuevas cartografías, los faroles que al encenderse le dan un tornasol de cuento de hadas, los postigos desvencijados, los enrejados con firuletes, los óculos con y sin vitrales policromados, las columnas, las molduras y los pórticos, pasadizos, acueductos y túneles: todas referencias directas a un mundo caballeresco que alucina. Un coro vestido con ropas tradicionales canta en la escalinata de la catedral, muy cerquita de la Torre del Reloj.

Y entre la enorme comunidad de gatos que se encuentran por doquier, múltiples barcitos y cafés muy tiernos son una invitación constante a tomar un descanso y contemplar los pasajes de este lugar perdido en el tiempo, a medida que el sol va bajando y lenguas de luz comienzan a escaparse desde dentro de las casas. Por la noche, optamos por unos sándwiches buenísimos con cerveza en el puertito histórico y aunque es viernes decidimos acostarnos para aprovechar el día siguiente.
 

Segunda jornada con remate electrónico

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Después del almuerzo, pasamos unas cuatro horas en una playita de agua turquesa muy cercana, llena de piedras, pero que realmente no vale la pena en comparación con otros puntos del país y ante el verdadero atractivo que es perderse por las callejuelas admirando cada detalle de cada rincón. En un momento, un tipo muy langa se carga abiertamente a mi amiga húngara y además se burla de mí: "Oh, Uruguay, you have many bananas". Los yates, lanchas y lujosos cruceros pasan rumiantes sobre la pradera del Adriático con fondo de murallas macizas.

Nuevamente vuelvo a sumergirme en la ciudadela, pero esta vez principalmente desde arriba, haciendo un recorrido de dos kilómetros por los muros —que por momentos llegan a los 25 metros de altura— que brinda unas postales increíbles. La luz del atardecer, además, le da a Dubrovnik un tinte entrañable. Como todos los días, miles de golondrinas sobrevuelan los techos de tejas y las iglesias haciendo un barullo importante, ¡nunca había visto tantas!

El paseo es hermoso por la vista panorámica de esa alfombra de techumbres, chimeneas, cúpulas, campanarios y santos con algún nicho de verde por ahí, y por los tramos que lindan con el mar, en el choque del turquesa con el gris intenso de las murallas y las matas, y las florcitas que se alojan en sus grietas y hendiduras. Se destaca la prominente Torre Minčeta y los fuertes Bokar, San Juan, Revelin y San Lorenzo como escalas ineludibles. Es importante mencionar que además de la contundente fortificación de la ciudad amurallada existe otro muro, a mayor distancia, y que se extiende por siete kilómetros con sus correspondientes fuertes como pruebas de la verdadera batería defensiva de Dubrovnik.
 
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Aún se conserva incluso el foso perimetral que contribuía al carácter impenetrable de la edificación y los cuatro accesos mantienen sus correspondientes puentes levadizos. Y allí, entre los majestuosos torreones con las banderas de la república y los cañones, se cuelan los detalles que le dan su real significancia: una cancha de básquetbol de alturas acodada al muro, una huerta incólume entre tanto bloque de piedra o vecinos en las más curiosas actividades.

Compramos helados y caminamos por las callecitas mientras cae el sol. Desembocamos en la Stradun, que es la avenida principal, pasamos la gran Fuente de Onofrio —que tiene a su hermana menor en la Plaza de Luza, en el otro extremo—, pegada a la Puerta de Pile, monumento poligonal emblemático que funciona como descanso de los turistas y que además provee de agua potable.

Por la noche, vamos al boliche East West, sobre la playa Banje, pero no hay nadie. Tomamos algunos tragos hasta que encontramos de casualidad un boliche que está intramuros con una fauna bizarra y una electrónica dura que nos entretiene un buen rato. El club Revelin es un lugar digno de visitar por estar dentro de la misma fortaleza y poseer unos arcos majestuosos, por la ambientación de jaulas, pasarelas, enormes bolas y bailarines pintados, y por la visita de djs como Carl Cox, Paul Van Dyk o Fatboy Slim. Allí nos perdemos un rato hasta volver a dejarnos llevar por los muros.
 

Sin spoilers

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Varios pasajes de la ciudadela han sido utilizados, con o sin agregados de posproducción, para ambientar algunas de las grandes escenas de la saga Juego de Tronos de HBO. Los fanáticos podrán reconocer las escalinatas de la Caminata de la Lástima, la explanada donde se desarrolla la Boda Púrpura, el frente del burdel de Lord Baelish y otros puntos emblemáticos de Desembarco del Rey. El Trsteno Arboretum de Dubrovnik dio vida a los jardines del palacio y donde se ubican varias de las escenas en que aparece la astuta Lady Olenna Tyrell; la Puerta Pile sirvió de locación para el regreso de Jaime Lannister y Brienne de Tarth tras su periplo, y el abandonado Hotel Belvedere fue el escenario del duelo entre Oberyn Martell y La Montaña. Pero no solo la capital de los Siete Reinos ha sido representada aquí, sino también la misteriosa Qarth.
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