6 de junio de 2021 5:00 hs

A cinco años del accidente nuclear de Chernobil, a dos años de la caída del muro de Berlín, con Boris Yeltsin como primer presidente electo en elecciones pluripartidistas en Rusia, el 1991 era  un tiempo en el que se creía que la democracia había ganado la batalla intelectual, el libre mercado regiría y los muros de los que hablaba Pink Floyd se derrumbaban.  Sabíamos que los problemas ambientales se venían pero eran algo lejano y las computadoras que habíamos visto en la facultad empezaban a llegar a algunos hogares vanguardistas con sus diskettes.

El optimismo de un mundo unificado cantando We are the world no se verificaría en los hechos. Los celulares e internet, algo que algún día llegaría. No había Google, ni Amazon, ni Netflix, ni era imaginable el concepto de redes sociales. Pero su llegada no provocó la democratización y el respeto de los derechos humanos a nivel global. La revolución tecnológica y la distopía de un planeta enfermo. sí. Todavía eran lejanos los ecos de los científicos que advertían sobre la extinción masiva de especies o el calentamiento del planeta. La tala de selvas era un dato de la realidad. Nueve años después Al Gore perdería por 537 votos una muy dudosa elección ante el partido del lobby petrolero. La economía uruguaya padecía las consecuencias de una de las sequías más terribles de la historia, entre mediados de 1988 y comienzos de 1990. Pero todavía no se conocía en detalle qué eran el Niño y la Niña, y la anomalía de temperatura global era leve.
Ya vivíamos una pandemia, la del sida. ¿Qué no hubiéramos dado por una vacuna, que nunca llegó? Pero no podría imaginarse en aquel entonces que una pandemia en 2020 generaría tan velozmente vacunas,  enemigos de las vacunas y el justo reconocimiento a la ciencia uruguaya.
La soja había sido un estrepitoso fracaso. Un experimento destinado a Taiwán que se evaporó con la sequía en 1990. La forestación era un sector completamente lateral o una forma de pagar la jubilación de los bancarios. El Uruguay ganadero sufría entre la recuperación de la sequía que había diezmado a los vacunos y el desplome del precio de la lana tras el colapso del mercado australiano, mientras se ilusionaba con la libertad de exportar ganado en pie y ganarle a la maldita aftosa.

Parecía no haber un rumbo. Pero el 26 de marzo de 1991 se conformaba el Mercosur. La gran esperanza. Seríamos el tambo de Brasil, las economías se volverían más complementarias, el agro de cada país despegaría, Argentina y Uruguay apostando a los productos de clima templado, Brasil a los productos más tropicales. Otra ilusión que quedó en espejismo.

China era apenas un país pobre, al que algunos visionarios veían como un futuro comercial potencialmente interesante, particularmente a través de las compras de lana. Su industria textil de escala gigantesca  y salarios bajos le empezaba a ganar la competencia a Europa.

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Desde aquel entonces dos revoluciones han rediseñado la sociedad global y por lo tanto también a Uruguay. La que es impulsada por los descubrimientos de Gordon Moore: la tecnología crece exponencialmente y todo lo cambia. Ganados trazados, frigoríficos automatizados y hackers capaces de paralizar a un frigorífico desde decenas de miles de kilómetros de distancia, como ha pasado esta semana con JBS, el mayor frigorífico del mundo. Computadoras, celulares, redes, internet ya no solo de las personas sino de las cosas, trazabilidad, inteligencia artificial. Al mismo tiempo, mientras escribo esta columna, una empresa uruguaya empieza a cotizar en el Nadaq. Uruguay nomá! El sector software ha crecido a pasos agigantados y la vida cotidiana es una vorágine que vuelve obsoleto hoy lo que ayer era novedoso y que nos aturde ¿cómo era vivir sin celular? ¿Cómo sería la vida sin internet? Claro, como la de 1991. Schumpeter y su destrucción creativa.

La otra revolución es la que nos advirtió Malthus y el Club de Roma. El crecimiento exponencial de la población y la economía  tiene un fatídico costo ambiental. La carrera por frenar el derretimiento de los hielos, el ascenso de los mares, las oleadas de calor con incendios masivos. Los niños militantes que se ven venir un final de siglo de pesadilla.

Nuestras sagradas vacas acusadas de largar metano al viento, la revolución genética como extensión de la revolución informática generando carnes artificiales, y leche, huevos, queso, camarones. Todo bicho que camina puede ser imitado en un laboratorio: lo que se le ocurra al consumidor preocupado y al inversor que quiere mostrar que ayuda a salvar al mundo.  El genoma descifrado y los genes que se cortan, copian y pegan, como en un Word, a través de algo llamado Crispr. El ARN ha pasado a ser la tecnología modeRNA.

La producción agropecuaria de Uruguay es completamente diferente. Mucho más diversa. La soja tuvo su revancha, la forestación tuvo su ley, la ganadería se las arregló para seguir creciendo con menos área y le puso un chip a cada vacuno libre de aftosa con vacunación. El Mercosur no fue el motor. No fueron los mercados más cercanos sino los más lejanos los que provocaron el crecimiento. Y la histórica producción agropecuaria se apoya en el pujante sector del software para un mejor control de la trazabilidad del producto y la precisión con que se producen. Hay una ley de suelos y se avanza en el control satelital de las aplicaciones de agroquímicos.

La guerra fría ha vuelto. China ha sustituido a la Unión Soviética y es ahora el gran comprador de cuanto alimento hagamos. A cambio genera la enfermedad y dona la vacuna. Era más fácil criticar al comunismo cuando no nos compraba casi nada. Ahora nos compran casi sin límite granos, carne y lácteos.
Las exportaciones han crecido y la oferta interna sigue bien cubierta y también es más diversa, kiwis y arándanos, mangos y otros frutos tropicales eran muy raros en aquel entonces. Además de los productos históricos y el crecimiento fenomenal de maderas y granos, los vinos dieron un salto de calidad, los olivares proliferaron, el cannabis tan demonizado en aquellos tiempos terminó por vencer la prohibición y llega a las farmacias de Montevideo a Suiza. Nuevas diversidades emergen y en algún momento tendremos una empresa uruguaya productora de carne generada con células cultivadas made in Uruguay.
Reflexionar sobre estas 10 mil ediciones transcurridas desde que El Observador vio la luz por primera vez obliga a pensar en la sociedad tanto más cambiada que veremos con ojos ancianos dentro de 10 mil días, cuando estemos por el 2040. ¿Qué mundo y que Uruguay verán nuestros descendientes?. Las maravillas de la tecnología ¿conviviendo con los horrores de un planeta árido, recalentado, donde los fundamentalismos milenarios siguen alentados por la desertificación del África eternamente desgarrada y los mares ascendiendo e inundados las ciudades costeras de Montevideo a Shanghái.

Uruguay sigue teniendo la posibilidad de mostrarse como un ejemplo al mundo.  Ha construido en este período un camino. Se ha hecho conocer.  De la mano, en parte, de un fútbol que recuperó un lugar que en 1991 había perdido. El ámbito de implementación de las soluciones a pequeña escala que luego puedan ser soluciones a una escala continental o global se consolida como un gran proyecto nacional.

Hay 2.000 millones más de humanos en el presente que en aquel entonces. La población mundial llegará a los 10.000 millones a mediados de este siglo. Producir alimentos tiene plena vigencia. Pero eso en tanto esa producción esté alineada con los objetivos más perentorios de este siglo: detener la catástrofe ambiental aplicar la tecnología para poder hacerlo y medirlo.

Ahora, además de la nueva guerra fría que hay que desactivar, hay una paz imprescindible: la que debemos construir con la naturaleza a la que hemos alterado durante siglos. Ese será el tema central de este siglo, o al menos, de los próximos 30 años. La fusión de la ecología y la tecnología buscando evitarle a las generaciones venideras el abismo que se asoma. En 1991 el unicornio era una canción de Silvio Rodríguez, hoy son equipos de emprendedores uruguayos que nos ponen en la vanguardia. Jóvenes ávidos de estudiar y encontrar soluciones para los problemas del mundo serán siempre la esperanza. ¿Podremos celebrar la tecnología bien usada, la paz y la restauración de la naturaleza, con Uruguay como protagonista de ese esfuerzo dentro de 10 mil días?

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