24 de enero de 2012 19:35 hs

Cada día se agregan nuevas piezas y la figura se expande, pierde su forma y se complejiza. Un banco de inversión estadounidense, un país diminuto en las costas del Mediterráneo, una mujer dura y con carácter al frente de una potencia, un francés desesperado, un presidente de dudosa moral. A esas fichas del puzzle se agregan manifestaciones, pancartas, una moneda en peligro de extinción. Cumbres, cifras, votos. Bolsillos vacíos en una Navidad fría y de pocos regalos.

Hace tres meses, en una cena de bienvenida a un economista argentino invitado a dar una conferencia al día siguiente, un catedrático se lamentaba: "Hace tiempo que tengo un artículo pendiente. No saben las veces que empecé a escribir sobre la crisis europea, pero siempre surge algún dato que altera el análisis o cambia las perspectivas y no puedo pasar de la segunda página". Es probable que ese artículo todavía interrumpa el sueño al docente minucioso.

La crisis de deuda europea es un caos imposible, que desde el vamos se resiste al análisis llano y apresurado. Su denominación, incluso, tiende a subestimar la magnitud del problema. En primer lugar, no es una crisis sino un plural de crisis que se conectan, interaccionan y se profundizan. No se limita a la deuda de los países. No es siquiera una crisis económica, sino también de carácter político.

PIGS (cerdos). Así se le dice al conjunto de Portugal, Italia, Grecia y España, las cinco economías mediterráneas a las que potenció el euro

Mucho menos puede decirse que es una crisis europea, no solo porque estalla al otro lado del Atlántico sino también porque afecta, hoy en día, a todo el mundo desarrollado y baña las costas de los países emergentes.

Cerdos que vuelan

Para un primer acercamiento a la crisis europea, quizá lo mejor sea comenzar por el principio, por la historia de dos economías que un día decidieron unificar sus monedas pero que mantuvieron sus diferencias a la hora de administrar sus recursos.

Alemania llevó una vida responsable, siempre celosa de sus finanzas. Invirtió en tecnología e innovación, convencida de que el desarrollo iba por ese lado. Pero supo dónde decir basta y alentó al sector privado a que asumiera los riesgos del capitalismo. Se hizo fuerte en base al comercio de punta y comprendió que ser competitivo viene de la mano de la productividad y no de los subsidios. Grecia, en cambio, prefirió vivir el día a día. Se confió en una situación de bonanza excepcional, se creyó el cuento de que el crecimiento trae consigo más crecimiento. Gastó incluso por encima de sus posibilidades de largo plazo y se endeudó para seguir gastando. Los griegos se reían de los alemanes. No podían creer como la segunda economía más grande del mundo poseía una carga impositiva tan grande y una jubilación tan tardía. Mientras que al mundo le fue bien, Grecia y el resto de los países de la periferia europea remontaron vuelo.

Junto con Portugal, Italia y España, conformaron la sigla PIGS (cerdos, en inglés, donde España se traduce “Spain”), integrada por las cinco economías de la zona euro a orillas del Mediterráneo, que durante la década de 1990 y hasta 2008 despegaron en términos económicos y pasaron de ser países de medio pelo a economías desarrolladas. Muchos hablaban de un "milagro económico", como también en el caso de Irlanda, que bien podría integrar la sigla si los cerdos se escribieran en inglés con doble "i", y su situación geográfica no la apartara de la Europa continental.

Se hablaba de modelos a imitar por los países subdesarrollados. Todos debían observar a los cerdos volando.

Un vuelo corto

Pero al igual que le sucedió al joven Ícaro en la mitología griega, la Europa porcina voló, pero no llegó muy alto. La crisis que inició en Estados Unidos en agosto de 2007 y que alcanzó su punto álgido en setiembre de 2008, con la quiebra del banco de inversión Lehman Brothers, fue el sol que derritió sus alas y precipitó a los cerdos en caída libre.

Ante la crisis hipotecaria de Estados Unidos, los bancos de todo el continente europeo se vieron comprometidos. Sus inversiones más sólidas en títulos atados al mercado inmobiliario norteamericano perdieron su valor de un momento a otro, y ninguna institución tenía los recursos suficientes para hacer frente a las mínimas exigencias de los reguladores. La estabilidad del sistema financiero estaba en peligro y el miedo empezaba a ganarse uno a uno a los clientes. La corrida bancaria estaba a la vuelta de la esquina.

Es así que los gobiernos empeñaron hasta las joyas de la abuela y la PlayStation de los chicos para contener al sistema bancario, bajo la consigna de que si dejaban que los bancos se derrumbaran, la población lo pagaría aun más caro. El gasto público de los países europeos se disparó y la deuda se hizo más y más grande. Para 2009, prácticamente ninguna economía respetaba los compromisos del tratado de Maastricht, que dio origen a la Unión Europea: una deuda que no alcanzara 60% del Producto Bruto Interno (PBI) anual y un déficit fiscal de hasta 3%.

El primer crédito

Grecia fue el primero en caer. No solo porque la crisis de Estados Unidos lo encontró muy mal parado en términos financieros, sino porque en los primeros días del nuevo gobierno, a fines de 2009, el presidente Georgios Papandreu abrió la caja de Pandora. La anterior administración había maquillado las estadísticas oficiales mediante complejas maniobras financieras. Grecia no tenía un déficit fiscal de 3,7% del PBI, como indicaba la Unión Europea, sino uno mucho más preocupante, de 12,7% del PBI, lo que llevaba la deuda a 113,4% del PBI, casi el doble de lo permitido por el tratado de Maastricht.

El escándalo fue inmediato. Financiar los gastos del país helénico no era una apuesta tan segura como pensaban los inversores hasta el momento. El exitoso profesional con un historial crediticio intachable a los ojos de los bancos, pasaba a convertirse en un desempleado roñoso de vida desordenada, tapado de deudas. El nuevo gobierno no tuvo respiro. En los primeros meses debió elaborar un plan para reducir el gasto, que resultaba imposible de financiar debido a que, con el nuevo perfil de riesgo, los mercados financieros exigían más y más intereses al país helénico.

El gobierno griego se volcó, con el paso de los meses, en un frenesí de ahorro. Recortó los beneficios del sector público, redujo el número de empleados y los salarios del Estado, aplicó medidas draconianas sobre el gasto en salud y educación, elevó los años requeridos para jubilarse, aumentó los impuestos, quitó subsidios y redujo a cero las inversiones. Esas medidas redujeron la calidad de vida de la población griega y nadie se tomó a bien la idea de ceder un trozo de su queso. Al fin y al cabo, toda aquella situación era culpa de los bancos, que tomaron decisiones demasiado arriesgadas, y sin embargo, esas instituciones recibían el rescate del gobierno, con recursos de la gente.

Millones salieron a la calle, protestaron, se indignaron, obligaron al gobierno a anticipar las elecciones, pero al fin y al cabo no obtuvieron nada. Grecia se adentró en una tormenta perfecta. Sus necesidades de financiamiento eran enormes, encima la economía se contraía por lo cual, sus deudas y sus gastos cada vez se hacían mayores en términos de sus ingresos.

El círculo vicioso entre el riesgo y el costo de acceder al crédito, hicieron que el gobierno rápidamente tuviera que reconocer que la situación se había salido de control. El temor a que Grecia tirara la toalla, dejara de pagar sus deudas e hiciera quebrar a los bancos europeos y del mundo que financiaron hasta el momento su deuda, iba haciendo mella en los mercados. La crisis dejaba de ser un problema de Grecia y se convertía en una amenaza para Europa.

Lluvia porcina

Irlanda fue el número 2. Con un sistema financiero tomado por completo por la crisis financiera, apostó al todo o nada a un salvataje de antología. Pero el paracaídas fue demasiado costoso. El resultado: un déficit fiscal de 32% del PBI y posibilidades nulas de que el país pudiera hacer frente a sus pagos. Fue el primer país de Europa en entrar en recesión.

El caso de Portugal es una larga historia de decisiones mal tomadas, de despilfarro y de irresponsabilidad. El menos rico del club de los ricos aprobó un presupuesto mal calibrado en marzo de 2010 y se puso en la mira de las agencias calificadoras, que acribillaron su nota de riesgo y desataron una escalada en el costo de financiamiento para su economía.

España tuvo su propia crisis. Su crecimiento estuvo ligado durante mucho tiempo al auge de la construcción. Los precios de los inmuebles parecían no tener techo en una España de edificios que se vendían antes de poner el primer ladrillo. Pero cuando la economía se detuvo en 2009, la burbuja se pinchó, los precios se desplomaron y las obras se detuvieron por completo. El desempleo comenzó a escalar, de un respetable 7% a un alarmante 22%, con la mitad de los jóvenes sin posibilidad de acceder a un trabajo.

Italia fue el último en perder sus alas. Sus finanzas públicas eran ejemplares comparadas con el resto de la Europa porcina. En 2010, con un déficit fiscal de apenas 4,5% del PBI era la envidia del vecindario. Pero detrás de ese déficit había una deuda estructural equivalente a 120% del PBI, que iba refinanciando año a año. El agravamiento de las condiciones de acceso a los mercados para los países del Mediterráneo y la exposición del sistema financiero italiano a los títulos de Grecia y Portugal, hicieron que la deuda italiana pasaran en pocos meses de pagar 2% de interés a 7%, un costo demasiado alto. El gobierno apostó a los recortes y la tijera fue demasiado lejos: dejó al mismísimo Berlusconi sin su banda presidencial.

El que ríe último

Las risas de los griegos se convirtieron en lágrimas. Los que comenzaban a reírse eran los alemanes, que estaban próximos a reencauzar su deuda y su gasto público a los máximos permitidos por la Unión Europea, la actividad económica no les quitaba el sueño –la actividad volvió a crecer al poco tiempo de entrar en recesión– y las reservas del gobierno, ahorradas en tiempo de bonanzas, parecían suficientes para traer tranquilidad a los mercados. A la canciller alemana, Ángela Merkel le costó muy cara su idea de rescatar a Grecia mediante un préstamo de largo plazo. Los alemanes no querían saber de nada con financiarle la fiesta al vecino. Pero las risas terminaron por apagarse.

La amenaza implícita de que Grecia abandonara el euro hizo desconfiar a los inversores de la estabilidad del bloque. Además, si la Unión Europea permitía que un país se viniera abajo, la credibilidad de la moneda se veía comprometida. La unidad monetaria demostró ser una farsa si no hay un compromiso fiscal. Y ese compromiso, en estas circunstancias, con países responsables, y otros de pasado oscuro y futuro incierto, parece prácticamente imposible. Se apostó, junto con el Fondo Monetario Internacional, por el salvataje. Grecia, Irlanda y Portugal fueron rescatados, pero los programas son como analgésicos que alivian el dolor y no curan la enfermedad. Además, la imposición de duros recortes lleva a que las economías se adentren más en recesión y no logren generar ingresos propios con que pagar sus abultados vencimientos de deuda.

Si Alemania hubiera garantizado a tiempo la deuda griega, los inversores habrían recobrado su tranquilidad y habrían prestado sin dudarlo a los demás países, sabiendo que un Estado fuerte respaldaba a la región. Pero las idas y venidas en cumbres y reuniones, la falta de perspectiva, la incapacidad de los líderes para transmitir a sus ciudadanos la gravedad de la crisis y el oportunismo político –que llevaron a que los países más grandes como Alemania, Francia y Gran Bretaña se negaran a ensuciarse las manos para arreglar el problema– hicieron que la enfermedad de la deuda se expandiera por la Europa porcina, de Grecia a Irlanda, a Portugal, a España e Italia.

Este año será decisivo para la crisis europea. Si los grandes países orquestan una salida ordenada, unificando la deuda o garantizando de manera creíble las obligaciones de los países más comprometidos, el caos actual pasará a los libros de historia como una crisis más en un proceso largo y difícil de integración para la región. Pero si la estrechez de los principales líderes anula toda posibilidad de acuerdo, el euro volverá a fraccionarse en una serie de monedas que desestabilizará al mundo financiero. La recesión global y una nueva crisis de escala planetaria forman parte de ese escenario posible. Quizás de una vez, el catedrático minucioso podrá sentarse a escribir esta historia. Le llevará tiempo y largas páginas. Y no tendrá un final feliz.

Te Puede Interesar

Más noticias de Argentina

Más noticias de España

Más noticias de Estados Unidos