18 de mayo de 2023 13:14 hs

Por Martín Wolf

¿Cómo se ha de evaluar la posibilidad de un impago voluntario por parte del país más importante del mundo? ¿Es realmente probable que ocurra algo tan descabellado? ¿Qué consecuencias tendría si sucediera? Estas preguntas son imposibles de responder. Y no porque se trate de un "cisne negro", es decir, un evento inimaginable. Un impago estadounidense cae en una amplia categoría de "incógnitas conocidas", es decir, acontecimientos imprevisibles de gran impacto. La crisis financiera de 2007-09, la pandemia y la invasión rusa de Ucrania fueron de este tipo.

Estos acontecimientos son imposibles de predecir debido a su rareza y a la complejidad de sus causas. No sabemos lo suficiente para predecir cuándo y de qué forma surgirá la próxima pandemia; cuándo y dónde alguien iniciará una guerra; o si los políticos estadounidenses destruirán el crédito acumulado por su país durante siglos. Sin embargo, sabemos que esos choques ocurren; forman parte de nuestra realidad.

Entonces, ¿qué hay de esta amenaza concreta? No es normal que un país tenga un presupuesto legislado y una autorización separada para la deuda que este presupuesto conlleva. En el caso de EEUU, esto fue producto de las necesidades de guerra: antes de 1917, el Congreso tenía que autorizar cada préstamo individual. Hasta ahora, el techo de la deuda estadounidense siempre se ha elevado cuando ha sido necesario. Al parecer, eso ha sucedido unas 90 veces.

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Las personas sensatas concluirían que el techo es una absurdidad. Pero no es una irrelevancia. Cada vez más, los republicanos consideran el techo como una herramienta de presión en relación con el gasto, pero no, hay que subrayar, en relación con los déficits causados por los recortes fiscales. Los republicanos estaban contentos con esto último bajo George W. Bush y Donald Trump. Así, como lo señala un "explicador" de la Institución Brookings: "Durante las últimas tres décadas, el límite ha precipitado batallas políticas durante las cuales algunos legisladores han utilizado la votación sobre el techo de la deuda para intentar frenar el crecimiento del gasto federal". Esto ocurrió bajo Barack Obama en 2011 y bajo Joe Biden en 2021, antes de que el techo de la deuda se elevara a US$31.4 billones, donde se encuentra actualmente. La necesidad de elevarlo una vez más se ha vuelto extremadamente urgente porque el gobierno federal pudiera quedarse sin efectivo en junio.

¿Pudiera producirse un incumplimiento de pago? La respuesta es "sí". Una de las razones es que los partidos están enormemente separados. Las propuestas de los republicanos impondrían un recorte del 47 por ciento en el gasto discrecional real no militar total entre 2024 y 2033. Se trata de una enorme brecha que salvar, aunque la atmósfera de las negociaciones pueda estar mejorando. La otra razón es que los participantes clave pudieran sentir que carecen de incentivos para transigir. Los republicanos son muy problemáticos, algunos tienen opiniones extremadamente radicales y muchos parecen pensar que incluso un desastre económico sólo perjudicaría a la administración. Mientras tanto, los demócratas pudieran pensar que ceder en relación con el gasto es demasiado doloroso. En estos juegos de ver quién cede primero, como éste, se producen colisiones.

Algunos tienen esperanzas de que esto aún pueda gestionarse, al menos durante un tiempo. El plan de 2011 habría supuesto mantener los pagos de intereses y principal, pero retrasar el pago a las agencias, contratistas, beneficiarios de la seguridad social y proveedores de Medicare. Las propuestas más radicales involucran una moneda de platino de un billón de dólares o recurrir a la 14 enmienda, que establece: "La validez de la deuda pública de EEUU, autorizada por ley... no deberá será cuestionada". Con la Corte Suprema actual, hay que dudar de que esto funcionaría.

Pensemos en todas las personas, instituciones y países que poseen bonos del Tesoro como los activos más seguros y líquidos del mundo. Incluso una breve interrupción de los pagos pudiera ser devastadora para la confianza, no sólo en los bonos del Tesoro, sino en los mercados de capitales. La posibilidad de un impago puede descartarse como irreal. La experiencia de pasar por uno sería, sin duda, demasiado real.

Más allá de eso, sería un enorme choque para la confianza en EEUU. Michael Strain, del Instituto Empresarial Estadounidense (AEI, por sus siglas en inglés), afirma que "los líderes extranjeros y los inversionistas globales mirarían a EEUU y verían un retrato condenatorio. En este sistema roto, numerosos funcionarios electos no respetan los resultados de una elección presidencial y permiten que las diferencias políticas e ideológicas se interpongan en el cumplimiento de las obligaciones financieras del gobierno. Los inversionistas lo pensarían dos veces a la hora de asignar capital a entidades estadounidenses, y el papel de EEUU como dechado de los valores liberales — incluyendo el libre mercado — se vería gravemente socavado". Sencillamente, los inversionistas llegarían a la conclusión de que los locos se habían hecho cargo del gobierno.

Aunque esta vez se evite lo peor, la repetición de este juego de quién cede primero aumenta las probabilidades de que se produzca el colapso. Glenn Hubbard, expresidente del Consejo de Asesores Económicos (CEA, por sus siglas en inglés) bajo Bush, ha hecho sugerencias razonables. Lo que se necesita, de hecho, es una solución a largo plazo en la que el absurdo teatro político involucrado con el techo de la deuda se sustituya por una presupuestación coherente a largo plazo. La actual trayectoria de la deuda estadounidense hace necesarias tales propuestas.

Sin embargo, en contra de esto está el hecho de que los esfuerzos de los presidentes demócratas, como Bill Clinton y Barack Obama, para reducir los déficits potenciales simplemente han llevado a los republicanos a recortar los impuestos cuando regresan al poder. Ante esto, ¿habrá voluntad política para poner las necesidades del país por encima de las ventajas partidistas? Tampoco se trata de un fracaso por igual. Los republicanos tienen gran parte de la culpa. Ellos están utilizando las amenazas de un impago para lograr recortes en el gasto y en los impuestos, en lugar de en los déficits, para los que han sido incapaces de conseguir decisivas victorias electorales.

Al final, "es la política, estúpido". La única razón por la que un impago es concebible es la profundidad del desacuerdo en el país y, por lo tanto, en el Congreso. Si EEUU estuviera menos dividido, el techo de la deuda no importaría. En el dividido EEUU de hoy, sí importa. Mientras continúen estas divisiones, también lo hará la amenaza de un incumplimiento de pago. Incluso si se llega a un acuerdo temporal, es probable que la amenaza vuelva pronto.

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