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El abominable de Santa Catalina y el bozal de “los derechos”

La jugada sucia de la campaña fue contra Martínez, pergeñada por Zabalza; mientras el exabrupto de un nuevo diputado mostró la cara de los que no aceptan que haya opiniones diferentes a la suya 

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09 de noviembre de 2019 a las 05:04

En la campaña electoral no vale todo, siempre hay “códigos” no escritos, límites de buena fe. La tentación a romper la barrera de lo razonable, está estrechamente vinculada con la necesidad de aumentar votación y de revertir tendencias, es un recurso feo al que a  veces apela el que siente que puede estar perdido.

Una democracia de calidad debe tener reflejos contrarios al “vale todo” y a las “operaciones sucias”; no hay vacuna contra eso, pero las personas de bien pueden generar barreras a la inmundicia.

Hay ejemplo reciente de un rechazo social a la “opereta basura”, que no dio resultado.

En el camino a un balotaje de tono dramático, estaba encendida la luz amarilla del riesgo al “golpe bajo” estaba prendida, porque nunca se sabe por que punto cardinal puede llegar.

Curiosamente, vino esta semana de un ciudadano que no está metido en la competencia.

Zabalza, el “tambero”, uno de los principales conductores de la guerrilla del MLN-Tupamaros, preso por más de una década, reintegrado a la vida política cuando volvió la democracia, ex presidente de la Junta Departamental y alejado de sus camaradas, por sentir que traicionaron las ideas fundacionales de su movimiento, la emprendió contra el candidato del Frente Amplio, Daniel Martínez.

El ex intendente estaba haciendo lo que hacen los políticos en campaña, recorrer rincones del país, hablar con la gente, pedir la confianza expresada en el voto y así llegó al barrio Santa Catalina.

Zabalza estaba en otra, y como un ave carroñera esperó los focos de la TV para golpear sin piedad.

El “tambero” tenía libertad de plantear al candidato oficialista los reproches que quisiera, incluso sobre una obra inconclusa con la que convive a diario, como la de la frustrada planta regasificadora, pero lo que hizo fue abusar de los buenos modales de un candidato en campaña, que asume riesgos cuando sale a la calle, y entonces hizo su gracia, para que su carita babosa se reprodujera en miles de telefonitos.

El método usado, pasarle el brazo por la espalda, hablarle con tono meloso sobre sus despertares, esperar que dijera algo para exponerlo, y expresar una cifra millonaria en dólares para dejarlo sin reacción y que toda la gente se mofara de la incómoda situación, habla más de Zabalza que de Martínez, o del proyecto trunco de la planta.

Tenía mil formas para expresar su malestar por esa polémica obra, pero eligió la peor. Y el que tiene alternativas y elije la peor de ellas, no es por casualidad.

Zabalza podía terminar su vida como la de un luchador empedernido, que no se dejó tentar por las luces del poder y se refugió en sus cosas y sus ideas. Pero será recordado por una de las principales perlas de la campaña, que fue una jugada sucia para dejar en ridículo a uno de los dos candidatos presidenciales.

La imagen es fuerte y recorre teléfonos y computadoras, y el morbo que genera un hecho que parece guionado, lo convierte en “viral”. El “tambero” habrá quedado contento con la repercusión y el daño que generó, los adverarios al Frente lo habrán disfrutado mucho; otros se habrán reído aunque no les vaya ni les venga nada, pero aunque no sea una movida anónima ni una campaña pergeñada en la oscuridad, el episodio es de los que daña la sana competencia electoral.

***

El otro episodio de la semana fue el exabrupto de un diputado electo por Cabildo Abierto, durante una entrevista en la que se despachó contra mujeres que interrupen embarazos, contra programas y textos para niños sobre educación sexual.

La reacción política fue de una alarma mayúscula y dirigentes de todos los partidos políticos hicieron declaraciones a medios de prensa para opinar del caso. Una cosa fue la ordinariez de sus expresiones y otra cosa es su postura sobre el aborto y sobre lo que se trasmite a escolares en materia de educación sexual.

Hay que ser sincero: la condena no fue solo por el tramo de insulto, sino por exponer en público lo que muchos uruguayos piensan. Hay que pegarle duro para que nadie se anime a opinar así otra vez.

¿Creían que no había gente de derecha? ¿Creían que no había gente que piensa así? ¿Pueden pensar distinto, pero si lo hacen en su casa?

Aunque haya una ley sobre aborto, aunque haya fracasado el intento de referendum contra esa norma, debe haber libertad de expresar postura contraria. ¿O no se puede?

Y ahí radica un problema de intolerancia que se está generalizando.

Hay un libreto que todos deben compartir, o que si no les gusta no pueden decir en voz alta que están en contra.

Se puede opinar, sí; pero no sobre todo.

No se puede criticar el contenido de textos sobre educación sexual, no se puede discrepar con la “ley trans”, no se puede disentir, no se puede.

Hasta miembros de la institución que vela por el respeto a los derechos humanos han dicho que hay temas que no pueden someterse a discusión, porque implican derechos que no pueden ponerse en dudas.

En la sociedad hay puntos de vista diferente, y eso hace a la libertad y también a la esencia de la vida democrática. No todos piensan igual, y no se puede callar al que tiene una visión diferente al de uno, e incluso diferente a la mayoría.

La sociedad discute y luego se fijan reglas de juego (leyes) mediante procedimiento democrático en un órgano que representa la voluntad popular. Cada ley es resultado de una discusión que se zanja con una votación que puede ser por unanimidad o por mayoría ajustada, y que luego debe ser aceptada por todos, aunque no tiene por qué ser compartida.

En lo que se ha dado por llamar “la agenda de derechos” subyace la intencionalidad de mordaza hacia quien piensa diferente, que no es un método de todos lo que impulsan esas reformas, pero sí de un núcelo militante que quiere imponer pensamiento, en lugar de convencer: imponer lo que piensa y callar lo que piensa el otro.

Y luego queda “piola” repudiar la tarascada de un diputado de derecha, pero es un “pecado” imperdonable criticar la acción censuradora de miitantes irrespetuosos.

La campaña electoral llega a su fin y los jugadas sucias han sido escasas; Zabalza se queda con el premio a la chanchada más jocosa. Pero también es dañino ese comportamiento que se toma como normal, de imponer el “bozal” al discrepante.

Ambos episodios de esta semana tienen algo en común: no cambian tendencia de opinión pública hacia el balotaje, pero ambas son dañinas.

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