Taylor Swift está en todos lados. No solo lidera por tercera semana consecutiva en el ranking de Billboard de ventas de discos –superó por tercera vez la marca del millón de copias vendidas durante la primera semana–, sino que también aparece en el inicio de todas las redes, ya sea por sus videos, las noticias relacionadas con ella o el anuncio que quitaría su catálogo del sistema de streaming Spotify. Es objeto de análisis en medios de todo el mundo y además su rostro figura esta semana en la tapa de tres revistas: Time, Bloomberg Businessweek y Wonderland. El caso Taylor Swift es tema mundial. Pero para explicar por qué, como todo, hay que ir al inicio.
De prodigio a estrella
Taylor Swift es una cantante que con 24 años es hoy una de las figuras más importantes de la música estadounidense.
Con 16 años lanzó su primer disco homónimo, con el cual se convirtió en la estrella adolescente del country. Su estilo: confesional y directo, entrelazado con historias personales de amor y corazones rotos, fueron desde entonces sus más reconocibles características y que luego serían fundamentales para la construcción de la narrativa entorno a su figura. Con este trabajo obtuvo su primera nominación a los Grammy como Mejor artista.
Con su segundo disco, Fearless, se confirmó que Swift tenía material para rato. Con el tema You Belong With Me combinó la atmósfera country con una batería electrónica que desemboca luego en un estribillo dominado por las guitarras eléctricas. Ese fue el primero de muchos pasos hacia el pop hecho y derecho y con él se ganó su primer gran éxito mundial.
Con Fearless ganó sus cuatro primeros Grammy: Mejor disco del año y Mejor álbum country, y por su canción White Horse, Mejor canción country y Mejor performance femenina de country.
Swift es de esas artistas que se las ama o sea las odia. De un lado, los millones de fans –sobre todo jóvenes– que conforman su ultrafiel base de fans, y con quienes mantiene una relación directa como muy pocas artistas de su talla a través de las redes sociales. Y por otro, sus detractores, los que la acusan de superficial y apuntan específicamente y con malicia a su vida romántica.
Es que en su caso, el arte está demasiado inspirado en la realidad y eso resulta ideal para la prensa chusma y las malas lenguas. Disco a disco la primera pregunta que despertaba, y aún lo sigue haciendo, es: ¿a quién le dedicó esa canción? Y conocer apenas su lista de parejas famosas –sí, hay una lista– se transformó en la manera de analizar sus trabajos.
Con Speak Now (2010) continuó su racha de éxitos y premios: superó por primera vez el millón de discos vendidos en una semana y sumó dos Grammy más. Pero fue Red (2012) el que supo marcar la agenda de manera diferente. La fórmula básica de Swift estaba presente: canciones sobre sus exfamosos (el actor Jake Gyllenhaal y Harry Styles de One Direction), su encanto como narradora en primera persona y una estética más moderna. Pero a esto hay que sumarle un vuelco más claro y con miras de permanencia hacia el pop. Aquí, Swift experimenta por primera vez con las tendencias: los ataques del bajo del dubstep en I Knew You Were Trouble, el pop electrónico en 22 y We Are Never Ever Getting Back Together. Pero hasta ahí, el cordón umbilical con su amado hogar de Nashville seguía firme.
Volviendo a 1989
Antes de la salida de su más reciente trabajo, Swift decidió cambiar de escenario. De la meca del country se mudó a Nueva York. Este cambio de locación significó mucho para este disco. 1989 es su disco de cruce definitivo hacia el mundo del pop. Ese cambio podría ilustrarse con ejemplos locales como que alguien como Ana Prada haga un disco de pop electrónico. Los tradicionales se enojarán, otros podrán sentir mayor curiosidad.
Sin embargo, no fue un salto a lo Miley Cyrus, que se volcó hacia una imagen megasexualizada y un sonido afiliado más al hip hop. O un modelo a lo Katy Perry que adapta las tendencias que anden en la vuelta para amalgamarlas a su estilo. Swift se mantiene dentro de la esfera más tradicional del género, y más cercana a sonidos de los años de 1980 (que hoy por hoy están en boga), y más cercana a artistas actuales como Haim, Bleachers o su amiga Lorde.
Lo cierto es que a su carrera no le afectó en nada. De nuevo, es un éxito en ventas y ahora, gracias al conflicto con Spotify, no solo da que hablar con un disco que ha sido criticado positivamente, sino que ahora además se ha transformado en una vocera de un problema que afecta a varios artistas.
La cantante y su sello Big Machine Records decidieron retirar su catálogo de Spotify en protesta por las escasas remuneraciones que reciben los artistas en esta plataforma. No es la única que lo ha realizado. Bandas como Radiohead y The Black Keys fueron las pioneras, pero hasta ahora no había ningún artista tan masivo como ella que se haya afiliado a la causa. Y ella logró una amplificación aún mayor a este problema, que principalmente aqueja a músicos menos conocidos.
Por eso ahora se habla más de lo que ella opina del estado actual de la música que de sus ex; sobre la app que desarrolló para su último video Blank Space o su redescubrimiento del feminismo de la mano de su amiga Lena Dunham.
Esta vez, el éxito comercial va acompañado de un crecimiento artístico. Uno que toma control de esa narrativa, que pone el problema sobre la mesa y ofrece material que despertó interesantes análisis.