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El Cine Universitario en crisis: la pandemia amenaza a un espacio histórico de la cinefilia nacional

El cierre por coronavirus puso a la institución, ya alicaída, en una situación económica crítica y sus directivos piden ayuda para poder mantenerlo abierto

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25 de julio de 2020 a las 05:04

El viernes 13 de marzo, mientras los supermercados se quedaban sin papel higiénico, la paranoia espesaba el aire y las persianas bajaban, el Cine Universitario de Montevideo estaba proyectando Sed de vivir, la película de Vicente Minnelli en la que Kirk Douglas interpreta a Vincent Van Gogh. Nadie de los que estaba en esa sala podía saber, en ese momento, que ese largometraje de 1956 iba ser el último que iban a ver en pantalla grande antes de la suspensión de las actividades. Nadie sabe, todavía, si la película no terminará siendo la última en pasar por los proyectores del cine antes de su cierre definitivo.

Hoy, esta institución, que se fundó en 1949, que fue declarada patrimonio cultural nacional en 2007 y que es uno de los últimos rescoldos de la historia de la cinefilia uruguaya, está en graves problemas económicos. Nadie tiene muy claro qué puede llegar a pasar en los próximos meses, pero aunque el panorama es escabroso y lleno de deudas, ninguno de sus directivos quiere tirar la toalla y resignarse a que Sed de vivir sea la última película del cine. Porque, a fin de cuentas, hasta su título resulta paradójico: el nombre en español (y en inglés: Lust for life) es casi un grito que pide, desde los rincones más oscuros y húmedos de sus salas, un resto de vida.

Jhona Lemole es uno de los tres miembros de la actual dirección ejecutiva, que entró hace un par de años con la convicción de renovar la cara de la institución y hacer pie en la necesidad de tener más socios. Hoy, la principal fuente de ingresos del Cine Universitario son esos miembros, que en este momento llegan a unos 350, más 800 vitalicios que no pagan la cuota mensual de $ 280. Además de que ese abono es casi una colaboración voluntaria, al estar cerrado por la pandemia el cine también pierde el dinero que ingresa por concepto de entradas –$ 100 o $ 120, depende el día– y eso termina de complicar más una situación económica débil que se arrastra desde hace años.

“El problema mayor que tenemos es el pago a los funcionarios”, dice Lemole, y luego agrega que son tres: un gerente general, una limpiadora y una administrativa. Los dos primeros están hace ya más de una década, por lo que sus sueldos son más generosos; la última entró hace unos dos años. “La situación también es crítica por ellos, por la responsabilidad que tenemos para pagarles a personas que dependen del Cine Universitario para pagar su alquiler y vivir, más allá de que esto sea una organización sin fines de lucro”, dice.

La imposibilidad de proyectar películas, a la vez, mantiene en suspenso una serie de convenios –con la Intendencia de Montevideo y el programa Socio Espectacular– que, aunque no sanean la economía de la institución, al menos generan un respiro para poder seguir abriendo. Hoy esa plata no está y las cuentas hay que pagarlas igual.

La pandemia también frenó otra de las actualizaciones a las que esta directiva había apostado en los meses previos: la remodelación de la acústica de una de sus salas, sumado a la compra de un proyector digital que se consiguió a través de la votación del último Presupuesto Participativo y que, por el momento, está varado en Miami. A todo esto se suma una deuda más: la que se contrajo al momento de pintar y renovar la fachada, que actualmente está adornada con un gran mural compuesto de caricaturas de Taxi Driver, Antes del amanecer, Pesadilla, Alien, Eterno resplandor de una mente sin recuerdos y otras películas queridas.

“Apelamos a la colaboración de la gente que pasó y quiere al cine, por eso abrimos una serie de cuentas (ver arriba). Y para que también, si quieren hacerse socios, que lo hagan. Para nosotros, que la gente se acerque es lo más importante, y es un trabajo que veníamos haciendo antes de la llegada de la pandemia. Queríamos renovar el público, hacer un nuevo convenio con la Universidad de la República. Queremos mostrar que el Cine Universitario existe, que está vivo, que quiere generar nuevos lazos, que está pensando en lo importante que es la cultura del cineclub en Uruguay”, explica Lemole.

Lo que dice es cierto: el Cine Universitario está vivo. Cualquiera que haya pasado por sus salas lo sabe. Y recorrerlo hoy, vacío, húmedo, en medio de un julio más siberiano que montevideano, es la prueba suficiente. No está claro qué, pero hay algo en sus salas que está dormido, esperando quizá encontrarse otra vez con sus espectadores. Hay algo, ahí en la oscuridad, que es antiguo, que habla de una intelectualidad uruguaya que ya no es tal, que respira con cautela, que quiere seguir siendo parte del presente.

“Es impensado que se pierda este espacio”, reclama Lemole. “Es parte del patrimonio cultural del Uruguay, es uno de los primeros cineclubes que tuvo el país. Si se muere por la pandemia sería tristísimo. Los convenios que tenemos hoy son buenos y hacen que el cine exista, pero necesitamos más. Realmente necesitamos más”.

La edad de oro

El Cine Universitario no nació para proyectar películas, sino para hacerlas. A fines de la década de 1940, el progresismo económico de la posguerra empezaba a elevar a la sociedad uruguaya y la cultura estaba a flor de piel. La sociedad montevideana, intelectual y culta, estaba hambrienta por las manifestaciones artísticas que llegaban desde una Europa en proceso de reconstrucción y, al mismo tiempo, veía florecer los teatros independientes a su alrededor. Es en ese marco que en la Udelar nace el Teatro Universitario. Y es en ese marco que un grupo de estudiantes de Derecho se propone filmar una película uruguaya como las que se estaban haciendo en el viejo continente.

Lo primero que se hizo fue crear un departamento cinematográfico vinculado a ese teatro universitario, pero por fuera de la órbita de la Universidad. Estos estudiantes no querían fundar ningún cineclub, de hecho ya había uno y era popular, pero en cuanto decidieron ponerse manos a la obra con su proyecto fílmico –una adaptación de El escarabajo de oro de Edgard Allan Poe– se dieron cuenta de que los costos eran imposibles, que sus bolsillos estaban flaquísimos y que necesitaban fondos.

Se les ocurrió empezar a hacer funciones de clásicos en alguno de los tantos cines que por ese entonces había en Montevideo. Eligieron el Cine Monumental –que estaba en Constituyente y Minas– y por él comenzaron. Aunque la respuesta del público fue buena, decidieron olvidarse de El escarabajo de oro y apuntar a algo menos complicado y costoso: la filmación del mediometraje La huida.

De todas maneras, el dinero seguía faltando, así que las funciones siguieron y, de a poco, la idea de concretar alguno de esos proyectos era cada vez más utópica.

En determinado momento, los estudiantes decidieron abandonar el Teatro Universitario y fundar, ahí sí, el Cine Universitario. La inauguración fue el 28 de diciembre de 1949 en el Centro Gallego y la idea era festejar los 54 años de la primera proyección de los hermanos Lumière. La película que marcó el inicio oficial de la institución fue una producción francesa, La Rose et le Réséda, que se pasó sin subtítulos y que un hombre iba traduciendo por un micrófono al español.

El Centro Gallego les quedó chico. El público de esas funciones se había fidelizado de una manera inédita y, aunque su idea siempre fue filmar, los estudiantes se dieron cuenta de que en ese Montevideo lleno de cines había un espectro del público que quería ver clásicos y que no tenía otra manera de acceder a ellos más que en esta extraña iniciativa que se les había ocurrido para solventar gastos. Y fue por eso que, de un día para el otro, el medio se transformó en un fin.

El consejero

Ahí es cuando entra en la historia Guillermo Cresci. Y su aparición se dio así:

Década de 1960. La Nouvelle Vague llega para refrescar el sacudón del neorrealismo italiano y Cresci, que apenas tiene 20 años, acaba de deslumbrarse con la obra de Luchino Visconti. Saltando de sala en sala, buscando algo que impulse esta nueva pasión al paroxismo, se encuentra con el Cine Universitario. Es 1964 y nunca más se irá de allí.

“Cuando llegué al Universitario estaba en su mejor momento. Se habían mudado al Centro de Protección de Choferes y tenían una sala con 508 localidades, con platea y tertulia. Las funciones eran los martes, los viernes y los sábados, tres funciones diarias. A la función de las 19.45, sobre todo la de los sábados, era prácticamente imposible asistir. Había momentos en que tenían que cerrar la inscripción de socios y tenían que quedar esas personas en lista de espera. Ahí me encontré con un universo que me deslumbró. Venía de haber descubierto el buen cine, pero en el Universitario entendí que esto era mucho más que un entretenimiento. Ahí me encontré con El acorazado Potemkin, con Charles Chaplin, con el neorrealismo italiano. Era un mundo increíble lleno de gente interesante”, recuerda.

En esa época la institución tenía muy pocos empleados y se regía por un sistema de comisiones honorarias. Cresci empezó en la comisión de puerta que, básicamente, consistía en estar a las puertas de las salas, y con los años siguió rotando por diferentes puestos de dirección. Hoy integra el grupo de consejeros del cine y es quien, de alguna manera, funciona como guardián y custodio de su historia.

El relato de Cresci está lleno de imágenes de salas abarrotadas y entradas agotadas, pero hay un momento en que una sombra cruza la historia. Hoy, con la crisis tocando finalmente la puerta, este testigo de los últimos 56 años del cine sabe que estos problemas no son nuevos, y que tienen un punto de partida claro e indiscutible: la última dictadura.

“Hubo un momento en que el mundo cambió. Y para el cine, el quiebre llegó con la dictadura. Tuvimos muchas limitaciones, nos cerraron la sede por un mes, no nos permitían exhibir películas. Nosotros siempre tuvimos la premisa de exhibir el material viniera de donde viniera, siempre apostando al cine de calidad. Por eso fue uno de los peores momentos, porque incluso interiormente nos perjudicó, porque se empezaron a dar enfrentamientos entre los que querían un cine comprometido y otro grupo que prefería mantener la institución aunque eso significara transar. También pasó que grandes personas, por sus vinculaciones o ideas políticas, no podían integrar las directivas. Así que, como se rebotaban todos los nombres que presentábamos, mucha gente valiosa se tuvo que ir y tuvimos que llenar listas con gente que por ahí no tenía ni el mismo conocimiento, ni el interés”.

El golpe final lo dio el desembarco de los contenidos livianos a la televisión y el quiebre cultural que impuso la masificación de la tecnología. Y así, en medio de un cine que ya veía lejanos los días sin butacas vacías, los directivos entendieron que era necesario tener sangre nueva; entró una nueva comisión integrada por jóvenes, entre ellos Lamole, que le dieron aire fresco a la institución ubicada en la calle Canelones entre Carlos Quijano y Aquiles Lanza.

En la coda de esta historia, Cresci busca dejar evidencias de la importancia del Cine Universitario para la cultura de la ciudad. Menciona el éxito de la propuesta que ganó en el Presupuesto Participativo, recuerda la vez que el propio Yves Montand les envió fuerzas desde el otro lado del mundo y repasa hitos recientes y pasados.

“Este cine es un reflejo de la cultura cinematográfica del Uruguay. Debe continuar, porque creo que siempre van a existir personas con inquietudes, con ganas de ver algo más que un simple entretenimiento. El cine permite soñar, conocer, permite reflexionar. Y eso es invaluable”, cierra.

Horas después de hablar con Cresci, recorriendo el cine y rodeados por la soledad de la sala Lumière, Camilo dos Santos, fotógrafo de El Observador, menciona en voz baja la escena de Cinema Paradiso en la que Toto, ya de adulto, regresa a su pueblo y se adentra en el cine abandonado de su infancia. Allí lo único que descubre son butacas apiladas, balcones vacíos, pisos polvorientos y ecos apagados. El Cine Universitario logró escapar varias veces de esa realidad, pero nadie tiene muy claro hasta cuándo podrá hacerlo. Quizás, al final proyectar Sed de vivir en el último día antes del cierre sí fue un grito de ayuda involuntario. Un lamento salido de las entrañas de las propias salas, el pedido de alcanzar, aunque sea, una función más.

Para colaborar

El Cine Universitario subsiste gracias a convenios con entidades como la Intendencia de Montevideo y Socio Espectacular, además de quienes pagan $ 280 mensuales por ser miembros y las entradas individuales. En la situación actual, también reciben donaciones en la cuenta corriente del BROU 0022417 de la sucursal 177, y cuenta 1558229, subcuenta 00002 del mismo banco.
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