Milongas y Obsesiones > MILONGAS Y OBSESIONES/ MIGUEL ARREGUI

El control de cambios y el golpe de Gabriel Terra

Una historia del dinero en Uruguay (XVI)

Tiempo de lectura: -'

24 de enero de 2018 a las 05:00

El control de cambios, que en Uruguay se estableció por ley del 29 de mayo de 1931, es una forma de racionamiento, e implica fijar a las monedas un precio distinto del que determina el mercado libre. Esa artificialidad es la que provoca luego todo tipo de desequilibrios empezando por la creación inmediata de un mercado "paralelo" o "negro", que es el libre, en el que la moneda racionada tiene un sobreprecio por el riesgo que supone comercializarla.

En general, los controles de cambio se han establecido para poder imprimir muchos más billetes nacionales y evitar su desvalorización ante las divisas predominantes. El éxito de esta forma de estafa oficial dura tanto como la buena voluntad y la ignorancia de las personas. Pero siempre termina en catastróficos fracasos. Venezuela y Cuba todavía los aplican, y también Argentina en los años finales del gobierno de Cristina Fernández. Pero América Latina, incluido Uruguay, tiene vastísima experiencia en toda suerte de controles fallidos.

Deriva intelectual

Como se narró en el capítulo anterior de esta serie, la mayoría de una Comisión de Estudio sobre la Desvalorización de la Moneda reunida en los inicios del gobierno de Gabriel Terra, en 1931, se inclinó por el control de cambios, que se impuso rápidamente.

Ramón Díaz, abogado y economista que fundó la revista Búsqueda y presidió el Banco Central entre 1990 y 1993, comentó en su "Historia económica de Uruguay": "La mayoría de las recomendaciones y argumentos dejan ver una tremenda desorientación: son como la radiografía cultural de un país que había dejado de creer en el sistema que había forjado su prosperidad, quedando intelectualmente a la deriva".

Sin embargo, entre algunos miembros de la Comisión, todavía se manifestaba la conciencia de los peligros de una emisión excesiva de dinero.

En un memorando fechado el diciembre de 1931, Octavio Morató, gerente general del Banco de la República, la autoridad monetaria, advirtió: "La emisión fiduciaria inconvertible respalda la irresponsabilidad del deudor [...]. El banco emisor único, sea o no del Estado, ejerce un acto de imposición lanzando al mercado una moneda cuyo recibo no puede ser resistido [...]. Las emisiones inconvertibles, lanzadas fuera de relación con las reservas auríferas [...] se traducirían siempre en un factor fundamental de la inflación, que se reflejará sobre el cambio internacional y sobre los precios", con el consiguiente desestímulo del ahorro y la erosión de la capacidad de consumo de la población.

En 1932, preocupado por las presiones políticas y corporativas para que el BROU aumentara la emisión de dinero y el crédito, Morató propuso crear un Departamento de Emisión que funcionara con independencia del resto del banco, similar al del Banco de Inglaterra, una suerte de banco central.

El mercado de cambios libre, con tipo flotante, produce la desvalorización de la moneda nacional si el gobierno aumenta la emisión. Pero con tipo de cambio fijo, la indisciplina monetaria provoca pérdida de reservas internacionales, que entonces consistían en oro, dólares y libras, pues las personas pasan sus ahorros a esas divisas. Ocurrió en esa época, y también, por ejemplo, durante la vigencia de la "tablita" que preanunciaba el valor del dólar en Uruguay, entre 1978 y 1982.

El naufragio del peso

En 1931, cuando el Banco de la República quedó a cargo del control absoluto de la compra y venta de moneda extranjera, aceptó una devaluación del peso ante el dólar de 54%, cuando el mercado ya lo había devaluado en más del 70%. Además se prohibió, con carácter transitorio, el envío de remesas al exterior por parte de las compañías extranjeras.

En 1931, cuando el Banco de la República quedó a cargo del control absoluto de la compra y venta de moneda extranjera, aceptó una devaluación del peso ante el dólar de 54%

Fue una fijación a la vez del precio y de la cantidad de dinero, cosa que no puede durar salvo como ficción, a través de la intervención directa de la autoridad mediante un racionamiento de las divisas. El mercado negro afloró de inmediato.

Desde su creación en 1863 y hasta 1914, el peso uruguayo mantuvo una cotización estable ante la libra y el dólar, gracias al patrón oro. Luego, por más de una década, mientras se mantuvo cierta disciplina en la emisión, el peso flotó libremente ante las divisas y conservó su prestigio en la región. Pero a partir de 1931, cuando se tiró por la borda un siglo de libertad cambiaria, inició una deriva hacia su conversión en una moneda de tercera o cuarta categoría.

El control de cambios —y el posterior control del comercio exterior, que profundizó el aislamiento de la economía uruguaya, hasta entonces abierta— no fueron decisiones extemporáneas sino inscriptas en un rápido proceso de estatismo y proteccionismo, que se registró también en los países vecinos, que tenían gobiernos autoritarios fuertemente influenciados por el corporativismo fascista: el general José Félix Uriburu en Argentina, Getúlio Vargas en Brasil.

Conforme a los vientos extremistas que soplaban en el mundo, y a la baja autoestima de los sistemas capitalistas liberales, muchos dirigentes políticos uruguayos se sintieron tentados, cual aprendices de brujo, a iniciarse en las artes de la ingeniería socio-económica.

Por leyes de 1935 y 1941 cada vez más estrictas, el Banco de la República se hizo cargo del comercio exterior. Toda persona física y jurídica del país tenía que pedir permiso para exportar y para importar. El Estado le concedía, si lo consideraba pertinente, los dólares necesarios para sus compras, y distribuía esa moneda en base a cuotas.

Por leyes de 1935 y 1941 cada vez más estrictas, el Banco de la República se hizo cargo del comercio exterior. Toda persona física y jurídica del país tenía que pedir permiso para exportar y para importar.

Fue otro paso en la dirección corporativa ensayada por muchos países europeos, con Italia y Alemania a la cabeza. Pero la mayoría de las naciones de Europa occidental abandonaron los controles de ese tipo después de la Segunda Guerra Mundial, mientras Uruguay se aferró a ellos hasta el naufragio económico iniciado a mediados de la década de 1950.

Crisis económica y golpe de Estado

En 1930 el país festejó el centenario de su independencia e incluso organizó y ganó la primera Copa del Mundo de fútbol. Pero la larga era de optimismo y bonanza llegaba a su fin, de la mano de la Gran Depresión internacional, cuyo pistoletazo de largada fue el crack de la bolsa de Wall Street en octubre de 1929.

Con una ley del 20 de enero de 1932 el Estado uruguayo entró en default (impago de la deuda externa) por sexta vez en 67 años. Ya había ocurrido en 1865, durante la revolución de Venancio Flores; en 1875-1876, el "año terrible" y el golpe de Estado que dio origen al Militarismo; en 1890-1891, durante la gran crisis que se propagó tras la quiebra en Londres del banco Baring Brothers; y en 1914, tras la crisis del crédito en Uruguay y el estallido de la Gran Guerra europea.

Con una ley del 20 de enero de 1932 el Estado uruguayo entró en default (impago de la deuda externa) por sexta vez en 67 años.

Los sectores vinculados a la exportación, en especial las agro-industrias, ya muy perjudicados por la caída de los precios internacionales, debían liquidar sus ventas en pesos, una moneda sobrevaluada. El Estado obtenía así una ventaja para sus arcas, cada vez más escuálidas, en la reventa a los importadores y otros usuarios de moneda extranjera. Esa fue la razón básica del estancamiento del sector agropecuario que se prolongó durante varias décadas, incluso en tiempos de buenos precios internacionales.

Uruguay, como buena parte del mundo, sufrió a partir de 1930 una de las peores crisis de su historia. Abundaron las quiebras, el desempleo y los conflictos laborales, aunque para medirlo entonces no existía la profusión de estadísticas de la actualidad. Se redujeron los sueldos públicos y las jubilaciones, una forma de ajuste ortodoxo, y no por la vía inflacionaria, como sería de uso años después. Jubilaciones y pensiones se pagaban con atraso. Aquí y allá se registraron brotes de una incipiente violencia política. La debacle económica y las divisiones facilitaron el golpe de Estado, que llegó el 31 de marzo de 1933.

El golpe de Terra, que contó con el respaldo de Luis Alberto de Herrera, líder del sector mayoritario del Partido Nacional, significó una reacción contra el Poder Ejecutivo "bicéfalo" que instauró la Constitución de 1918, dividido y poco eficaz. Terra también quiso sacarse de encima la influencia y las presiones de los hijos de José Batlle y Ordóñez, quienes, pese a su escaso caudal de votos, pretendían el control del dominante Partido Colorado después de la muerte del gran caudillo en octubre de 1929.

Próxima nota: los orígenes del mercado negro de divisas en Uruguay

Comentarios