14 de noviembre de 2012 17:24 hs

El nuevo presidente de China, Xi Jinping, que tomará posesión en marzo, es un hombre reservado, conocido por su tesón y cautela, además de ser un reformista de la quinta generación de líderes de la República Popular China, los llamados príncipes, hijos de la aristocracia apparatchik.

Sus desafíos no son menores; pero en el centro de ellos, se encuentra la largamente postergada apertura política, objeto de creciente demanda entre una población cada vez mejor educada y más informada, que exige libertades civiles y derechos conculcados por generaciones.

En la segunda economía del mundo, que incorpora 50 millones de personas por año a la clase media, cada vez queda menos lugar para un régimen comunista que se sostiene entre el hermetismo, la represión y la censura.

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No será tarea fácil. Xi cuenta con la ventaja de ser un líder ampliamente identificado con las reformas. Es hijo del veterano reformista Xi Zhongxun, un guerrillero fundacional del Ejército Rojo, que integró la primera generación de líderes. Y a pesar de que Mao Tse-Tung le había salvado la vida durante una purga del Partido Comunista antes del triunfo de la revolución, Xi Zhongxun fue perseguido y encarcelado por sus ideas reformistas durante la Revolución Cultural que el Gran Timonel lanzó en los años sesenta para asegurar el régimen colectivista de la RPCh.

La reforma política es el gran pendiente del gigante asiático para su proyección hegemónica, pero también el asunto más complejo, el que deberán llevar adelante entre algodones si desean evitar la implosión del régimen o una precipitación violenta.

A fines de los ochenta, Deng Xiaoping lanzó la reforma económica que ha permitido a China un crecimiento de 500% en las últimas dos décadas, pero decidió entonces posponer la apertura política.

A la muerte de Mao, en 1976, los reformistas que habían sido purgados durante la Revolución Cultural (entre ellos, el padre de Xi Jinping) comenzaron a cobrar fuerza dentro del partido y llegaron a la cumbre del Politburó con el ascenso de Deng al poder. Tanto la apertura económica como la política habían estado entre las ideas de estos reformistas perseguidos por Mao. Pero al constatar el fracaso de la perestroika en la Unión Soviética, Deng decidió esperar para la segunda. Y se negó a llevarla a cabo aun ante las revueltas de Tiananmen en 1989. Prefirió mandar los tanques a la plaza y provocar una masacre antes de implementar una democratización del régimen que él entendía “se comería” a su reforma económica.

Los líderes reformistas que sucedieron a Deng al frente de China, Jiang Zemin y el saliente Hu Jintao, tampoco lograron la reforma política en todos estos años. Así, China ha transitado estas dos décadas entre el libre mercado y el autoritarismo, entre la libertad económica y el totalitarismo, en un régimen singularmente heterodoxo, donde conviven el crecimiento económico vertiginoso y la multiplicación de la riqueza con la censura, el sistema de partido único y la ausencia de libertades civiles.

Pero prepararon todo metódicamente para que Xi Jinping, y esta quinta generación de líderes que en marzo tomarán las riendas del país, por fin lleven a cabo la apertura política en China. Ha sido un trabajo de filigrana, que ha conllevado varias purgas de cuadros maoístas que se resistían A los cambios; la más reciente de ellas fue la del carismático Bo Xilai, líder del partido en la ciudad de Chongqing que proponía una regresión al colectivismo y la Revolución Cultural.

Allanado ahora el camino para Xi Jinping y los príncipes, la mesa parece estar servida para que China comience a dar los pasos necesarios hacia una democracia. Pero lo que resta es lo más difícil. En esa andadura, podrían darse otra vez desbordes como los de Tiananmen. Y cómo respondería el régimen ante tal coyuntura, es hoy una gran incógnita.

Xi no ha prometido nada; no ha debido hacerlo en el actual estatus quo chino, el de una élite gobernante que no debe rendir cuentas a ninguno de sus 1.300 millones de habitantes y que en lo personal se enriquece en igual medida que crece la economía del país.

Podrá esperarse que profundicen las reformas; podrá esperarse que reduzcan el aparato del Estado y garanticen mayores libertades a la población; podrá esperarse, incluso, que conviertan a China en la democracia más poblada el mundo. Pero en el fondo, lo que prevalece es una gran incertidumbre. Nadie puede predecir con algún grado de convicción lo que allí puede suceder.

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