28 de mayo de 2013 17:24 hs

"Yo voy a empezar a hacer como (George) Balanchine que no daba nunca el reparto porque el reparto era toda la compañía”, dijo Julio Bocca en la última entrevista concedida a El Observador. Y si algo se demostró en la Gala IV del Ballet del Sodre es que su cuerpo de baile no es el apéndice de algunas estrellas sino un elenco talentoso y versátil, capaz de interpretar coreografías de gran complejidad.

La puesta en escena de los tres espectáculos del programa que comenzó el 23 de mayo y se desarrolla hasta el 2 de junio en el Auditorio Nacional Adela Reta -Sinfonietta, de Jiří Kylián; In the middle of somewhat elevated, de William Forsythe; y La consagración de la primavera, de Oscar Araiz- prueban el magnífico momento por el que atraviesa el ballet dirigido por el argentino.

La gala abrió con el trabajo más conocido de Kilián, considerado uno de los coreógrafos más destacados del siglo XX. Para fortuna de los espectadores, Uruguay es el segundo país en América Latina –el primero fue Brasil- en el que se presenta la obra del artista checo, al igual que el trabajo del estadounidense Forsythe.

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La apertura con Sinfonietta -la más celebrada de las tres obras por el público- fue como una bocanada de primavera a la puertas del invierno, como visualizar un lienzo de Claude Monet en movimiento con su telón que asemeja un amanecer en el campo y el sencillo vestuario de los bailarines mimetizándose con los colores del paisaje.

Se trata de una coreografía sumamente estética y en constante movimiento. Los bailarines transmiten felicidad, frescura, y en su sinfín de saltos hacen ver fácil lo difícil, pues la coreografía exige un arduo trabajo corporal y de sincronización. El minimalismo del vestuario y la escenografía contrastan con el constante caudal de formas. Por momentos los bailarines vuelan libres como pájaros y en otros se enredan en el idilio del amor.

Los cuerpos se reflejan bellos y protagonistas, la música de celebración de Leoš Janáček (que es grabada, como en las otras dos obras que se muestran en la Gala IV) imprime el sonido perfecto. Esta obra, estrenada en 1974, culmina con los bailarines elevando sus brazos hacia un amanecer en el que parecen fundirse.

Tras el intervalo, el panorama cambia drásticamente. No obstante, el contraste es bienvenido porque lo que sigue es In the middle somewhat elevated, la obra demoledora de otro coreógrafo revolucionario, estrenada en 1987 por el Paris Opera Ballet de Rudolf Nureyev.

De la fluidez bucólica se pasa a un escenario completamente negro, con el elenco vestido de verde eléctrico y moviéndose en perfecta sincronía con la música metálica y repetitiva de Thom Willems. En esa atmósfera urbana, industrial, los bailarines se mueven reos, desafiantes, en una danza mucho más individual.

Las miradas exudan competencia, los roces rebosan sexualidad ajena de romanticismos, las piernas parecen látigos, la música ríspida se cuela en un estado de agresión latente. Por momentos los bailarines parecen engranajes y las bailarinas se asemejan a sus réplicas de plástico en cajas musicales.

El tercer acto, reservado a La consagración de la primavera, contrasta aun más con las dos obras anteriores, focalizadas en las corporalidades de los bailarines pero sin una narrativa, lo que genera al principio una sensación extraña.

La versión del argentino Oscar Araiz es una puesta visceral y turbulenta de la ya de por sí revolucionaria obra de Igor Stravinsky, con coreografía de Vaslav Nijinsky, que este año celebra su primer centenario.

La obra abre con una escena impactante, en el que la tierra, en forma de mujer con una falda gigante ve emeger los cuerpos de los hombres debajo de ella. Renata Schussheim viste a los balarines con una estética entre moderna y apocalíptica, donde predominan las medias rotas, los tatuajes y los cabellos pastosos, que desprenden suciedad con cada movimiento.

La obra es representada por un nutrido elenco de intérpretes, que ponen en juego una faceta mucho más actoral. La danza coloca el cuerpo al ras del suelo, la violencia se hace patente, el sexo es brutal. Araiz compone imágenes poderosas de fecundación, de guerra, de muerte, con una animalidad no domesticada.

La puesta del argentino representa un giro completo de la frescura de Sinfonietta. El cierre muesta la desazón del ritual que sacrifica a sus vírgenes para que la primavera sea consagrada y demuestra, una vez más, la versatilidad del Ballet del Sodre.

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