5 de julio 2013 - 19:41hs

Hay una cosa que está muy clara, con relación a José Ovejero: el tipo escribe bien. Conoce la técnica. Es capaz de manejar la descripción y el diálogo con mucha destreza. También domina el pulso de la historia, ese rimo de párrafos y capítulos que dosifica el drama de manera tal que el lector disfrute del estilo mientras sufre por los personajes. Vale decir: conviene prestar atención a este escritor español que acaba de ganar el premio Alfaguara, de novela, y ganarse 130 mil euros, con La invención del amor.

Ovejero se está empezando a acostumbrar a esto de los premios. Hace veinte años se dio a conocer al ganar el premio Ciudad de Irún, de poesía, con Biografía del explorador. Cinco años después, en 1998, fue galardonado por una crónica de viajes, China para hipocondríacos. En 2005 llegó su consagración cuando obtuvo el premio Primavera (200.000 euros) por su novela Las vidas ajenas. En 2012 ganó un premio de ensayo, el Anagrama, por La ética de la crueldad.

La invención del amor es de lo más premiable, dicho esto sin conocer los otros 400 manuscritos que se presentaron al concurso. Es la historia de Samuel, que empieza en una madrugada de fiesta con amigos en su casa, “en ese momento que tanto me gusta en el que la gente discute sin mucho tino, en el que todos están más alegres o más tristes de lo que se permiten a diario, sin llegar a ser violentos ni a romper a llorar ni a cantar”.

Las visitas se van y suena el teléfono, el fijo, al cual no llama nadie. Es alguien que le dice a Samuel que Clara ha muerto. En un accidente. Que la velarán en tal lado. Samuel no conoce a ninguna Clara pero concurre al velatorio y empieza a ser ese Samuel con el que lo confundieron, a tener que defender a ese personaje, a luchar a brazo partido para corregir ese destino, que no es el suyo pero que sí, empieza a serlo. Se apropia de ese destino y todo se puebla de zozobra.

A Samuel lo mueve el hastío que siente con respecto a su propia vida, a su temor a cualquier tipo de compromiso. Es un cuarentón, soltero, con un trabajo rutinario en una empresa en la que tiene parte de las acciones; está moderadamente conforme con su vida, pero se aburre.

Entonces encuentra otro destino, mucho más complicado que el suyo, que tiene un pasado que los demás conocen en parte y él en nada. Entonces debe vivir en un estado de alerta constante, sobre todo ante la cercanía de Carina, la hermana de Clara, que quiere entender y acude al impostor por respuestas.

Ovejero maneja este buen planteo con mucha solvencia. La novela se comporta como un thriller, y el protagonista apenas puede mantener el control o lo pierde por completo.

La narración es en primera persona y el autor hace uso frecuente del presente del indicativo, esa forma verbal del reportaje o de las narraciones del realismo sucio estadounidense, como cuando Samuel llega al velatorio, indefenso: “Se me quedan mirando. Estoy parado a tres o cuatro pasos de ellos, con el ramo en la mano. Esperan quizá una indicación mía, pero nadie dice una palabra. Se ponen a discutir en voz baja, como si estuviesen perdidos en un bosque. La mujer señala algo a mis espaldas y se van hacia allá dando un pequeño rodeo para no pasar junto a mí. Los sigo”.

Son 242 páginas que se leen de un buen tirón. El protagonista está en un plano de igualdad con el lector. Juntos intentan averiguar quién es. El mecanismo funciona mucho mejor que el recurso de la amnesia, y también mucho mejor que los impostores clásicos, porque éste no tiene una razón. No lo hace para ganar nada, y teme que sea mucho lo que pueda perder. Aunque tal vez por el camino vaya averiguando un sentido, siempre de la mano del lector.

“Confieso que soy un escritor poco ambicioso desde un punto de vista ético. En realidad, lo primero que pretendo es contar una buena historia, conmover, interesar, enganchar, sorprender, apasionar al lector, lo que ya es bastante ambición”, ha dicho el autor. Pues, sí, es bastante ambición. La invención del amor está a la altura de esos objetivos: es entretenida y no es fácil de prever. Está escrita con mucha prolijidad, sin detenerse más allá de lo justo en consideraciones al margen. En suma: se deja leer.

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