La Cámara de Representantes de Estados Unidos comenzó el jueves con la investigación sobre los sucesos del 6 de enero, cuando una turba tomó por asalto el Capitolio en protesta por el supuesto amaño de las elecciones, en lo que muchos consideran como el mayor ataque a la democracia estadounidense en décadas. Los legisladores analizarán varias pruebas y testimonios, y se centrarán en la responsabilidad o no del expresidente Trump en fomentar la insurrección para revertir los resultados de la elección de 2020.
Las revelaciones prometen ser grandes y la atención es enorme, pero ya todos sabemos como terminará: en la nada. Políticamente los republicanos no darán sus votos a nada que perjudique al mayor candidato para 2024, salvo dos representantes, Liz Cheney y Adam Kinzinger, que ya se consideran dos cadáveres políticos por oponerse al líder.
En la opinión pública tampoco generará grandes cambios: la gente tiene formado su concepto sobre Trump, sobre su intento de desconocer los resultados de la elección y sobre los sucesos del 6 de enero. Están quienes lo desprecian a diferentes niveles, los que lo consideran el último bastión de los valores estadounidenses y a los que no cae bien pero lo consideran como la única arma para oponerse a la agenda demócrata.
Y los medios reflejan esa decisión. La mayoría de las grandes cadenas comenzaron el jueves a transmitir en vivo las sesiones de la comisión investigadora, con la excepción de Fox News, que decidió no darle minutos a la sesiones y apostó a los monólogos de sus “talking heads” criticando la legitimidad de la investigación, argumentando que el movimiento Black Lives Matter cometió crímenes peores o que se trata de una cortina de humo para tapar la inflación, el problema migratorio y varios otros dolores de cabeza del gobierno de Biden (y algo de eso hay).
El tema suena relativamente lejano para Uruguay, porque la cantidad de noticias rimbombantes en la era Trump generó el mismo efecto que en buena parte del mundo: un acostumbramiento a lo estrambótico, tanto sea por el desprecio del expresidente por los valores liberales como por la campaña incesante del otro lado, muchas veces acertada y otras exagerada.
Pero si no interesa la suerte de Trump, la actual peripecia de la democracia estadounidense es un buen recordatorio de lo que ocurre cuando en una sociedad los puentes de diálogo colapsan. Llamémosle grieta o no, el descenso a esa fosa es casi imperceptible. Pero una vez que se está allí, la salida es casi imposible.
Eso deberían mirarlo con atención los políticos uruguayos. Ese grado de división parece lejano hoy, pero quedan pocas dudas de que la mayoría de los políticos se han embarcado en ese camino. Lo más visible son los discursos, pero más importante que eso es la imposibilidad de ponerse de acuerdo sobre aspectos básicos.
En la mayoría de los temas no hay una única verdad y el acercamiento a la verdad se construye individualmente. Y en el mejor de los casos, recurriendo a la mayor cantidad posible de fuentes.
Pero en otras sí. No hubo un fraude en las elecciones estadounidenses de 2020. Lo dicen miles de pruebas y testimonios en todo el país. Así y todo, el fantasma se ha agitado políticamente por parte de políticos y líderes de opinión, hasta convencer a cientos de miles de que así ocurrió. Eso no quita que el sistema electoral estadounidense tenga serios fallos, y que a diferencia de la mayoría de las democracias sólidas del mundo, no haya un único documento electoral con el cual ir a votar, lo que daría más garantías a todos. Es el legado federal que impone 50 reglas electorales diferentes según el Estado, y que promueve el horror antidemocrático del Colegio Electoral, que permite a un candidato ganar con menos votos que el rival.
En Uruguay también hay algunas verdades evidentes, que atraviesan los gobiernos. Pero los partidos las afrontan con actitudes mezquinas, cambiantes según estén en el poder o en el llano.
La educación expulsa miles de jóvenes cada año, y a los que quedan, no los prepara para el futuro. Los resultados son evidentes, pero lo que gana el statu quo. Los sindicatos se quejan de los nuevos planes de estudio acusándolos de mercantilistas, y que solo piensan en el mundo del trabajo en lugar de crear ciudadanos críticos, como si ambas cosas no pudiesen ser compatibles. Del lado del gobierno, como el consenso es imposible, los intentos de solución son hemipléjicos, y se mienten imaginando que podrán ser aplicados sin consensos.
La reforma de la seguridad social es imprescindible. Los números son claros: no alcanza la plata porque lo que se gasta es mucho más de lo que ingresa. La suba de la edad de jubilación es el primer paso básico de cualquier intento de reforma. Y así y todo hay que escuchar razonamientos demagógicos de que subir la edad de la jubilación es estar en contra de la gente. Esa gente a la que habrá que subirle los impuestos o retacear la jubilación cuando el sistema se desfonde. Peor: los que lo pagarán serán los jóvenes que hoy no votan.
Con la seguridad ocurre algo similar: está claro que la solución al tema excede a un partido, o a un periodo de gobierno, y que además de fuerza, capacidad disuasoria e inteligencia policial, involucra políticas educativas, sociales y carcelarias. Pero las interpelaciones y llamados a sala se suceden con declaraciones vacías de uno u otro lado, o como ocurrió esta semana: conferencias de prensa en las que la oposición leyó un comunicado antes de escuchar las explicaciones del gobierno, mientras un jerarca del Ministerio del Interior se ufanaba del crecimiento en el número de presos, cuando está demostrado que eso por sí solo es solo agrandar la potencia de la bomba de tiempo inserta en la sociedad uruguaya: todos esos presos van a salir algún día, y mucho peor de lo que entraron.
El peso de ese discurso irresponsable cae hoy en mayor medida sobre el Frente Amplio, porque es más fácil la demagogia cuando se está en la oposición. Pero el mismo pecado cometieron quienes hoy están en el gobierno cuando decían en campaña que tenían un plan para solucionar la inseguridad de forma rápida y efectiva.
Las soluciones a esos temas son complejas y ampliamente debatibles. Y si hubiera un debate racional y sano, allí si aparecerían las diferencias ideológicas, y el gobierno debería tener la última voz. Por ahora todo se parece cada vez más al debate sordo de republicanos y demócratas, en el que hasta las formas más elementales de la verdad están en tela de juicio.