22 de mayo 2015 - 19:23hs

El niño no puede dejar de abrir los ojos ante una carta de Jack el Destripador, en la llamada Cámara del Horror del museo de Madame Tussaud de Londres. La carta es la que el supuesto asesino le dirige a un diario bajo el título “Querido jefe” en tono irónico y burlón. La fascinación de Jack en todo su esplendor, cautivando a un niño un día perdido de la década de 1950.

El niño era Stewart P. Evans, un inglés que hoy tiene 65 años y es considerado como una de las máximas autoridades en el estudio de Jack el Destripador. Es un hombre que tiene un pasado de más de tres décadas como agente de policía del condado de Suffolk.

Desde mediados de la década de 1990, Evans es reconocido como una autoridad en la materia, denominada ripperología. Su etimología se basa en el término ripper, o sea, “el destripador”, del verbo inglés to rip, exactamente “desgarrar”.

Entre otras gemas de su carrera como “ripperólogo”, Evans ha aportado nuevos datos y pruebas fruto de sus investigaciones, como la llamada “carta Littlechild”, de puño y letra de un antiguo inspector de Scotland Yard, que trabajó durante el caso. La misma aporta información valiosa sobre un sospechoso y sobre la creencia de la policía de que varios periodistas habían inventado las cartas que recibían sus periódicos, supuestamente redactadas por el asesino. A tal grado de detalles y minucias se mueve Evans dentro de la subcultura de los fanáticos de Jack el Destripador.

En 1995, Evans publicó su primer libro acerca del tema y desde entonces su nombre solo, o en coautoría con Keith Skinner, es sinónimo de seriedad y sapiencia en la materia. Escribió más textos, participó en documentales y asesoró a la producción de la película Desde el infierno, protagonizada por Johnny Depp e Ian Holm y filmada en 2001.

Junto a su esposa, Rosemarie, Evans organizó las dos primeras convenciones nacionales de Inglaterra, en 1996 y 1997. Desde entonces se han realizado esos eventos cada dos años en Gran Bretaña y Estados Unidos. Hoy, Evans vive en las afueras de Cambridge, desde donde respondió algunas preguntas realizadas por El Observador.

“El mundo de Jack el Destripador es extraño”, dice Evans, y explica que los dos sitios que reúnen el tráfico mundial de información son www.casebook.org y www.jtrforums.com

La revista digital Ripperologist y la de papel Ripperana son otras dos publicaciones de rigor para entusiastas del Destripador. En Londres está la Whitechapel Society, un club de ripperológos que hacen reuniones regulares.

Estos elementos componen la ripperología, un universo que tiene sus eminencias, sus escuelas filosóficas de interpretación, sus biblias, sus cucos, sus propias teorías y sus sucursales en el mundo.

Jack no fue el primer asesino serial ni el que mató más, sin embargo continúa generando gran interés. Para Evans, la clave de este halo que posee The Ripper es resultado del misterio de la época victoriana, las calles iluminadas a gas, los carruajes elegantes y el encanto de un asesino desconocido con un escalofriante apodo. “Así se crean las fantasías”, dice. De forma involuntaria también colaboró en el mito el personaje Sherlock Holmes, creado por Conan Doyle un año antes, en 1887.

Uruguay no es ajeno a este hobby, manía o religión de fanáticos, según se la aprecie.

Desde el Cordón

Este credo particular también tiene su sucursal nacional. En una noche de bruma, la calle Tristán Narvaja puede ser tan tenebrosa como Dorset Street. En pleno barrio Cordón tiene su estudio Gabriel Pombo, uno de los dos ripperólogos uruguayos. El otro especialista e investigador es el matemático Eduardo Cuitiño. Ambos trabajan y han publicado serias investigaciones noveladas sobre esta serie de asesinatos que todavía intrigan a miles en el mundo.

En pocos días estará en librerías Jack el Destripador, la leyenda continúa, de ediciones Torre del Vigía, el último volumen de Pombo. En este trabajo el autor traza un panorama documental y objetivo de los hechos, pero no con la frialdad de la reconstrucción de archivo sino utilizando los recursos de la novela.

Pombo es abogado civil, tiene 53 años y desde 2007 se dedica al estudio intensivo de todos los detalles que envuelven la figura del asesino más famoso del siglo XIX.

En 2008 publicó El monstruo de Londres, su primer trabajo sobre los crímenes. Desde su estudio de abogado en el barrio del Cordón, Pombo cultiva su pasión cuando y como puede, en los ratos libres que le deja su profesión.

Ha promovido lazos rioplatenses con ripperólogos argentinos como Mónica Arra, que también ha publicado sus teorías interpretativas. Según Pombo, en Uruguay no hay organizaciones que se reúnan en torno al Destripador.

En 2010, Pombo siguió cultivando su vicio literario y publicó Historias de asesinos, una antología de 25 casos de asesinos seriales en el mundo. Con una biblioteca específica dedicada al tema y una suscripción a Ripperologist, Pombo se mantiene al tanto de los últimos “avances” y de las nueva teorías que surgen de tanto en tanto. Algunas de ellas son de una rimbombancia que esconde enormes falencias científicas, como un “descubrimiento” de un tal Russell Edwards en 2014, quien encontró un supuesto corsé de una víctima con semen y sangre del asesino.

Caso revolucionario

“¿Qué importancia puede tener en la historia la morbosidad de estos crímenes horrendos?”, se pregunta Pombo de forma retórica. A pesar de lo sangriento y grotesco de las muertes que se cometieron entre agosto y noviembre de 1888, lo cierto es que el caso de Jack el Destripador fue tan señero como revolucionario en varios aspectos.

Las noticias de los crímenes sacudieron tanto a la sociedad londinense del momento que produjeron cambios radicales en las investigaciones policiales, en los procedimientos científicos aplicados a la criminología, así como cambios sociales en Whitechapel, donde se produjeron las muertes violentas de las mujeres, y en la cobertura periodística que hicieron los diarios de la época. Eso influyó en las futuras maneras de referirse a un caso de sangre en la prensa. Uno de los grandes llamados de atención que provocó el caso fue señal de que bajo un manto de prosperidad había muchas capas de pobreza material.

Con Victoria como cabeza de un imperio que iba desde la India hasta el Canadá y de Australia a África, con las chimeneas de la revolución industrial soplando canciones de orden y progreso, los asesinatos del Destripador cambiaron por unos meses la lupa y la colocaron sobre los barrios pobres del East End de la metrópolis, donde no había buena iluminación ni viviendas en condiciones, donde pululaban los conventillos y las pensiones infectos donde dormían las prostitutas y la clase obrera.

Estos cambios tuvieron sus vaivenes en el tiempo. En 1902, el escritor y periodista estadounidense Jack London escribió Gente del abismo, una crónica acerca de las condiciones de vida del barrio de Whitechapel. Allí los vecinos ya se quejaban de que luego de los cambios producidos después de 1888, había vuelto la dejadez y la desidia. Luego del papelón histórico de la Scotland Yard, que no encontró al culpable y tuvo la dignidad de no inventar un chivo expiatorio, hubo cambios también en las investigaciones policiales.

Por ejemplo, a partir de 1891 se comenzó con el reconocimiento de las huellas dactilares, apunta Pombo. No existiría la serie CSI sin el Destripador. El caso habilitó para el futuro el uso de grafólogos y expertos en caligrafía, ya que a lo largo de los meses en que se investigó el caso, la policía, los diarios y algunas personas recibieron unas 200 cartas apócrifas de supuestos Jack.

La prensa también tuvo una participación no del todo feliz en la cobertura del caso, lo que llamó a la reflexión sobre los basamentos de la práctica profesional.

El enigma

¿Cuál es el “estado de la materia” en 2015? Como toda disciplina, la ripperología tiene sus vertientes y sus bibliotecas. A grandes rasgos, se puede dividir en dos grupos: los “investigadores”, quienes se desvelan por encontrar la llave que los lleve a la personalidad del asesino, y los “conservadores”, que se dedican a explorar y organizar los hechos sin entrar en elucubraciones sobre la identidad del autor de los crímenes.

Evans está en el segundo grupo y para él es importante que el público entienda que nunca se sabrá la identidad del asesino. “Esto deja el campo abierto para mucha fantasía, especulación y sensacionalismo. De todos modos, existen buenos trabajos que investigan con seriedad a partir de la información disponible hoy en internet”, dice el experto. En la red se pueden encontrar decenas de archivos originales referidos al caso a partir de los cuales investigar.

Cuando se le pregunta a Pombo quién cree que fue Jack el Destripador, el abogado se queda en silencio un instante y luego prefiere descartar por la negación para determinar su perfil. “No fue una mujer, no fue un personaje famoso. Era inteligente, de clase media, y conocía muy bien el barrio. Fue un psicópata, pero no fue el primer asesino en serie, que es un fenómeno antiguo. Quería que se supiera de su obra, pero no pretendía ser una leyenda”, dice con cautela, antes de rematar: “De todos modos, jamás se sabrá la verdad”.

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