Opinión > EDITORIAL

El fin de la inocencia

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25 de febrero de 2020 a las 05:00

A pocos días del cambio de gobierno, la detención de una contadora uruguaya indagada por presuntas coimas en el exterior sacudió el tablero político.

El presidente electo Luis Lacalle Pou respaldó sin vueltas a su futuro ministro de Educación y Cultura (MEC) tras la difusión del episodio que tuvo a Pablo da Silveira como protagonista involuntario e indirecto.

El relato del que se habló durante el fin de semana de carnaval es conocido. A punto de abordar el miércoles rumbo a Buenos Aires en Colonia del Sacramento las autoridades de Migraciones de la Aduana detuvieron a la contadora uruguaya Maya Cikurel cuando reconocieron que estaba siendo buscada por Interpol por una indagatoria de un presunto episodio de lavado de dinero y corrupción en Panamá.

Tras la difusión de la noticia por parte del periodista Ignacio Alvarez se encendieron todas las alarmas ya que junto a la contadora viajaba a Buenos Aires Da Silveira, compañero sentimental de la contadora desde mediados del 2019.

Con la velocidad propia de los tiempos que corren se sucedieron comentarios que llenaron de confusión el ambiente político a pocos días del cambio de mando y de la asunción de un nuevo gobierno en Uruguay. Da Silveira es uno de los hombres fuertes del próximo presidente, lideró con paciencia de tortuga milenaria la articulación del plan de gobierno y fue clave en la estrategia para ganar las elecciones.

Es uno de los intelectos más lúcidos de su generación y tras años en la academia decidió saltar a la arena pública y política para liderar una reforma educativa por la que claman la mayoría de los uruguayos cansados de ver los malos resultados de niños y adolescentes, los porcentajes dantescos de deserción estudiantil y el calamitoso estado de la enseñanza.

La difusión de la noticia enseguida levantó las voces de aquellos opositores a la reforma que pidieron la cabeza de Da Silveira exigiéndole al presidente que no lo ratifique en la titularidad del MEC. Aprovecharon la circunstancia y le pegaron duro. Pero también se subieron al carro los carroñeros de todas las horas pretendiendo delirantemente inventar  –a las apuradas– una inverosímil vinculación del gobierno entrante con las redes de corrupción de la firma brasileña Odebrecht, por la cual varios gobiernos latinoamericanos sucumbieron.

“Si hay un conflicto en el que no hay que aflojar es en conflicto de la educación”, sostuvo en pleno escándalo el entrante ministro de Trabajo Pablo Mieres. Es una frase que ejemplifica claramente la pulseada que Uruguay tiene por delante y en la que Da Silveira será una pieza fundamental.

Es obvio que el episodio pretende afectar la credibilidad de uno de los hombres probos y claves del nuevo gobierno. Por eso cuando Lacalle Pou sostuvo que  “Da Silveira, además de ser un amigo, sobre todo es una buena persona, recta, un gran colaborador y creo que va a ser un gran ministro” y le ratificó la confianza sin titubeos, las cosas volvieron a su lugar.

Por el resto “es un tema privado que se encuentra en manos de la Justicia” como sostuvo la vicepresidenta de la República Beatriz Argimón. Que así sea. 

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