La comparación del título con el célebre cineasta no es por estilo ni por los temas que Cyril Connolly eligió para sus escritos a lo largo de su vida (fue un analista detallado y agudo, articulado y nada cercano al suspenso), sino por una cercanía física (buena parte de su existencia fue pelado, cabezón y panzón) y por cierta complicidad emocional con Alfred Hitchcock (melancolía, depresión, años de dudas existenciales y una pizca de homosexualidad reprimida traducida en sutileza estética).
Connolly fue un escritor de ficción frustrado que supo canalizar esta energía detenida, esa catarata congelada, en conjuntos de palabras que determinaron su propia salvación.
La editorial Lumen publicó en español un conjunto de obras, crónicas de viajes, críticas literarias y memorias de Connolly bajo el título Obra selecta, un libro de casi mil páginas que reúne algunas maravillas de un autor que aceptó una derrota interior de no poder ser una gran estrella de la literatura como pretendía y se convirtió en algo mayor: un hombre que con su pluma salvó a la literatura y a las letras de su país en un momento de crisis bélica.
Entre 1940 y 1949, Connolly fue el responsable de dirigir, editar y escribir críticas para la revista literaria Horizon, que fue un puntal de cultura, arte y refinamiento estético cuando sobre Londres y buena parte de Europa descendía el infierno de la guerra. Bajo las bombas de los nazis, Connoly defendió los valores de una sociedad literalmente en ruinas. De esas ruinas surgió una visión del hombre y del arte con las que Connolly tanto se embanderó como criticó.
Desde esas páginas Connolly promovió muchos escritores de su país y de los Estados Unidos, mantuvo alto un listón de calidad y de exigencia sobre lo que se escribía en idioma inglés en tiempos de decadencia.
El libro incluye su obra Enemigos de la promesa, donde confiesa su incapacidad de escribir por diversos medios, pero culmina exhibiendo una potencia verbal maravillosa. Connolly cuenta en la segunda parte del libro una crónica de su crianza en Eton y luego en Oxford, y cómo la educación masculina británica condicionó sus lecturas, su sensibilidad y finalmente su forma de ver el mundo y el sentido de la vida.
Connolly sufrió todas las humillaciones que se pueden esperar de ese sistema educativo, pero al mismo tiempo labró su paladar literario de una manera que también le provocó todos los goces de un destino dedicado a la tinta y a la página.
El tipo no echa culpas, solo describe esos días de amor y odio con prosa elegante. Es muy inglés poder pensar que pudo haber sido un gran escritor y que decidió no serlo, por pesadumbre, por depresión, por desgano ante el mundo. También la actitud esconde un dejo profundo de arrogancia, otro elemento no ajeno a la isla de las brumas y la lluvia.
Casi todo lo que escribió Connolly es disfrutable. La antología muestra su capacidad para opinar sobre literatura como una globalidad que trasciende los géneros.
Sea la poesía del último Yeats o las novedades de TS Eliot en la década de 1920, las grandezas de los clásicos griegos y latinos o sus contemporáneos (y compañeros de colegio) George Orwell o Aldous Huxley, la palabra de Connolly es lúcida e ilumina por esta propia luz.
Sea el caso de dos universitarios acusados de espionaje comunista, una reseña sobre el valor de James Joyce o Dylan Thomas, sus memorias de vivir en apartamentos prestados y en la llaga económica, sus viajes a París para huir de la grisura de los barrios londinenses (a donde siempre quería o debía volver) o sus crónicas de viajes por la arcádica Provenza francesa o por una antigua isla griega, la voz de Connolly se despliega con fuerza, notoriedad y estilo. Leer este libro en el verano austral, tan lejos del clima inglés, es un raro ejercicio de variación de temperatura anímica y es también una fiesta para los ojos y para el espíritu.