Hay un proverbio inglés que dice que un viaje de 1.000 millas siempre empieza con un paso. Según algunos, el aforismo le pertenece al filósofo escocés David Hume, aunque otros digan que proviene de la China, eterna topografía lejana y etérea de las frases ingeniosas. Como le tengo mucha simpatía a Hume, un hombre con una sensibilidad tal que podía emocionarse hasta las lágrimas ante la contemplación de un atardecer, prefiero creer que surgió de su mollera.
Los viajes muy largos (y obviamente también los cortos) implican en su inicio el simple movimiento de una pierna y luego de la otra. El sentido del viaje puede ser simplemente el viaje en sí mismo, la caminata como forma última de realización, como fórmula mínima de salir al mundo a través de uno mismo. Pero hay viajes a pie que tienen la intención de plasmar sensaciones en un libro.
Y ahora algo completamente diferente. La editorial Faber and Faber es una de las más prestigiosas del Reino Unido. Tuvo entre sus prestigiosos editores a nombres del calibre del poeta TS Eliot, entre otros. Publica lo más selecto de ese país y además recupera del olvido obras de gran valor que se consideraban perdidas o fuera de catálogo.
Pero todo se une. Faber and Faber necesitaba su caminante para publicar un libro sobre el acto de recorrer un territorio y dejar una huella de palabra sobre esa experiencia. El caminante es el escritor y periodista inglés William Atkins. El libro que acaba de publicar Faber se llama The moor: lives, landscape, literature (El páramo: vidas, paisaje, literatura).
Se trata de un travelogue, un género tremendamente británico, un viaje narrado desde la península de Corwall en el sur de Inglaterra hasta la región del Cumberland en la frontera con Escocia. A lo largo de ese viaje, Atkins recorre diferentes páramos de la geografía inglesa y su relación con la descripción, la biología, la geología, las costumbres, la historia de cada uno y su utilización en obras literarias.
Desde Arthur Conan Doyle y El sabueso de los Baskerville y Emily Brontë y Cumbres borrascosas hasta poetas mayores como Ted Hughes y WH Auden se ocuparon de llevar los páramos a las páginas para el recuerdo. El libro reúne esta serie de caminatas, entre las cuales Atkins se pega un resbalón y queda con agua negra y estancada hasta la cintura. En el resto de los casos las experiencias son más felices. Cada uno de estos tramos se unen y forman un largo camino continuo e imaginario a través de toda una geografía y una tradición.
Son muchos los ejemplos de caminantes literatos que luego de millones de pasos deciden ponerlos por escrito. Camilo José Cela en la España franquista recorrió varias provincias solo con un atado en la punta de un palo. Dormía donde quería o podía, y dejó un registro bastante minucioso de los personajes que encontró, los paisajes que vio, las circunstancias que se cruzaron en su camino, como un Ulises o un Eneas del siglo XX que hacen un viaje exterior que siempre, como los griegos y los romanos (esos eternos espejos del tiempo), tiene su correlato interior.
Werner Herzog les decía a los jóvenes cineastas que se le acercaban buscando consejo que dejaran las escuelas de cine y que caminaran 1.000 kilómetros. Esa es la mejor escuela, les inculcaba. Para el escritor es lo mismo. Caminar es escribir con los ojos y con la mente. Uno pone los capítulos y los párrafos. La ruta sube por las piernas a todo el cuerpo, pero de manera inevitable, como si existiera una tinta invisible, el terreno que pisamos se impregna de nosotros. En último caso, un escritor que camina a la intemperie es una tautología. El único refugio, como la choza vacía, es la obra.