El Observador | Ricardo Galarza

Por  Ricardo Galarza

Internacionales
8 de abril 2022 - 5:01hs

La retirada de las tropas rusas de algunos pueblos que controlaban en el oblast de Kiev, como Bucha y Borodianka, ha dejado al descubierto unas imágenes atroces que, de confirmarse, podrían constituir crímenes de guerra y uno de los actos más viles de la guerra moderna.

El espeluznante video de Bucha, que mostraba una docena de cadáveres regados por las calles, se viralizó el domingo causando una ola de indignación en buena parte del mundo y desatando la condena de varios jefes de Estado, incluido el Papa.

Cada vez queda más claro que Vladimir Putin no tenía un plan B a su ‘blitzkrieg’ original de avanzar con las columnas de tanques hasta Kiev mientras los ucranianos se rendían a su paso. Desde luego, no contó el ruso –como se ha señalado reiteradamente– con la resistencia de los ucranianos. Pero al parecer tampoco contó con el trabajo de la CIA y el MI6, quienes (tras la desastrosa experiencia que habían tenido con Ashraf Ghani en Afganistán) venían asesorando a Zelenski muy de cerca, manteniéndolo bajo estricto control y moviéndolo todo el tiempo de lugar a fin de preservar a quien se ha convertido en el mayor activo de una guerra propagandística que Putin también ha perdido desde el primer día. 
Los generales rusos, tomando el consejo de Clausewitz (que es muy leído y admirado en el Kremlin), recurrieron entonces a la estrategia de rodear las grandes ciudades en vez de tomarlas, y destruir todas las instalaciones militares.

El problema no es que haya fallado Clausewitz, que era un genio de la estrategia y a quien se debe buena parte de las glorias de Prusia y del posterior Imperio Alemán en el siglo XIX. El problema es que una vez fracasado el intento de invasión relámpago, Putin se quedó sin objetivo viable. Podría haber seguido destruyendo edificios y más edificios que, como advertimos desde los primeros días, nunca iba a ganar la guerra.

Para colmo, al cambiar las condiciones sobre el terreno, no se replegó inmediatamente a la región del Donbás, donde tiene apoyo, para intentar salvar cara, acordar desde allí un cese el fuego y declarar al menos un empate, al tiempo que se salvaban vidas y se evitaba una tragedia humanitaria. No. Decidió seguir adelante, ocupando pueblos y ciudades pequeñas, bombardeando ciudades grandes como Jarkov y Mariupol, donde las tropas rusas han cometido las atrocidades que han horrorizado al mundo.

Recién ahora, un mes y medio tarde, el líder ruso decide retirar sus tropas y concentrarse en el Donbás. El caso es que del otro lado tampoco tiene precisamente a unos pacifistas del ‘flower power’ dispuestos a firmar la paz y terminar con toda esta tragedia. Como quedó claro en las conversaciones de la semana pasada en Turquía, Washington no tiene ningún apuro en que las partes lleguen a un acuerdo de paz. Hoy tienen a Putin donde por mucho tiempo lo han querido tener: en un atolladero; y quisieran que se “desangre” allí el mayor tiempo posible.

Es imperdonable por el costo adicional que esto podría significar en vidas humanas. Pero si tomamos en cuenta la reunión de Turquía, el asesinato dos semanas antes del miembro del equipo negociador de Ucrania y, sobre todo, la entrevista del secretario de Estado, Antony Blinken, el pasado domingo en el programa Meet the Press, queda claro que Washington no va a dejar a Zelenski firmar la paz por largo tiempo, si es que alguna vez lo permite.

Allí, en el icónico programa político de NBC News, casi una institución más de la democracia americana, Chuck Todd se lo preguntó en forma insistente al secretario de Estado: “Nadie quiere ver más guerra... Entonces, ¿podemos terminar con esto [la guerra] concediéndole a Putin algún tipo de victoria en el Donbás?”, le dijo en un momento el periodista. 
Blinken respondió prendiendo el cassette, al afirmar que “de qué forma termina esta guerra, es algo que depende de los ucranianos y de sus representantes electos, incluido el presidente Zelenski”. 

Todd insistió un par de veces más, incluso mencionando el “potencial” cara a cara entre Putin y Zelenski en Turquía, y preguntando si este último realmente tiene algún poder para negociar algo; como, por ejemplo, el levantamiento de las sanciones. Pero una y otra vez, el entrevistador no obtuvo respuesta clara del jefe del Departamento de Estado, mucho menos, un compromiso de que Washington dejaría al presidente ucraniano alcanzar algún tipo de acuerdo que ponga fin a las hostilidades. Después de la entrevista, no se ha vuelto a hablar de un posible encuentro Putin-Zelenski. El ucraniano incluso ha endurecido su posición, ahora acusando a las tropas rusas de “matar civiles solo por placer”. Y hace apenas unas horas, preguntado el canciller de Ucrania, Dmytro Kuleba, sobre qué versarían las reuniones con sus pares de la OTAN, dijo que la agenda con sus aliados consta de solo tres puntos: “Armas, armas y más armas”.

Todo indica que por aquellas latitudes, como decía mi abuelo, no hay un manso pa’ acollarar un arisco.

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