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El inexplicable fútbol uruguayo

Los partidos por el campeonato uruguayo, tal como el reciente clásico lo demostró, son lamentables desde el punto de vista técnico, pero a nivel de selección las cosas son diferentes

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23 de noviembre de 2019 a las 05:01

El domingo pasado invité a un exestudiante, a quien las cosas le van muy bien (la educación es todo y la buena preparación intelectual puede cambiar vidas), a ver en mi casa el clásico entre Peñarol y Nacional. Él y su novia son hinchas de los Tigres de Monterrey, club donde fueron estrellas varios uruguayos, el último de ellos, Dante Robert Siboldi, hoy entrenador del Cruz Azul. A los 15 minutos de comenzado el partido, me dio vergüenza lo que estábamos viendo. Pelotazos, lentitud, fútbol de choque igual al que se juega en las canchitas llenas de pozos, y un desacierto en los pases no inferior al 70 por ciento. Si eso era fútbol, lo que se juega en Europa debe llamarse de otra manera.

Estaba visto que si alguno de los equipos lograba convertir un gol sería consecuencia de un error o de un milagro, uno totalmente inesperado, porque en fútbol los milagros ocurren cada vez menos. Podrían haber jugados varios días, y el partido hubiera continuado empatado sin goles. Para quienes estamos acostumbrados a ver por televisión las ligas europeas en forma religiosa cada sábado y domingo, especialmente la Premier, el clásico del domingo fue un sucedáneo de algo que parece fútbol pero que no lo es, por más que haya quienes han de discrepar por completo con mi comentario, porque la autocrítica es otra de las cosas que se han perdido en nuestro país.

Mi ex estudiante, educado y de buenos modales, miraba la pantalla sin decir nada, aunque estoy seguro de que estaba sorprendido por lo que se veía en la cancha, mejor dicho, por lo que no se veía: todo lo que debe tener un buen partido de fútbol de primera división. Casi al final del primer tiempo, lo único que se me ocurrió decir para romper el hielo fue algo así: “como ves, un futbolista con un poco de talento, que juega en Uruguay, donde se practica un fútbol rústico, de marca, pelotazo y trancazo, de fuerza más que de otra cosa, puede triunfar una vez que se va al exterior, donde la marca no es tan omnipresente y se premia más el lucimiento técnico que el no dejar jugar. Brian Lozano, que brilla en tu país, es un buen ejemplo al respecto”.

Su respuesta, entre diplomática y salomónica, fue una especie de haiku racional: “sí, este futbol que estamos viendo es raro” (escribo futbol sin acento, pues los mexicanos pronuncian futból). Al despedirnos, luego del indefendible bodrio entre aurinegros y tricolores que habíamos presenciado, le pregunté si pensaba ver por internet el partido de Uruguay y Argentina. Me dijo que quizás. Lo despedí con un último comentario: “ahí vas a ver otro tipo de fútbol uruguayo”.

Lo de Uruguay en cuanto a fútbol es el colmo de lo inexplicable; es lo inexplicable per se. Tiene una de las ligas más aburridas del mundo en cuanto a espectáculo y entretenimiento, sin embargo, para sorpresa universal, sigue produciendo jugadores de primer nivel, tal como los nuevos rostros del seleccionado lo confirman. No sé cuándo fue la última vez que una oncena celeste tenía tantas estrellas con celebridad ganada en la cancha. Ya no son solo Suárez y Cavani. Al elenco lujoso se han agregado por derecho de conquista, Valverde, Bentancur, Vecino y Torreira, titulares nada menos que en el Real Madrid, la Juventus, el Inter de Milán, y el Arsenal londinense, respectivamente.

Y antes de los dos últimos párrafos, traigo a colación esta historia que viene al caso. Una mañana de sábado, bien temprano, en junio de 2015, fui a Las Acacias a ver un partido de juveniles entre Peñarol y Danubio. No me acuerdo bien cuál fue el resultado, pero recuerdo con nitidez haber visto a Valverde y Rossi hacer jugadas que pocos futbolistas de esa edad son capaces de realizar sin mostrar deficiencias. Después del partido, mi hijo se sacó una foto con la hoy estrella del Real Madrid. El primero de los mencionados, con menos volumen corporal que en la actualidad, metió varios pases fenomenales, de los que llaman al asombro y a la pregunta, “¿cómo pudo hacerlo?”. El segundo hizo más de una gambeta a velocidad, dejando a la defensa por el camino, mostrando que su estatura no estaba relacionada con la calidad inusual de su juego.

Lo sorprendente fue que ambos futbolistas lograron exhibir su talento en una cancha cuyo estado no era para nada óptimo, y más bien dificultaba el traslado de la pelota, los pases, los dribblings, en fin, todo. En partidos de juveniles de ligas europeas, tal como pude constatarlo en Inglaterra y Holanda, los futbolistas juegan sobre canchas que parecen billares. Las uruguayas, en cambio, tienen pozos no propios de un campo de golf, sino de un territorio donde han caído bombas. Al buen césped, en caso de que lo haya, hay que buscarlo con lupa. ¿Cómo con estas condiciones que parecen incambiables, dadas las carencias económicas que prevalecen, pueden los futbolistas mejorar sus condiciones técnicas? Es como realizar una cirugía con un bisturí desafilado.

A la vista de lo que vemos, la realidad permite por consiguiente conjeturar dos cosas casi irrefutables: a) jugar en clubes de primer nivel mundial transforma para mejor a futbolistas uruguayos que han nacido con talento innato, y cuyo privilegiado ADN no pudo dar el salto cualitativo en su país natal; b) Uruguay carece de técnicos extraordinarios, capaces de lograr mediante conocimiento y rigor pedagógico que futbolistas con talento logren alcanzar en un determinado periodo temporal su mejor nivel de juego.

Esa tremenda asimetría, por el momento imposible de eliminar, es una de las causantes de que ningún club uruguayo haya podido ganar una Copa Libertadores de América desde 1988, y que los campeonatos locales sean todo lo contrario a un espectáculo agradable, estéticamente disfrutable.

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