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El largo camino a casa de don Carmelo, dinamitero de fuste

Carmelo Cabrera, un radical que amaba los explosivos y se rebeló contra todos los gobiernos entre 1875 y 1910 (III)

Elena Greenhill, la pistolera inglesa que encomendó sus hijos a Carmelo Cabrera

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17 de junio de 2020 a las 05:02

El tránsito del agrimensor Carmelo Cabrera desde las revueltas armadas a las batallas electorales no fue breve ni lineal.

El 3 de enero de 1909, más de cuatro años después de la batalla de Masoller, Carmelo Cabrera todavía se batió a duelo a con Aureliano Rodríguez Larreta, presidente del Directorio del Partido Nacional, a quien acusaba de conciliador cuando las revoluciones de 1897 y 1904. 

A la vez, algunos viejos líderes blancos culpaban a Cabrera por el inicio de la guerra civil de 1904 debido a su papel en los incidentes fronterizos en Rivera, que sirvieron de excusa al presidente José Batlle y Ordóñez.

El lance con sable, realizado en la en la Sala de Armas del Club Nacional, en la calle 25 de Mayo de Montevideo, terminó en el primer asalto cuando Cabrera hirió seriamente en un brazo a Rodríguez Larreta.

Mientras el presidente del Directorio blanco marchó a un hospital, Cabrera se pavoneó unos días por el Centro de Montevideo y luego regresó a Argentina, según se narra en un libro de reciente edición: Carmelo Cabrera – El pasional ladero de Aparicio Saravia y Herrera (Linardi y Risso, $ 450), de Alberto Piñeyro, una de las fuentes principales de esta serie.

Un diario de Buenos Aires, comentando el duelo, describió a Cabrera como “un caballero de aspecto reposado, de mirada tranquila a través de sus lentes ahumados y de una dulzura en la conversación que sorprende por el rasgo culto y conservador. Conviene observar que esta parece ser la característica de todos los agitadores y dinamiteros de fuste”.

1910: último levantamiento contra Batlle

Cabrera entonces tenía un cargo importante en la empresa Ferrocarriles de la Provincia de Buenos Aires, donde llegó a ser inspector general.

Carmelo Cabrera, conspirador inveterado que tenía el grado de coronel en el escalafón revolucionario del Partido Nacional, fue designado jefe de Estado Mayor de la intentona de 1910 destinada a impedir una segunda Presidencia de José Batlle y Ordóñez. 

Una imprudencia cometida en Concepción del Uruguay, Entre Ríos, por el propio Cabrera, que el 22 de enero atacó un barco argentino y provocó muchos muertos y heridos, determinó que parte de la tropa rebelde de los blancos que invadiría por Paysandú se dispersara; y que el presidente de ese país, José Figueroa Alcorta —advertido por su par uruguayo Claudio Williman—, vedara todo apoyo a los revolucionarios. 

Cabrera se instaló en Santiago del Estero, Argentina, y luego, entre 1912 y 1914, en el delta del río Paraná, para ejecutar un vasto sistema de canales y riego. Por esos años también creó granjas y fábricas en Uruguay y Paraguay, tuvo una explotación forestal en el Chaco e impulsó la idea de un ferrocarril que uniera a Bolivia con el territorio platense. 

Tutor de los hijos de una bandolera

En febrero de 1915 recibió una encomienda extraordinaria. Elena Greenhill, una inglesa criada en Chile, y ya conocida por sus actividades de cuatrerismo y saqueos en el sur de Argentina —en Neuquén, Río Negro y Chubut—, que llevaba revólver a la cintura y carabina Winchester en la montura de su caballo, le encomendó por carta el cuidado y educación de sus hijos de 14 y 16 años.

La “inglesa bandolera” murió pocos días después, acribillada por policías, al modo de Martín Aquino dos años después; y Carmelo Cabrera se ocupó de educar a sus hijos en colegios porteños.

Al fin Juan Campisteguy, del Partido Colorado ganó esas elecciones nacionales por 1.526 votos contra el blanco Luis Alberto de Herrera, viejo compañero de Carmelo Cabrera en las revoluciones de 1897 y 1904. El Partido Blanco Radical obtuvo 3.894 sufragios fuera del lema, una cumplida venganza por la expulsión de 1924.

Senador, y derrotas como empresario

Carmelo Cabrera regresó a Uruguay en 1928, con 68 años de edad, después de insistentes pedidos de Herrera, para ejercer la Vicepresidencia del Directorio del Partido Nacional. En los comicios de ese año fue electo senador por Paysandú.

En las elecciones nacionales de 1930, que ganaría por poco el colorado Gabriel Terra, Cabrera integró una lista con Herrera y el médico cirujano Manuel Albo, entre otros.

Carmelo Cabrera

“El estatismo es, en mi concepto, una absurda doctrina social, que convierte al Estado en patrón único y todopoderoso, dispensador de puestos y dominador de voluntades”, sostuvo Cabrera en un acto de la campaña electoral, en una nueva confirmación de su apego al liberalismo económico, entonces en cuestión tras el crack de Wall Street de octubre de 1929. “Quien todo lo espera del Estado y no sabe valerse de sí mismo, es un simple autómata y juguete de mandones, que suele ir sumiso a las urnas a depositar la boleta cívica que se le ordena, con la misma conciencia ciudadana con que lo hacen los soldados de línea, atentos por hábito a la voz de mando”.

Defendió con ardor a las gentes de la campaña, escasas de escuelas, caminos y puentes; y propuso cosas como un “ferrocarril intercontinental”, una interconexión desde Bolivia y Paraguay, pasando por Bella Unión, hasta un nuevo puerto de aguas profundas que se haría en La Coronilla, Rocha.

Compró una fábrica de aceites vegetales en Nueva Palmira, antecesora de la Compañía Oleaginosa Uruguaya SA (Cousa), nombre que tomó cuando fue adquirida por el grupo rioplatense Bunge & Born. Luego, en 1936, compró 122 hectáreas en Calera de las Huérfanas, cerca de Carmelo, donde explotó viñedos y frutales, y que, después de 13 años de trabajos, pasó a integrar la bodega Zubizarreta. Luego, en la década de 1940, ya anciano, se asoció con otras personas para explotar en Paysandú la Industrial Cítrica Uruguaya SA (LIicusa), que pretendía también producir whisky, pero fue impedida por la creciente Ancap.

En 1946 escribió a un amigo, a propósito de su granja de Calera de las Huérfanas: “Derrotado en el empeñoso afán por desmentir esa formidable mentira, con los hechos, de que somos un pueblo laborioso, inteligente y honrado; he determinado al fin poner lo que me queda en venta: estoy realmente derrotado”.

El golpe de Terra en 1933

Carmelo Cabrera fue reelecto como senador por Paysandú en los comicios de noviembre de 1931, con el país ya enterrado en la Gran Depresión internacional; y en 1932 fue designado vicepresidente de la cámara alta.

Enemigo acérrimo del batllismo, lo acusaba de todos los males del creciente estatismo, y de “fomentar el despilfarro y la corrupción administrativa”.

Mientras tanto en Argentina, un espejo siempre influyente, el 6 de setiembre de 1930 el general José F. Uriburu dio un golpe de Estado y derrocó al radical Hipólito Yrigoyen.

En enero de 1933, el caudillo blanco Luis Alberto de Herrera se reunió con el presidente Gabriel Terra y le propuso un golpe de Estado para acabar con el Poder Ejecutivo “bicéfalo” impuesto por la Constitución de 1918, que parecía inoperante ante la crisis. “El cambio radical se impone, hay que hacerlo”, le dijo el caudillo blanco. “O lo haces tú, o lo hacemos nosotros”.

El golpe de Terra llegó el 31 de marzo. Cabrera fue designado miembro de la asamblea de 1933, que redactaría una nueva Constitución, pero luego renunció. El 19 de abril de 1934 se aprobó, mediante plebiscito, la nueva carta magna y se eligieron senadores y diputados. Cabrera renovó su banca de senador para el período 1934-1938.

Herrera se abstuvo de ser candidato a la Presidencia en las elecciones nacionales de 1938, y, a cambio, el sector presentó la fórmula Juan J. de Arteaga-Carmelo Cabrera. Triunfó con holgura el colorado Alfredo Baldomir, cuñado de Terra y exministro de Defensa. Cabrera fue reelecto al Senado, para el período 1938-1942.

Alejado de la política activa y distanciado del Dr. Luis A. de Herrera, quien lo vetó como ministro de Terra y Baldomir, Cabrera se vinculó al final de sus días al Movimiento Popular Nacionalista, que Daniel Fernández Crespo fundó en 1953.

Incompatibilidad de caracteres

Cabrera se había casado en 1908 con Bruna Primitiva Isasa Sansinena, hija de un prominente masón de la ciudad de Melo, y dueño allí del hotel Español. Distanciado de su pareja, de la que vivió separado, en 1947 —siendo un anciano de 87 años— presentó una demanda de divorcio por “incompatibilidad de caracteres”, “abandono del hogar” y porque la señora, más joven, era “irreparablemente estéril”. 

La causa fue archivada en 1948, aunque Cabrera insistió luego con una separación de bienes. (Las mujeres recién administraron sus bienes en Uruguay bajo matrimonio a partir de 1946, y adquirieron la mitad de los bienes ganados en este período: “gananciales”).

Carmelo Cabrera falleció el 10 de octubre de 1955, a la edad de 94 años, en su casa de en la calle Juan Paullier 1654, Montevideo. Sus cenizas están en el Cementerio del Buceo.

Su personalidad emprendedora y levantisca tiene ribetes legendarios, y un lugar prominente en el panteón de mitos del Partido Nacional. 

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