Opinión > OPINIÓN - D. GASPARRÉ

El oxímoron de la democracia socialista

La pérdida de encanto que se advierte en la política, tal vez se deba a la falta de un líder con nuevas ideas

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13 de febrero de 2018 a las 05:00

La movilización del campo es el primer grito serio de protesta frente a la expoliación que sufren la producción, la inversión y la creatividad privadas y seguramente es una bisagra al silencio y la resignación con que estos sectores suelen aceptar los ataques de redistribución de riqueza, llamados confiscación en otros diccionarios.

Sin embargo, si se analizan sus petitorios, se advierte que los movilizados han caído en el juego de los repartidores de bienestar.

Lo que se le pide a las autoridades es una ayuda, que se les reparta algo, que se compense de algún modo lo que se les ha quitado por vía de la permanente presión impositiva, de la suicida indexación salarial por inflación, de los costos y rigideces laborales, de las tarifas-impuesto de los servicios, energía y combustible, fruto de la generosidad con que antes se despilfarró la bonanza temporaria y de la irresponsabilidad con que ahora se sigue en la misma línea, convalidando esa repartija graciosa de una ganancia efímera como una conquista irrenunciable.

En definitiva, el campo le ruega a sus verdugos -el gobierno y sus socios, las gremiales - alguna exoneración, una participación en el reparto de dádivas, una devaluación imposible, un parche temporario, un paliativo.

Pese a que ese pedido lo moleste, el gobierno estará cómodo y satisfecho con el planteo. Porque con él los productores están aceptando el sistema socialista en toda su significancia: el Estado como árbitro de su futuro, su bienestar, su patrimonio y sus vidas. El retorno al estado-rey, dueño del destino de sus súbditos, esta vez bajo el formato de una democracia, suponiendo que el socialismo fuera compatible con la democracia.

Si hiciera falta alguna prueba, basta con ver la inmediata reacción del estado: medidas de escasa importancia y sólo para beneficiar a los campesinos "pobres", no a los "terratenientes ricos". Y además la amenaza barata y ominosa de atacar los precios que se perciben por el arriendo de campos. O sea, todo lo opuesto a lo que coadyuvaría a una sana y eficaz explotación agropecuaria, a una mayor exportación y a crear un horizonte de previsibilidad que garantizase las inversiones vitales para el crecimiento, no sólo en este rubro, sino en todos.

El mismo Estado que profesa la exacción constante, luego condesciende a compensar a algún sector con exoneraciones, devoluciones, rebajas ad hoc, todas resueltas en trámite urgente en el Parlamento, en decisiones estilo UPM; improvisando, bordeando la legalidad constitucional lesionada por la diferencia de tratamiento y con riesgos de favoritismo.

En este caso puntual, también resulta evidente el intento de dividir la protesta, al favorecer con algunas dádivas a los sectores más pequeños. Valdría la pena recordar que otra enemiga del agro, Cristina Kirchner, intentó hacer lo mismo en oportunidad del reclamo por la resolución 125, con resultado políticamente trágico para ella, felizmente.

Como lo describiera magistralmente Friedrich Hayek en su definitivo "Camino de servidumbre", el Estado socialista supone no sólo que va a establecer mucho mejor que el mercado los precios, cantidades, prioridades de inversión, ahorro, oferta, demanda, abastecimiento, volúmenes de producción, salarios, asignación de recursos, toma de riesgos.

También cree que puede dirigir los destinos de cada uno de sus ciudadanos-vasallos, vivirles la vida, decidir quién es rico y quién es pobre, a quién le quitará y a quién le dará, quién será feliz y quién no. Como ahora con el agro.

Además del agotador trabajo que implica tamaña misión, debe ser emocionante sentir tanta omnipotencia. No se trata de una mera cuestión filosófica, económica o ideológica. Ni siquiera de progresismo o populismo. Roza la psicopatía.

En el caso de Uruguay, si se observa, pese al alegato de que su sistema es una poliarquía –definición pendiente– la trilogía del Ejecutivo, el Parlamento y el Pit-Cnt opera con la misma unanimidad que cualquier sistema monárquico antiguo o cualquiera de los sistemas arcaicos de planificación central. Por eso el reclamo del agro por algún alivio o ayuda debe haber complacido a la tríada gobernante, que recibe con alegría semejante muestra de sumisión.

Antes de que alguien sostenga que el socialismo moderno es otra cosa, cabe explicar que el socialismo es el mismo de siempre. Lo que ha cambiado es el uso de las palabras. (Hayek, ibíd) Argentina no se declara socialista como Uruguay, sin embargo, comete las mismas o peores torpezas, de las que parece condenada a no poder salir. Los dos grandes estatismos modernos, el socialismo y el fascismo, con cualquiera de todos sus apodos, llegan siempre al mismo lugar, como también afirmó Hayek. Ayn Rand agregó que comunismo, socialismo y fascismo son la misma cosa.

Mientras reine la trilogía de poder oriental, siempre se podrá encontrar alguna excusa para poner un nuevo impuesto, aumentar alguna tarifa o una nueva carga para algún sector y así perpetuar la ilusión de la distribución de felicidad. Siempre habrá una restricción externa a mano a la que acusar - si los países se debilitan lo suficiente con sus políticas tarde o temprano encuentran alguna. Como en un cuerpo humano sin defensas, el miedo a la competencia y a la apertura hacen que hasta el aire se vea como un peligro.
Este análisis puede hacer suponer que si el Frente Amplio no estuviera en el poder la situación sería diferente. La experiencia argentina reciente muestra que su sociedad, por la razón que fuera, no está predispuesta a aceptar cambios que impliquen seriedad fiscal ni apertura económica.

Lo mismo ocurre con sus sindicatos, no desde la ideología, pero sí desde la corrupción, con igual efecto. ¿Ocurriría lo mismo en Uruguay? O para ser más directos: ¿El problema es el Frente Amplio o el problema está en los criterios socialistas, progresistas y populistas uruguayos, más allá del partido que gobierne?

Justamente la creencia de que "nosotros haremos lo mismo, pero bien", es la que lleva a la persistencia en el camino equivocado. Esto es lo que pasa en Argentina, y lo que puede pasar en Uruguay. Se ha desperdiciado la bonanza de una década en el precio de las commodities. También se desperdició la oportunidad del crédito barato, gastado en repartir con endeudamiento lo que no hay, en vez de usarlo para financiar cambios de fondo.

Lo que lleva a la cuestión principal. La existencia de una masa acaso mayoritaria que ya ha incorporado la dádiva estatal, el subsidio, el proteccionismo y el populismo a su forma de vida, y que cree que el resto de la sociedad tiene la obligación de mantenerla. Esa masa mayoritaria decide los gobiernos y sus planes y propuestas.

En esa línea, la democracia termina confiscando los frutos de la creatividad, el talento, el esfuerzo y el trabajo de otros sectores, con el inmenso poder de la fuerza de la ley en sus manos. Como antaño lo hicieran los reyes. Por eso se crearon los parlamentos. Para limitar el poder absoluto del rey sobre bienes y personas.

¿Qué pasa si la democracia se comporta como los antiguos reyes y se apodera de los bienes y los destinos de las minorías productivas, inversoras y trabajadoras? Sin entrar aún en lo político, en lo económico la respuesta ya se ha visto varias veces, desde La URSS a Maduro, desde Mussolini a Castro. Eso es lo que está queriendo decir el agro.

Una mirada superficial puede hacer creer que los hombres de campo son esclavos de su amor por la tierra y presos de la naturaleza de su actividad y eso permite ordeñarlos - valga el término - un poco más, sin que se llegue a una situación crítica. Sería un gravísimo error. Basta mirar otra vez hacia Argentina, madre de todos los desatinos.

La pérdida de encanto que se advierte en la política, tal vez se deba a la falta de un líder con nuevas ideas, capaz de hacer mejores propuestas a la ciudadanía que el viejo socialismo nostálgico o el nuevo socialismo populista.
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