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Pablo Regent, del IEEM, subraya que la actitud positiva, que no optimista, nunca ha de entorpecer el calibrar en su justo término las dificultades o simplemente las restricciones con las que tengo que contar.

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El realismo al poder

La delgada línea entre tener una actitud positiva y ser optimista se pone en perspectiva cuando entra a la cancha el realismo. Escribe Pablo Regent, del IEEm 

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26 de diciembre de 2021 a las 05:02

Por Pablo Regent
Profesor del IEEM

 

El optimismo está sobrevalorado. Esta es mi conclusión luego de tener muchos años de largo galope por el mundo empresarial y organizacional en

general. Lo de ver el vaso medio lleno como una virtud puede serlo para la vida familiar, social o hasta para la actitud en el diario vivir.

Pero cuando se trata de hacer que las cosas pasen liderando a otros en pos de la consecución de objetivos arduos, el optimista se me antoja un peligro público.

¿Cuál ha de ser la actitud ante los problemas, los desafíos, las frustraciones?

En principio me animo a decir que una actitud positiva ante las dificultades siempre es mejor que una negativa.

Sin embargo, tal actitud positiva, que no optimista, nunca ha de entorpecer el calibrar en su justo término las dificultades o simplemente las restricciones con las que tengo que contar.

Realistas, un paso al frente

La materia prima para descubrir problemas no evidentes se encuentra en el análisis de la realidad circundante.

Esa realidad se configura por hechos, algunos concatenados y otros dispersos.

Es aquí cuando aparece una característica del directivo que vale mucho. Se trata del realismo, la capacidad de estar muy en contacto con la realidad que lo rodea, que le ofrece información, datos, sensaciones y opiniones.

Todos estos inputs desordenados, que llegan y se van, una y otra vez durante el trabajo y el descanso, se convierten en hechos relevantes para diferentes cuestiones que al decisor le importan. Una persona realista no ve la realidad como le gustaría que fuera. La ve como es, lo que lo lleva a considerar qué es lo que se puede hacer para convertirla en aquello que le gustaría que fuera.

Es duro ser realista. En ocasiones es señalado como una persona pesimista.

Nada tiene que ver con el pesimismo. El realista trata de llamar a las cosas por su nombre, pues el nombre de las cosas ayuda mucho  a poder construir razonamientos abstractos verdaderos.

A veces este realismo lleva a decir en voz alta: “Dado que el plan de ventas fracasó …”, a lo que alguien acotará: “Fracasar no, no funcionó de la mejor forma posible o de la forma que nos hubiera gustado, pero ha sido un gran avance, pues…”.

 En realidad, la palabra que se usa para esto en el idioma castellano es fracaso. Y dado que el idioma no es más que un sistema codificado y consensuado para comunicarnos en forma no ambigua, hay que tratar de usar las palabras para lo que fueron inventadas, aunque eso lleve a pensar que uno es un pesimista.

La persona realista también puede ser vista como una persona de miras cortas. Están aquellos que creen que todo es posible si se pone el esfuerzo y la constancia suficiente. Suelen ser los magos de la retórica aprendida en algún curso de liderazgo barato, son los que les gusta el marketinero eslogan de la firma de ropa deportiva que dice “Imposible is nothing”. Quien lo creó no se imaginó la falsedad que estaba afirmando y menos aún la cantidad de idiotas que la repetirían.

El realista tiene la capacidad de identificar lo que es posible y lo que no. O lo que es posible a un costo razonable y lo que es posible al precio de daños colaterales injustificables.

El realismo al poder

La delgada línea entre tener una actitud positiva y ser optimista se pone en perspectiva cuando entra a la cancha el realismo. No tiene sentido que una persona acometa una tarea titánica si para lograr ese cometido ha de pagar costos altísimos, como puede ser el ejemplo de una carrera ejecutiva extremadamente demandante incompatible con una vida familiar sensata, y que quizá logra batir el eslogan de marras, pero a un costo injustificable. Así como una máquina no puede estar continuamente expuesta a un esfuerzo por encima de su velocidad de crucero, tampoco las personas pueden ser expuestas a rigores por encima de lo soportable en forma sostenida.

Por todo esto, lo primero que se necesita en el directivo es saber distinguir lo factible de lo conveniente.

Soñadores abstenerse

Es bueno tener sueños. Mejor es ser capaz de convertirlos en planes realizables. Están aquellos que viven soñando, cosas buenas, incluso utópicas en algunos casos. Ya el Mayo Francés entronizó aquello de “la imaginación al poder”. Soñemos todo lo que queramos, pero cuando asumamos una posición de responsabilidad, dediquemos nuestro esfuerzo a ser capaces de soñar aquello que pueda convertirse en realidades más justas y eficaces para muchos sin causar problemas mayores en el camino.

De soñadores y buenas intenciones dicen que está tapizado el camino al infierno

 

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