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El rol de la mujer en el medio rural derriba mitos y cobra protagonismo

Varias trabajan a la par del hombre y ahora están obteniendo su reconocimiento

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12 de octubre de 2019 a las 13:18

Generalmente se asocia al trabajo rural con tareas pesadas y, por ende, masculinas. Sin embargo, el trabajo agropecuario es llevado a la par por hombres y mujeres, aunque, en este caso, muchas veces puede resultar poco visible. Ese reconocimiento es por lo que luchan hace 25 años: por revertir las pautas culturales que limitan su acceso al empleo rural y apoyar al empoderamiento y ejercicio de los derechos laborales.

En las explotaciones agropecuarias, históricamente, las mujeres han tenido menos espacio para desarrollar su actividad laboral, siendo menos de 3 de cada 10 trabajadores permanentes, según el informe Mujeres rurales: Trabajo y acceso a recursos productivos de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto de 2016.

Sin embargo, en los últimos años las relaciones de género se están transformando y hoy es más visible la participación de las mujeres en la toma de decisiones. 

Esta es la historia de Shirley Castro (53 años), una productora familiar de Salto que, junto a un grupo de mujeres rurales, ha logrado ocupar su lugar. 

Hace 24 años empezó, juntó a su marido, un pequeño proyecto en lechería. “Me quería morir cuando vi lo que era un tambo. Ordeñar las vacas era un sufrimiento. Lloraba del dolor que tenía en los brazos”, recordó. Se levantaban a las tres de la mañana para ordeñar y debía llevar a su bebe. “Lo dejábamos en el moisés en el galpón. Éramos nosotros dos y las 30 vacas”, narró. 

 

Shirley Jacquelin Castro, de 53 años, productora y emprendedora rural de Salto.

 

El primer día ordeñaron un tarro de 50 litros. Recuerda la vergüenza que le provocaba llevar el balde al portón para que lo levantara el camión. “Nuestros vecinos mandaban 300 litros y nosotros teníamos poco más de 45 litros de leche. ¿Quién llevaba el tarro? Era una vergüenza terrible”, contó.

Siempre trabajaron a la par: en el ordeñe, criando chanchos, gallinas y pavos.  

“Vivimos en y del campo. Disfrutamos de lo que hacemos, aunque sea mucho más sacrificado”, dijo.

Poco a poco la familia comenzó a crecer. Los primeros ahorros fueron para poner luz y comprar una máquina de ordeñe. Tiempo después llegó la camioneta. Eso fue “todo un logro”, porque dejaron de caminar los 12 kilómetros que hay hasta la ruta.  

Hubo momentos duros y fueron varios: se les prendió fuego la casa, se les murieron las mejores lecheras intoxicadas con la comida o se les secó el pozo de agua en un verano. “Pero la fuimos luchando y luchando siempre a base de trabajo y sacrificio”, señaló. 

La familia hoy ordeña 120 vacas. Trabajan su marido, su hijo y ella, quien también integra un grupo de mujeres rurales. 

Un colectivo para afianzarse

El colectivo Mujeres Rurales de Colonia Antonio Rubio se formó cuando todas sus participantes tenían luz, un vehículo y una máquina de ordeñe. Aunque se reúnen una vez por mes, porque viven a 15 o 20 kms de distancia, sus proyectos están más firmes que nunca. 

En 2015, en Young, surgió el primer llamado Somos mujeres rurales, un fondo concursable para iniciativas de mujeres para el desarrollo rural sustentable.

Su grupo fue el ganador con un proyecto de compra de vaquillonas. El dinero les alcanzó solo para cinco animales, pero consiguieron dos años de pastoreo gratis, porque “había que hacer rendir” los $ 75 mil recibidos. 

 

Mujeres Rurales de Colonia Antonio Rubio junto a sus vaquillonas.

 

“El proyecto nos ayudó a crecer. Empezamos a sentirnos muy empoderadas, porque teníamos nuestras vaquillonas. Hoy estamos en igualdad de condiciones. Tenemos los mismos derechos y las mismas obligaciones”, resaltó. 

Desde su punto de vista, la sociedad piensa que las mujeres rurales “son toscas y brutas; mujeres sumisas, que van detrás del hombre y quietitas”, afirmó.

“Se olvidan que también nos podemos arreglar el pelo y hacernos las manos. Lo diferente es nuestro trabajo. Vivimos en y del campo. Disfrutamos de lo que hacemos, aunque sea mucho más sacrificado”, aseguró. 

 

 

Castro confesó que antes era más sumisa y que pensaba que todas las decisiones las tenía que tomar su esposo. “Cuando venía un comprador de cuero o un vendedor te preguntaba primero por tu esposo. ¿El patrón?, te decía. Y vos te sentías horrible”, contó.

Hoy eso cambió y las decisiones se toman entre tres. “Vieron que tengo vaquillonas y me ven diferente. Ya no tenemos dos o tres animales, tenemos una tropa. Hemos logrado un montón y para nosotras es un mimo. Es lindo saber que nos valoran”, explicó.  

Otra concepción errónea que hay sobre ellas es que se las suele asociar con “mujeres que hacen tortas, dulces o mermeladas”. 

Este grupo cría vaquillonas:  eligen los animales, el semen para inseminar, negocian los precios, vacunan y bañan. Las mujeres rurales han aprendido a negociar dentro y fuera de su casa. Y es por eso que ya no son las mujeres “toscas y brutas” del pasado. 

La cifra
43,8% de la población rural eran mujeres en 2011,  según el informe Mujeres rurales: Trabajo y acceso a recursos productivos, de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto de 2016.
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