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25 de junio 2022 - 5:01hs

La victoria en segunda vuelta presidencial en Colombia del exguerrillero Gustavo Petro tiene dos significados políticos importantes: el primero, la llegada de la izquierda al poder por primera vez en la historia del país; el segundo, el fortalecimiento del viraje de la región hacia gobiernos de este signo político, combinado con dosis de populismo.

Petro, un filoso exsenador y exalcalde de Bogotá, se impuso 50,4% a 47,3% a un candidato de derecha desembozadamente populista, Rodolfo Hernández, de 77 años de edad.

Una diferencia de 3,1 puntos porcentuales nos habla de una fuerte polarización política, muy retador para un político de las características de Petro, que en su pasaje por la Alcaldía se mostró inhábil para la negociación política.

El postulante izquierdista, de 62 años de edad, que ganó gracias al aumento de la participación electoral, el contundente respaldo de la costa –de las regiones del Pacífico y del Caribe– y de las grandes ciudades, recogió un masivo apoyo de los jóvenes y del electorado sensible a la nueva agenda medioambiental, de igualdad de género y de las minorías sexuales.

Hernández, por su parte, que ganó en regiones del interior, tuvo una fuerte votación entre los electores de más edad, quienes vivieron en el ambiente violento de las décadas de 1980 y 1990 o sufrieron en carne propia el terrorismo de la época por parte de los grupos guerrilleros, como el disuelto M-19 que integró el presidente electo. 

La única semejanza entre ambos fue el rechazo al establishment, lo que nos muestra la repulsa a la política tradicional, históricamente en manos de los partidos Liberal o Conservador o en gobernantes originarios de estas divisas. 

En su primer discurso como presidente electo, Petro hizo un llamado a un gran acuerdo político, con lo que pareció estar comprendiendo la importancia del entendimiento con partidos adversarios.

Alianza Verde y el Partido Liberal anunciaron su disposición a acompañar la agenda del presidente electo, e incluso sumarse a un eventual gobierno de coalición, algo que facilita la gobernabilidad de un país divido en dos y un Congreso fragmentado. 

Hasta el expresidente Álvaro Uribe Vélez, protagonista fundamental de las últimas dos décadas, tendió la mano a Petro, con quien ha estado fuertemente enfrentado, para explorar la posibilidad de un entendimiento. 

Igualmente, Petro, que asumirá el próximo 7 de agosto junto con su vicepresidenta Francia Márquez, la primera mujer afro en tal cargo, todavía tiene que dar más certezas en relación con el acatamiento al estado de derecho y el respeto a la actividad privada.

Promesas para acabar con la desigualdad siguen generando temor sobre la intervención del Estado en la economía y el golpe a la generación de la riqueza que puede suponer una reforma tributaria de viejo cuño distributivo. 

El presidente electo debería tomar nota de un mensaje de las urnas: la necesidad de un entendimiento político que modere las propuestas más radicales de su programa, impregnado de ideología y falta de pragmatismo. 

La victoria de Petro se inscribe en un ambiente regional de izquierda. México, Argentina, Perú, Chile, Colombia, y es probable que próximamente Brasil, conforman la nueva tendencia ideológica de la región, con preocupantes tics populistas.

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