Encontré de casualidad en una escondida librería de la Ciudad Vieja un libro escrito por Ruben Cotelo titulado Carlos Real de Azúa, de cerca y de lejos, integrado por una serie de bocetos biográficos sobre el gran pensador uruguayo, escrito en 1987, a diez años de la muerte del intelectual, ensayista e historiador.
Cotelo reflexiona sobre diferentes rasgos de la vida y la obra de Real. Como en un embudo, centra la atención sobre su primer libro, publicado en 1943, llamado España de cerca y de lejos.
La reiteración en el título de la cercanía y la lejanía como elementos de intimidad y de distancia, de interioridad y a la vez de extrañeza, son cara y contracara de un acercamiento y de una independencia de criterios que hace a la cuestión en juego y al objeto de estudio.
Real de Azúa, es todavía hoy la mosca blanca de la intelectualidad uruguaya y uno de sus nombres más importantes. De origen católico y con una fuerte raigambre en la tradición filosófica y literaria de esa religión, Real tuvo en los años 20 y 30 una inclinación casi natural hacia España y lo hispano, donde por entonces la visión política de ese campo estaba ocupada por el falangismo y por la figura de José Antonio Primo de Rivera.
En un país como Uruguay, que recibía a exiliados políticos republicanos y cuyo movimiento intelectual había cerrado filas contra Franco, el joven Real de Azúa estaba de verdad en las márgenes.
Según Cotelo, se mantendría allí toda su vida. Real adoraba lo español en un país como Uruguay, cuyo sentimiento militante en la cultura despreciaba España como signo de un oscurantismo dogmático y retrógrado, que se anudaba con lo pasado y lo vetusto, con lo reaccionario.
En 1942, desatada ya la guerra en Europa y así pertrechado, mientras sus pares huían de la barbarie, la censura y la pobreza, Real viaja a esa España tan admirada desde aquí. Y lo que se encuentra allá desgarra algunos de sus preceptos.
Comienza a descreer del régimen autoritario que gobierna con los dos símbolos que hicieron a España a través de los siglos como cimiento: la espada y la cruz. Cotelo, que lo llama “el fronterizo”, arguye que le viaje y la tarea de escribir un libro sobre esa experiencia, le permitieron a Real “ver claro en sí y verse en contraste con los demás”.
Real encuentra en España y, lo escribe, “mucha saña agresiva, mucho seco corazón entre los que tienen la misión taxativa de poner bálsamo”. Luego anota, en otro fragmento: “La religión está presente en todas partes (…) pero esta presencia se ve falsificada, frustrada, por un alejamiento de la tensión religiosa de las almas. La cruz deja de ser motivo y se hace adorno”.
Real fue a la madre patria donde reinaba un estado cristiano en busca de un atractivo nacionalismo social y popular pero su militancia hizo crisis durante su estadía. Regresa a Uruguay y escribe un libro con amargura y con el doble sentimiento del título.
Así es como comienza a forjarse la personalidad crítica de un analista que tomará dimensiones de grandeza, y que con su pluma como bisturí diseccionará luego al
batllismo en El impulso y su freno, las clases dominantes en El patriciado uruguayo, y las formas de entender y de construir el relato de la nación en Los orígenes de la nacionalidad uruguaya, entre muchos otros finos ensayos, artículos, clases y reflexiones. Ese derrotero vital lo hará múltiple y contradictorio en casi todos los niveles de su vida, desde los más públicos a los más íntimos.
Como apuntó Cotelo en el prólogo, Real de Azúa morirá como su admirado José Enrique Rodó: en el olvido e ignorancia. Una lejana habitación de hotel en Palermo, Sicilia, en 1917, y un cercano apartamento en la calle Mercedes en 1977 igualaron, otra vez, con su ámbito mortuorio, a dos hombres que escribieron desde sus manos algunas de las palabras más lúcidas que produjo ningún uruguayo durante el siglo XX.