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El velerista uruguayo que se lanza a cruzar el océano Atlántico

Cautivado por las regatas en solitario, Federico Waksman armó un proyecto para correr la Mini Transat, una regata radical de cruce oceánico 

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25 de enero de 2020 a las 05:00

 

Federico Waksman tiene 30 años, es ingeniero mecánico industrial, estaba en la base del Everest cuando Nepal sufrió un terremoto en 2015 y se acuesta desde hace meses con una idea fija en la cabeza: cruzar el océano Atlántico en un velero disputando una regata de extrema aventura.

 

A aquellos que sufren cuando se toman un avión para cruzar el océano no les podría entrar jamás en la cabeza la posibilidad de que alguien atraviese semejante monstruo acuático en un barquito de seis metros de largo que ayudado por los vientos demorará alrededor de 14 días en llegar a Martinica partiendo desde Las Palmas de Gran Canarias. Tampoco que el navegante solitario deba realizar siestas cada media hora para no descuidar el barco, que deba vivir amarrado porque una caída sería fatal y que no se pueda valer de ninguna asistencia tecnológica para realizar el cruce.

Waksman, que en Instagram se hace llamar oceanosolitario, tiene planificado disputar la regata Mini Transat, que se realiza cada dos años, en 2021 y para eso ya tiene un plan en marcha.

“He corrido de norte a sur en el Atlántico pero nunca de este a oeste, me atrae la vastedad aunque me resulta más divertido correr en duplas o en equipo. Esto lo hago por lo que significa el desafío”

Waksman comenzó a navegar en el club Náutico y tras pasar por el optimist en el Yacht Club Uruguayo se dedicó a la clase snipe en la que disputó dos mundiales junior y ganó la medalla de bronce  de los Juegos Odesur de playa de Manta 2011 junto a Paolo Sassi.

Tras recibirse, en 2015, se fue de mochilero a viajar por el mundo y cuando Katmandú fue asolada por un terremoto en el mes de abril él se quedó a prestar servicios de ayuda.

Posteriormente se radicó en Europa para correr regatas como ingeniero del capitán uruguayo Nicolás González en barcos de 90 pies.

Y fue por Europa que descubrió el mundo de las regatas en solitario. Y así se metió en la cabeza ser el primer uruguayo en disputar la Mini Transat porque ya han existido veleristas nacionales que hicieron cruces oceánicos en solitario –sin el marco de una regata– o participado en las denominadas vueltas al mundo como la Whitbread, la Volvo Ocean Race o más recientemente la Clipper Race, en barcos mucho más grandes y en esos casos en equipo.

“Para poder correr la Mini Transat tenés que demostrar que sos capaz de navegar en solitario duramente muchas millas, tanto vos como el barco. Para clasificar necesito navegar un tramo de 1.500 millas y otro de 1.000 millas que es un recorrido enorme”, contó Waksman a Referí.

El velerista uruguayo ya disputó dos regatas de este estilo. Fue segundo en una y tercero en la otra. En la regata Marsella-Barcelona se sacó el hombro de lugar y se lo colocó solo. Por eso retornó a Uruguay para operarse y tiene previsto volver a las competencias en marzo.

Waksman se compró un barco antiguo que ya tenía en su haber dos cruces oceánicos. Lo bautizó Repique. Después se compró uno con un diseño de casco más moderno que le costó € 80 mil. Se llama Like Crazy. “Las reglas no te dejan salir de lo estandarizado para que los barcos no hagan la ventaja desde el diseño, hoy por hoy la Mini Transat está bien estandarizada”.

“No se puede utilizar materiales de fibra de carbono y la navegabilidad se realiza sin radar ni ningún tipo de soporte tecnológico, solo se usa un mapa de papel”, agregó el navegante.

“Trabajamos con la naturaleza como fuente de energía. El viento impulsa las velas, no tenemos motor a bordo y nuestro hidrogenerador transforma la energía cinética del mar en energía eléctrica”, explicó Waksman.

“Por ahora no terminé de pagar el barco y calculo que un presupuesto mínimo para llegar a completar el desafío debe andar en el entorno de los € 100 mil, pero igual estoy convencido de que sea como sea lo voy a lograr”

A diferencia de otras competencias como el Dakar, esta competencia no deja huellas ni genera ningún impacto medioambiental: “Utilizamos la energía fotovoltaica del sol para cargar las baterías y noptimizamos su uso para obtener el mayor rendimiento. En su paso por el océano, el barco no genera ningún tipo de emisiones, combustibles fósiles ni residuos plásticos”, agregó.

El barco tiene una habitabilidad de dos metros cuadrados, similar a la superficie de un Twingo. Ahí Waksman pegará siestas de media hora porque no se puede permitir dar ventaja alguna en la regata. Comerá comida deshidratada y llevará la cantidad menor de peso posible entre agua y comida ya que cuanto más ligero esté el barco más rápido podrá correr.

Tiene que estar amarrado en un arnés siempre porque una caída al agua acarrea una muerte segura.

La regata tiene un máximo de 90 barcos y cada 10 barcos hay uno de seguridad provisto por la organización. Pero en la vastedad del océano la ayuda que pueden prestar puede ser tardía.

“Los barcos están diseñados para resistir. Vientos, tormentas  o choques. Está armado para que no se hunda y hasta que se le arranque el timón. Son como un Fórmula 1 para el agua”, afirma Waksman.

La clave está en las velas. Son tres: la mayor, el guenoa y el spinacker que se va cambiando de acuerdo a la resistencia del viento. “Un nudo es una milla por hora y perder una milla es perder la regata. En el océano las condiciones son más estacionarias a diferencia de navegar por la costa. El concepto es que si no navegás a tope, sintiendo que te vas a dar un palo estás navegando mal”,

La regata tiene dos etapas. La primera larga de La Rochelle, Francia, por el Golfo de Vizcaya y la costa de Portugal hasta alcanzar el archipiélago canario en  Las Palmas. Es un recorrido de 1.350 millas náuticas. El segundo tramo parte de esa isla de la Gran Canaria hasta llegar a Le Marin, en la isla caribeña de Martinica, tras unas 2.700 millas náuticas.

Pero para llegar a competir en la regata primero hay que clasificar y ese será el objetivo de Waksman para 2020. Lo intentará en el Gran Premio de Italia de un recorrido de 500 millas que se puede hacer en dupla, las 500 millas en solitario partiendo de Marsella para dar la vuelta a Córcega y volver al mismo destino y finalmente correr la regata del archipiélago, unas 200 millas con punto de largada de La Spezia, Italia.

Waksman tiene los objetivos muy claros. Para él la vida en estos dos años será una sola cosa: cruzar el Atlántico en su velero.

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