2 de mayo 2020 - 5:03hs

Las señales estaban a la vista: ya en plena campaña electoral, cuando se dio a conocer el acuerdo de intercambio comercial entre el Mercosur y la Unión Europea, el entonces candidato Alberto Fernández criticó duramente el tratado diplomático, al que consideró “una muy mala noticia para los trabajadores argentinos”.

Lejos de haber sido un arrebato a una declaración oportunista con cálculo electoral, esa frase dejaba en claro una convicción profunda por parte de una facción mayoritaria del peronismo, que tiene una histórica visión desconfiada respecto del libre comercio.

De hecho, en la gestión de Néstor Kirchner, el Mercosur diluyó su contenido original de unión aduanera para convertirse en un bloque político. Al tiempo que las trabas al comercio se multiplicaban –especialmente en Argentina, con crecientes cupos para la importación-, las reuniones de presidentes pasaban a ser eventos de fuerte impronta política, a partir del ingreso de Hugo Chávez como animador de esas cumbres.

El legado comercial de esos tiempos es el comercio administrado directamente por los gobiernos, que implicaba, por caso, la venta de lácteos y pollos argentinos a Venezuela, que a su vez hacía inversiones energéticas en Argentina.

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En cambio, como saben bien los exportadores uruguayos, proliferaron las licencias no automáticas, las trabas para arancelarias y nuevas regulaciones de comercio exterior con amplio margen de discrecionalidad para los funcionarios de turno, que regulaban la apertura en función de la disponibilidad de reservas en el Banco Central o de la performance de las empresas competidoras de la importación.

Es decir, un tipo de integración bien diferente a la que había inspirado la fase fundacional del Mercosur en los años ’90, cuando el objetivo central de las negociaciones era la disminución progresiva de los aranceles y el avance hacia un área económica común inspirada en el modelo europeo.

Alberto Fernández no solo cuestionó en su momento el acuerdo con la UE, sino que desde su equipo asesor también se había criticado el entusiasmo de Mauricio Macri por la perspectiva de nuevos acuerdos con países como Corea y Canadá.Y, aunque suene paradójico, dado el discurso antiestadounidense del peronismo, la ahora vicepresidente Cristina Kirchner, para criticar la apertura macrista, ponía como ejemplo de política industrial inteligente la agenda de Donald Trump y su “America first”.

 “Corea no se hizo fuerte abriéndose”

Ya concretado el cambio de gobierno, cuando los industriales que se sentían en riesgo por la apertura con la UE les recordaron a los nuevos funcionarios sus promesas de campaña, estos plantearon que resultaba difícil dar marcha atrás con acuerdos ya firmados sin que eso provocara un conflicto con los países socios. Pero la oportunidad no tardó en llegar para que aflorase el sentimiento antiaperturista. Y la crisis provocada por la cuarentena global ante la pandemia del coronavirus resultó el catalizador de una medida impensable en otras circunstancias.

Los pronósticos indican que la economía podría desplomarse un 8% este año si, como todo indica, la cuarentena se prolonga por un período largo. Y a pesar de haber destinado una asistencia equivalente a 3% PIB, hay múltiples señales en el sentido de que el entramado industrial no soportará la inactividad, lo cual deriva en el riesgo de un desempleo histórico. En ese contexto, el hecho de que las importaciones estén cayendo más que las exportaciones se transformó en un dato que el gobierno festeja, porque le permite una reconstitución de reservas para el Banco Central.

El razonamiento que hacen en el gobierno es que, dado que Argentina es principalmente exportador de alimentos, la crisis global tendrá un impacto limitado. En cambio, como es comprador de manufacturas y bienes de capital, en medio de la cuarentena habrá un inevitable desplome de la importación.

Puesto en números, la previsión es que la exportación, que el año pasado fue de US$ 66.000 millones, caiga un 13%, mientras que las importaciones, que en 2019 habían totalizado US$ 48.000 millones, caerán un 15%. Ese efecto, combinado con el súbito freno en la salida de divisas por turismo, implicará que habrá un saldo extra de US$ 4.000 millones que no estaban previstos. Y lo último que quiere el gobierno es que un nuevo acuerdo comercial le pueda hacer perder parte de ese “ahorro”.

Las palabras del canciller argentino, Felipe Solá, son bien elocuentes al respecto. Considera que “se vive una fase en la que lo principal de cada país del mundo es cerrarse como país por la pandemia”.
Y justificó el alejamiento de Argentina de la mesa de negociación del Mercosur basándose en el argumento de que cualquier aceleración en los acuerdos del bloque con otras regiones solo pueden traer consecuencias negativas. Para Solá, como Argentina le vende muy poco a Corea, la firma de un acuerdo probablemente traería una inundación de productos coreanos en el mercado local sin que eso fuera compensado por una suba de las exportaciones.

“Hace muchísimos años que negociamos con Corea y nunca pudimos pasar del punto cuatro. Ellos quieren que se trate de igual a igual los autos argentinos y los autos coreanos, cuyas industrias tienen gran cantidad de subsidios cruzados”, argumentó. Y para rematar el argumento, recordó que “Corea no se hizo fuerte abriéndose” y que si Argentina no tomara la decisión de frenar el proceso de integración, corre el riesgo de “firmar algo que la va a terminar golpeando”.

Críticas desde cuatro costados

Ese tipo de argumento generó de inmediato una ola de críticas tanto desde el ámbito político como del empresarial. Por caso, Domingo Cavallo, que fue canciller y luego ministro de economía durante el proceso fundacional del Mercosur, se mostró muy crítico: “Es una decisión muy equivocada, parece una vuelta al proteccionismo de los años 70”. Y advirtió que si el gobierno profundiza esa vía, “va a fracasar en la estabilización y el crecimiento”.

Desde el lado empresarial, las agremiaciones del campo fueron las primeras en advertir los efectos negativos. Señalaron que el país arriesga una pérdida de inversiones, así como de proyección en el comercio internacional. “Nuestro país produce alimentos en cantidades ampliamente superiores a las que demanda el consumo interno, por lo que la exportación y la apertura de nuevos mercados para su comercialización representan una oportunidad insustituible de generar empleo, actividad económica y divisas para beneficio de todos los argentinos”, agregó el comunicado de las agremiaciones, que pidieron una reunión urgente con el canciller.

Pero también desde la industria automotriz (presuntamente defendida por la medida del gobierno) se oyeron cuestionamientos. Brasil es el destino mayoritario de las exportaciones de autos argentinos (concentra el 65%), y los fabricantes ahora temen que no solamente no puedan abrir nuevos mercados sino que, además, corran riesgo sus envíos hacia el socio mayor del Mercosur. Y, naturalmente, las críticas más duras llegaron desde quienes formaron parte de la gestión macrista, cuyo canciller, Jorge Faurie, había llorado por la emoción al comunicarle telefónicamente a Macri que se había logrado el acuerdo con la UE.

En un comunicado de la agrupación Juntos por el Cambio se cuestiona el apartamiento de las conversaciones para acuerdos comerciales preferenciales con Canadá, Corea y Singapur y se argumenta que “la excusa dada de la pandemia no puede frenar negociaciones de largo plazo”.

“La negociación por la deuda y sus dificultades tienen el efecto contrario. Argentina abriendo nuevos mercados ayuda, no entorpece la negociación”, fundamentaron desde la coalición opositora. 
Y remata el comunicado una advertencia: “No se puede tirar por la borda más de 30 años de esfuerzo en la construcción del Mercosur, impulsado por el presidente Alfonsín”. Esa frase tiene un destinatario directo: Alberto Fernández, quien siempre manifestó su admiración por el exmandatario y suele citarlo para justificar sus decisiones políticas. 

Explicaciones a Uruguay y un posible efecto boomerang

Las acciones del gobierno en los días posteriores al polémico comunicado argentino parecen indicar que hubo una subestimación sobre las complicaciones políticas y diplomáticas que podrían surgir.
“Es un disparate decir que nos queramos ir del Mercosur. Lo que queremos es que el bloque negocie los acuerdos bilaterales de forma conjunta y no como sucede ahora, que cada país negocia de forma separada”, protestó el presidente.
Y agregó: “Estamos planteando en volver al punto de origen del Mercosur. Espero que los presidentes de los países que lo integran sigan este camino. Queremos nada más Integración y que la unidad se fortalezca”.
Pero lo cierto es que surgieron versiones en el sentido de que hubo una discusión entre el presidente y su canciller. Y la agenda de Fernández parece destinada a mitigar el potencial daño. En los días posteriores llamó a su colega Luis Lacalle Pou para dar explicaciones sobre el tema y además instruyó al canciller Solá para que hiciera otro tanto con Ernesto Talvi.
La solución parece difícil. En la conversación entre los presidentes quedó evidente las diferencias de visión: mientras Lacalle insistió en la postura de flexibilizar al bloque para corregir asimetrías, Fernández remarcó que Argentina tiene una producción industrial que defender.
Sin embargo, dentro de Argentina se sostiene el argumento opuesto al del presidente. Por caso, los empresarios temen que ahora, además de perder el ingreso a nuevos mercados, también caigan las exportaciones a Brasil, que está determinado a continuar su camino aperturista y podría comprarle a nuevos socios el trigo y los automóviles que hoy importa desde Argentina.
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