15 de agosto de 2014 21:09 hs

La reciente muerte de Manuel Martínez Carril, el hombre más emblemático de la Cinemateca Uruguaya de las últimas cuatro décadas, acentúa la encrucijada que vive esta institución fundada en 1952, que pugna entre abrirse y desarrollarse con nuevas salas y mantener su identidad (preservando su valioso archivo y Escuela de Cine del Uruguay). Mientras, pelea por encontrar nuevas formas de financiamiento en una época donde los avances tecnológicos pueden actuar como eventuales competidores para una propuesta que desde hace años ha formado a generaciones de cinéfilos en Uruguay.

El Observador conversó con su actual directora, María José Santacreu, y con Daniel Amorín, socio ininterrumpido de Cinemateca desde 1982 y además cinéfilo y cineasta, sobre algunos de estos factores que se cruzan en el camino del futuro cercano de la institución y que determinarán su vida activa por los próximos años.

Estas encrucijadas no están determinadas por la muerte de Martínez Carril. Ya en el prólogo del excelente libro 24 ilusiones por segundo, de Carlos María Domínguez sobre la historia de Cinemateca publicado el año pasado, Santacreu planteaba que el futuro de la institución todavía no estaba escrito, porque se le acercaban tiempos de cambios. Las formas de vida y subsistencia de Cinemateca se debaten desde hace tiempo ya.

Pero sus actuales responsables reconocen que la ausencia de Martínez Carril se va a sentir dentro y fuera del país, por la extensa red de contactos que poseía y por el respeto que le tenían otras cinematecas e instituciones culturales de América y Europa.

Estado de situación

Los memoriosos recuerdan los años de la transición de la dictadura hacia la democracia, a grandes rasgos entre 1983 y 1986, como “la época dorada” de Cinemateca Uruguaya. Para ilustrarlo en números, por entonces la institución contaba con una masa social que superaba los 20 mil afiliados.

Pero eso cambió. “Esa gente que era socia formaba parte de un movimiento histórico y cultural, pero no era la masa cinéfila de Montevideo. Disminuyó por un tema de crisis de militancia cultural”, dijo Santacreu.

Amorín recuerda esa época con candor. “Hubo muchísima intensidad. Martínez Carril fue una figura trascendente en nuestras vidas. Y esto no es sensiblería. Cinemateca fue un sitio de resistencia desprejuiciada, que abrió muchas cabezas”, dice el socio cuya vida cambió el día en que vio (en Cinemateca) El séptimo sello.

Pero aquel paisaje cambió. Según sus autoridades, hoy los socios rondan los 4.000, y tienen el peso de ser quienes sostienen mayormente el presupuesto de Cinemateca.

“Las salas no solo sirven para la exhibición, sino que son la única fuente de ingreso, y eso no existe en el mundo. Ese es uno de los grandes problemas que tenemos aquí: los recursos solo provienen de la exhibición, algo que no sucede en ninguna de las cinematecas del planeta. Ellos reciben aportes sobre todo públicos y también privados”, dice Santacreu, quien explicó que el 70% de la financiación se da por boletería y socios.

Además, reconoció que Cinemateca tiene problemas para competir en condiciones desventajosas: en el confort de las salas, en la calidad de las exhibiciones, “para un cine que no solo es de entretenimiento, y por eso hay apoyo del marketing de las empresas anunciantes”.

Hoy Cinemateca posee cuatro salas (dos en la sede de Carnelli, Cinemateca 18 y Pocitos), con un total de 35 empleados.
Gestiona la Escuela de Cine del Uruguay y además se ocupa de la preservación de los archivos de papel y de celuloide. Este último se compone de tres grandes galpones ubicados sobre la ruta 8, donde se preservan unas 23 mil películas a una temperatura de 5° Celsius.

Santacreu cree que con una buena campaña y mejoras en las salas se puede llegar a los 7.000 socios.

Los desafíos tecnológicos

Los cambios experimentados por la tecnología en los últimos años permiten, por ejemplo, que algunas de las películas que un amante del cine solo podía encontrar en la programación de Cinemateca estén a disposición de cualquiera en plataformas que van desde una laptop a un smartphone.

¿Esto puede significar un perjuicio colateral para la institución? “Nos hemos pasado años argumentando a favor de la accesibilidad, por lo que ahora no estamos en contra de que la gente tenga más accesos”, dice Santacreu.

Los socios más sinceros también aceptan esto. “Si tengo la opción de ver lo que se está estrenando en Cinemateca 18 en el living de mi casa y con mejor calidad, no lo pienso dos veces. Peor sería negarlo y tapar el sol con las manos”, opina Amorín.
Santacreu defiende la grilla y el sistema de ciclos, períodos y dossiers de actores con que se estructura cada mes de programación.
“Es cierto. Hoy podés bajarte casi todo lo que quieras de internet. Pero el contexto, la pantalla grande, el orden de los ciclos y la forma en que se programan no está en internet, y ese es un elemento diferente de calidad que todavía te da Cinemateca”, arguye la directora, quien cree que aún la institución cumple la función de ordenar y educar a los interesados en el cine más allá de las salas de los shopping.

Los cambios tecnológicos generan otros debates.

“Cinemateca no ha podido dar la discusión del siglo XX que es: ¿qué hacemos con el archivo analógico? En el mundo ya se ha saldado este tema. Y luego viene la discusión del siglo XXI: ¿qué y cómo guardamos?”, se pregunta Santacreu.

“El archivo es la base de todo, es el cimiento de Cinemateca. Y cómo guardar se conecta con el problema de la memoria en Uruguay”, opina Amorín.

Problemas incómodos

Un tema histórico y para nada menor es la comodidad que ofrece Cinemateca a sus socios y espectadores. “Cinemateca debe ofrecer un ámbito adecuado para ver cine”, apunta Amorín. Los dolores de espalda atacan en algunas salas por las butacas incómodas, y en otras muerde el frío en invierno. En esto se sigue en el debe”.

Otro asunto vital tiene que ver con la cédula. Hay un desafío grande de poder captar un perfil de socio que hoy no llega a Cinemateca. Para Santacreu están bien cubiertos los segmentos extremos del público cinéfilo: los jóvenes y los adultos mayores.

Pero hay un vacío en los adultos de entre 30 y 50 años. “El público al que más nos cuesta llegar es a la franja entre los 30 y pico y 40 pico, que es la gente que está en la cima de su edad productiva, que tiene hijos y que por lo tanto no va mucho al cine”, dice Santacreu.

“A veces me causa tristeza darme cuenta de que, con 51 años, soy de los más jóvenes o el más joven de los que van a ver determinada película. Se me prende la alarma y me digo: ‘Esto no va bien’”, confiesa Amorín.

Expansión

En el Mercado Central se viene un gran proyecto de revitalización urbana donde estará ubicada la llamada Corporación Andina de Fomento (CAF).

En ese nuevo complejo Cinemateca Uruguaya tendrá tres nuevas salas y varias de sus oficinas, como las del centro de documentación, donde se guardan, por ejemplo, los archivos personales del fundador Walter Dassori y, próximamente, de Manuel Martínez Carril. Las tres salas nuevas tendrán una capacidad de 404 butacas.

“Estas salas nuevas, chicas y con excelente calidad de proyección, nos van a permitir competir en mejores condiciones”, opina Santacreu. Pero el crecimiento tiene un costo. Según el acuerdo con la CAF, a Cinemateca le entregarán la “obra gris”, o sea sin las terminaciones necesarias para que funcionen como salas de cine.

“Nos corresponde a nosotros equiparla. Esa es ‘una patriada’, porque necesitamos comprar equipos por una valor que ronda US$ 1 millón”, dijo Santacreu.

La fecha tentativa para que las salas estén en funcionamiento se ubica entre 2016 y 2017. Pero por ahora todo va muy lento. “No estamos todo el tiempo en conversaciones con la CAF. Hay veces que me dan ganas de ir con un martillito y empezar a trabajar”, afirmó la directora de Cinemateca.

Te Puede Interesar

Más noticias de Argentina

Más noticias de España

Más noticias de Estados Unidos