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Estilo de vida > Un pie a la vez

Es gratis, está al alcance de (casi) todos y lo hacemos poco; ¿por qué tenemos que caminar más? 

El mundo se hizo para caminarlo y estas son las razones por las que tenemos que empezar a poner en práctica más seguido el paseo 

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15 de abril de 2022 a las 05:10

El cerebro de vez en cuando se seca. Maneras de hidratarlo hay muchas; valen los encuentros con amigos, un shot de ejercicio físico, el humo de un cigarro, una siesta debajo de la parra, la escucha de ese disco, un par de capítulos del libro o lo que sea que funcione para cada caso. En algunos, en el mío, caminar ayuda mucho. Poner un pie delante del otro, sin rumbo, sin prisa, sin tener que interactuar con nadie, sin tener que rendir cuentas, con el flujo mental centrifugado entre las paredes del cráneo, viendo pasar el entorno como en una cinta, como en un desfile. Sí: caminar ayuda. Destraba la cabeza. Y, además, hay doble recompensa: el sustrato físico, por un lado, y el intelectual, por el otro. Veamos. 

En primer lugar, podemos hablar de datos. Podemos hablar de hechos y de números. Los estudios médicos afirman en consenso que caminar durante 20 minutos al día, cinco días a la semana, aumenta las defensas y reduce la posibilidad casi en un 50% de contraer enfermedades respiratorias y cardiovasculares; caminar sin prisa pero sin pausa durante ese rato —y si es más, mejor— estimula la generación de glóbulos rojos y blancos. También funciona como ansiolítico. Y esto lo puede comprobar cualquiera, porque caminar enseguida funciona y despeja los pájaros volados. También reduce, obviamente, la posibilidad de ser obeso. Y mejora las articulaciones. Y refuerza los tejidos. Y oxigena el cerebro. Y estabiliza el estado de ánimo. Y reduce el estrés. Los estudios dicen: hay que caminar diez mil pasos al día. Pero deberían decir: hay que caminar. Hay que convertir el paseo en rutina. El desplazamiento en necesidad. Ya con eso alcanza. Después, si es posible y si hay ganas, se puede llevar la cuenta.  

Caminar es gratis. Y nadie nos va a cobrar jamás por hacerlo —a menos que, bueno, ingresemos a propiedad privada o estemos de excursión—. Por eso caminar ayuda al bolsillo. Ni la suba del petróleo ni la guerra en Ucrania afectan el precio de los pasos. 

Caminar nos define. Antes de ser Homo sapiens tuvimos que ser Homo erectus. Hombres —homínidos— erguidos. Bípedos que encontraron en ese desplazamiento adaptado otra de las causas por las que terminaron al tope de la pirámide del mundo animal. Hace más de cuatro millones de años que caminamos por el planeta. Así lo conquistamos. No deberíamos olvidarlo. Caminando fue que alcanzamos la evolución.

El olvido, por supuesto, es retórico. Nadie se olvida de caminar. La humanidad ha trabajado para que la importancia de caminar sea manifiesta. Los trazos de las exploraciones teóricas en el acto de mover las piernas y desplazarse comienzan varios siglos atrás y se prolongan hasta el presente. Caminar sigue siendo un tema que interesa, que abre el debate intelectual, que genera textos ricos y encuentros que atraviesan la temporalidad.  

Uno de los primeros o más reconocidos teóricos del paseo fue el naturalista Henry David Thoreau, que durante el siglo XIX construyó la leyenda a partir de sus trayectos en la naturaleza, de la exploración de los pistones intelectuales que se activan al momento del caminar, y que dejó un legado de reflexiones que continúan, en parte, vigentes. Thoreau caminó por el bosque, rodeó lagos, cruzó montañas, paseó bajo la luz de la luna, bajo el fulgor del sol, enfrentó la lluvia, la nieve y el invierno, y escribió sobre todo eso.

En su ensayo Caminar —se puede encontrar fácilmente en la web—, dice lo siguiente:

“Creo que no podría mantener la salud ni el ánimo sin dedicar al menos cuatro horas diarias, y habitualmente más, a deambular por bosques, colinas y praderas, libre por completo de toda atadura mundana. Cuando recuerdo a veces que los artesanos y los comerciantes se quedan en sus establecimientos no solo la mañana entera, sino también toda la tarde, sin moverse, tantos de ellos, con las piernas cruzadas, como si las piernas se hubieran hecho para sentarse y no para estar de pie o caminar, pienso que son dignos de admiración por no haberse suicidado hace mucho tiempo”.

Radical el hombre. No por nada su filosofía sentó bases para, entre otras cosas, el anarquismo. Su discurso llega a esos extremos y puede sorprender, pero hay que tener en cuenta, entre otras cosas, que uno de sus ensayos más famosos se titula Desobediencia civil. Para Thoreau, caminar era desobedecer. Y desobedecer, liberarse.

Hoy, una buena heredera de Thoreau —por retomar el tema; su manera de entender el acto de caminar es diferente a la del trascendentalista— es la estadounidense Rebecca Solnit. Ella escribió dos de los mejores libros que hoy pueden encontrarse sobre el tema: Wanderlust. Una historia del caminar y Una guía sobre el arte de perderse. El primero es una evaluación directa sobre el acto de desplazarnos por nuestros propios medios físicos, mientras que el segundo explora ya otras cuestiones, como el vagabundeo, la necesidad que tenemos de perdernos para encontrarnos, la noción de horizonte que siempre tenemos por delante.  

En el primero, Solnit dice lo siguiente:

“El ritmo del caminar genera una manera de pensar, y el paso a través de un paisaje resuena o estimula el paso a través de una serie de pensamientos. Eso crea una curiosa consonancia entre el pasaje interno y el externo, sugiriendo que la mente es también una especie de paisaje y que caminar es un modo de atravesarlo. En muchas ocasiones, un nuevo pensamiento parece un aspecto del paisaje que estaba siempre ahí, como si pensar fuera recorrer más que hacer. Y, de ese modo, un aspecto de la historia del caminar es la historia del pensamiento que se hace concreto, porque los movimientos de la mente no pueden ser trazados, pero sí los de los pies. Caminar también puede imaginarse como una actividad visual: cada caminata es un paseo lo suficientemente relajado como para mirar y pensar sobre las vistas, integrar lo nuevo en lo conocido. Quizá este es el origen de la singular utilidad del caminar para los pensadores. Las sorpresas, las liberaciones y los esclarecimientos propios de un viaje pueden alcanzarse tanto dando una vuelta a la manzana como alrededor del mundo, y caminar es viajar cerca y lejos a la vez. O quizá el caminar debiera considerarse movimiento, no viaje, porque uno puede caminar en círculos o viajar alrededor del mundo inmovilizado en un asiento, y una determinada ansia viajera puede ser apaciguada solo con los actos del cuerpo mismo en movimiento, no con el movimiento del automóvil, el barco o el avión. Es el movimiento junto a las vistas que se suceden lo que parece hacer que ocurran cosas en la mente, y esto es lo que vuelve el caminar ambiguo e infinitamente fértil: caminar es, a la vez, medio y fin, viaje y destino.” 

Me llega lo que dice Solnit. Me es difícil, hoy, pensar en el viaje sin caminar. Quiero y necesito desplazarme para conocer y entender. Para disfrutar de verdad. Hoy, afortunado de mí, estoy en las vísperas de un viaje que me cambiará de continente. El itinerario es apretado y se hace complejo encontrar el hueco, pero va a pasar: voy a caminar entre montañas, entre bosques, ciudades, voy a pasar horas moviendo las piernas con el único objetivo de seguir, de quemar estaciones y de dejar flotar el viaje en ese instante de pausa absoluta que, sin embargo, se manifiesta en el movimiento. El paisaje transcurrirá. Y como dice Solnit, las cosas de la mente ocurrirán.

Pero volviendo a la teoría, Thoreau y Solnit no fueron ni serán los únicos a los que se les hizo fácil escupir palabras sobre sus caminatas. La lista sigue: Virginia Woolf, Immanuel Kant, David Le Breton, Shane O’Mara, Charles Dickens, Sócrates, Søren Kierkegaard, Baudelaire; contemporáneos o arcaicos, citadinos o naturalistas, todos caminaron y todos escribieron. En honor al autor de Las flores del mal, todos se impregnaron del espíritu del flâneur para sus escritos deambulantes.

Me gusta pensar además en el cineasta Werner Herzog, un genio loco de los que el mundo parece estar poco a poco desprendiéndose. Él caminó a través de dos países, entre dos ciudades europeas, y lo convirtió en un acto de amor. El 23 de noviembre de 1974, Herzog partió desde Múnich con destino a París con la misión de hablar con su vieja amiga —en todo sentido de la palabra— Lotte Eisner, crítica e intelectual alemana a la que el director de Aguirre y Fitzcarraldo le debe mucho, que estaba por morir. Herzog decide atravesar el camino con sus pies confiando en que eso alargará la vida de su amiga, y en el trayecto se moja, pasa frío, se quema con la nieve, se arrepiente, sufre bastante, corre peligro de muerte y toma nota. El libro, el diario, se convierte en su primera publicación escrita y en un clásico: Del caminar sobre el hielo. Es, de nuevo, un libro sobre el amor. Y sobre caminar y no parar de hacerlo. Que este artículo aparezca el último fin de semana de las vacaciones no es azaroso. Nunca hay más tiempo para poner en práctica el noble arte de echar a andar que cuando no se trabaja. Además, en esta Semana Santa o de Turismo, Uruguay parece haberse vaciado,  por lo que los sitios en donde el trekking, el término anglosajón por el que conocemos deportivamente la idea de caminar, se puede practicar seguramente estén a la espera de nuevos senderistas ávidos de moverse. 

A continuación, una lista de algunos de ellos:

  • Sierra de las Ánimas: es uno de los principales puntos para hacer senderismo en Maldonado, y ya sea que el destino esté en los Pozos azules o en la sierra misma, los paisajes son de lo mejor que tenemos en el país. El camino se hace con guías y hay que averiguar horarios en la web, porque es propiedad privada.
  • Cerro Arequita: gratis, sin horarios y con una subida más corta, el ascenso al cerro Arequita en Lavalleja ofrece un camino a través de un monte de ombúes fabuloso, con momentos de cierta dificultad y un paisaje impresionante desde la cima. La entrada está media escondida, pero si se va un fin de semana, los autos estacionados en el camino marcan fácilmente por dónde se ingresa. 
  • Grutas de Salamanca: caminar por el parque, marcado por los helechos, las formaciones rocosas y por supuesto las grutas, es otra de las caminatas destacadas que ofrece el departamento de Maldonado.
  • Valle del Lunarejo: uno de los atractivos naturales más exitosos de Rivera, la distancia que lleva hasta el espejo de agua del Lunarejo se adapta a las necesidades y requerimientos de quien lo visite, ya que hay distintos senderos para elegir.
  • Quebrada de los Cuervos: ubicada en el departamento de Treinta y Tres, y con una de las vistas más reconocibles del interior del país, el sendero que llega a la quebrada y la rodea se extiende por unos seis kilómetros en los que la vegetación cambia de forma y moldea el camino.
  • Cualquier lugar de la costa: a veces no es necesario emprender el camino a través del monte; caminar por la arena basta. Uruguay tiene cientos de kilómetros de costa atlántica para aprovechar. ¿Vaciar la cabeza? Si caminar lo logra, caminar con el sonido de las olas genera un efecto todavía más implacable. Todo este mejunje sobre la caminata es, al final, un pedido de adhesión: es altamente probable que ponernos a caminar no sea la respuesta para todos nuestros males, pero hay grandes chances de que sí logre mejorarnos al menos en algún aspecto.
  • La calle: Montevideo es una ciudad que está hecha para caminarla. Y no es la única del país que lo habilita, que permite deambular sin rumbo y con la cabeza en alto. Hay que perderse más seguido en la ciudad y esta época de vaciamiento puede ser el momento.

Quizás se trate de que cada uno encuentre el ritmo, el tiempo y el espacio. De encontrar un hueco para implementarlo en el día a día, o de aprovechar aunque sea algunas horas de las vacaciones para hacerlo. 

No hay que engañarse: muchas personas no pueden caminar aunque quieran. Pero para quienes sí podemos, debería ser hasta una obligación moral. Tal vez no a los niveles casi paranoicos de Herzog, pero sí de manera saludable. Una deidad, la evolución o lo que sea que nos haya puesto en este mundo como especie nos dio, también, dos piernas para usarlas. Abramos la puerta y salgamos a trillar el mundo. Los caminos están hechos para eso.

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