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Escenas del rock de los 90 y la adolescencia en un Montevideo gris

Una generación entera de músicos uruguayos hirvió en esta década y miles crecieron con ellos

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24 de agosto de 2019 a las 05:03

Ojalá sean Los Cadáveres Ilustres, pienso mientras espero que empiece Control remoto y Alfonso Carbone presente en canal 10 a una banda uruguaya. Preparo el VHS y aprieto el botón de grabar. El mejor momento de la semana. Lo voy a ver una y otra y otra vez, hasta que la semana siguiente sea otro y la cinta se llene de música. “No tocar” escribo en el lomo de la caja del video. Y ese imperativo más que una orden es un rezo. 

Siento pasos, me doy vuelta y veo a mi madre que mira la televisión entre incrédula y condescendiente. “¿Otra vez?”, pregunta. “¿No los fuiste a ver ayer?”. En la tele están Peluffo, Parodi, Rambao y Lasso. Y yo los miro como si fuera la primera vez. 

 

La cosa era fácil. Unos All Star, un pantalón negro, remera y campera de jean. Lista para salir. A veces el plan estaba establecido desde temprano, en el liceo. O no. Podía salir de la nada y generalmente salía bien. Sucede que a principios y mediados de los 90 ver rock nacional en vivo era sencillo. Tan sencillo como pasar por la puerta de la Facultad de Medicina y que los recién estrenados Buitres estuvieran tocando La plegaria del cuchillo en la escalinata frente a unas pocas decenas de personas, muchos de ellos fanáticos de Los Estómagos que los seguirían para siempre a todos lados. Los mismos que ahí estaban, hace unas semanas, emocionados en el Antel Arena en el festejo de los 30 años. Muchos, también, acompañados por sus hijos.

Nada se sabía en esa época de filas eternas para sacar una entrada anticipada, mucho menos de compras online. La entrada en la puerta y adentro. 

Y siempre había en la vuelta un festival. Unos años atrás había sido el primer Montevideo Rock y con ese espíritu llegó luego Rock en ROU, Rock de acá y otros que juntaban bandas locales y miles de jóvenes con ansiedades guardadas, necesidad de mover el cuerpo y gritar. Y sacudir angustias. Esas que venían de años oscuros que muchos no habían atravesado, pero sí convivían con sus cicatrices. Y las de sus familias, de sus amigos, de sus vecinos. De las calles siempre grises. De las noches de mirar a los costados con miedo al patrullero. Por las dudas.

La Tabaré gritaba que éramos todos subversivos, el Cuarteto de Nos, disfrazado de viejas, contaba que Andamio Pijuán no quería ver su imagen en el espejo, Los Traidores le ponían la tristeza y la rabia imprescindible a la escena local con Montevideo agoniza o Estoy vacío, y los Buitres nunca se olvidaban de rescatar Solo del cajón de los 80.
Era una fiesta tomar un ómnibus a Las Piedras o a Pando para ser parte de los rituales en El Garage. Qué importaba el frío. 

 

“¿Estás bien?”. La voz suena temblorosa del otro lado del tubo. Estaba bien. Por suerte, pero estaba bien. 
La preocupación no era desmedida. Un diario había titulado “Descomunal trifulca” y yo había estado ahí. Entre los caballos, los machetes y los tiros al aire de quién sabe qué. Decían que no eran balas. Pero sonaban como balas desde el pasto de las canteras del Parque Rodó, de las que nos tiramos cuando se armó una avalancha en la entrada al festival y los policías a caballo cayeron con todo. Estaba bien, pero eso también era habitual.

 

Antes había sido Katmandú. De las primeras salidas de verdad, a los 14 o 15. Con solo pararse cerca de la avenida General Paz podía identificarse con precisión quiénes terminarían su noche allí y quiénes en una nueva discoteca –Koolkat en aquel momento, después Fabric, Vantix e infinidad de nombres– en la que la música electrónica comenzaba a tomar su lugar.

El “uniforme” era bastante claro, en especial para ellos. Pelo largo, remera blanca, jeans, botitas de gamuza. Si había alguna chaqueta de pana o similar, sumaba más. También había collares de caracoles, con reminiscencias rasta, o cintas negras con algún colgante. Pronto. Esos iban a Katmandú.

The Doors, Creedence, los Rolling Stones, Marley. Solo rock en ese subsuelo clásico de la calle Coimbra. Y en aquella época, además de rock, también, un miedo latente a que volviera alguna razzia, a que el Iname se apareciera de sorpresa y la cosa terminara en alguna comisaría. 
 


¿Es cierto? No, no puede ser. Imposible. Mirá si van a venir. ¿Cuánto sale? ¿De dónde saco la plata? No importa, hay que ir. Vienen los Ramones. Se llena el Palacio Peñarol. Dale, vamos. Sí, obvio que vamos. Hoy me acuerdo y todavía siento en el cuerpo la adrenalina de ver a los cuatro alfileres negros en el escenario tocando esas canciones que jamás soñé escuchar en vivo. Me veo con mis amigos, saltando de felicidad. Esa felicidad compartida e incomparable que da la música. 

Una masa extasiada hacía pogo cerca del escenario, alguno intentaba subirse, lo bajaban. Y después iba otro, y así. Increíble.

El cerebro a veces guarda fotos que no se van nunca. Esa es una. Y otra, quién sabe por qué, es la primera visita de Attaque 77. Y de Ratos de Porao, de Titás, de Fun People. Y de tantos más que hicieron de la adolescencia un lugar mejor.

Mientras, bandas más nuevas se hacían un lugar. Buenos Muchachos, Trotsky Vengarán, La Vela Puerca, No Te Va Gustar, La Trampa, La Sangre de Verónika, La Vergüenza de la Familia. No quiero seguir, me van a faltar miles, pero me acuerdo y agrego. El Peyote Asesino, Chopper, La Teja Pride, Plátano Macho. Siguen faltando, ya lo sé. 
 

 

La feria Villa Biarritz. Los punkies de la feria Villa Biarritz. Los hippies de la feria Villa Biarritz y los espacios de pasto compartido. La Vela Puerca en la feria Villa Biarritz y los zapatos del Cebolla volando al público en A su bola. Las idas al Chuy con el único objetivo de volver con al menos un par de All Star. La llegada de los All Star a Montevideo y el ahorro para comprarlos. Las galerías de 18 de Julio con los discos y casetes difíciles. La espera infinita de que llegara ese disco que habías escuchado en El Dorado FM. La Casona de Pocitos. La música de la Casona de Pocitos. El fin de Los Traidores. La vuelta de Los Traidores. La llegada de Mundo Cañón a X FM. El walkman amigo de las caminatas y los viajes en ómnibus. Y del aislamiento en casa. Recitales, recitales, más recitales. 
No sé si está buena la nostalgia. Pero sí hay algo que extraño. A Los Traidores. A esos sí que los extraño. 

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