Uno de los mejores cuadros que se pueden ver en la imponente Galería Tretiakov en el centro de Moscú, no muy lejos del Kremlin, es la famosa “Alegoría a la victoria de Catalina II sobre los turcos y tártaros”. Una impactante imagen de Catalina la Grande se erige como la diosa Minerva en un carro triunfal sobre varias personas e imágenes alegóricas a los agradecidos pueblos de la frontera sur del Imperio Ruso.
Comisionada en 1772 al pintor italiano Stefano Torrelli, la obra glorifica la conquista rusa de la península de Crimea y otras tierras del sur de Ucrania, arrebatadas a fines del siglo XVIII a los otomanos, que por entonces tenían allí a un estado vasallo: el Kanato de Crimea.
Dicen que es el cuadro preferido de Vladimir Putin, quien la primera vez que visitó el museo como presidente de Rusia en 2003, escribió de puño y letra en el libro de visitas: “No hay nada más preciado que el legado espiritual de una nación. Y yo me inclino reverente ante aquellos que lo preservan”.
Quizás esta simple anécdota encierre en sí misma el origen del conflicto de Ucrania, frontera de dos mundos, nación partida en dos mitades, durante siglos disputada por los imperios, tironeada sucesivamente entre turcos, polacos y rusos; hasta que se la quedaron los rusos, antes de obtener su independencia definitiva recién en 1991. No sin antes pasar por varios y largos períodos de “rusificación”, y antes de “polonización”, que fueron dibujando el mapa de las actuales disputas internas.
Es así que hoy la enorme mayoría de los ucranianos que habitan el oeste del país y su capital Kiev quisieran unirse a la Unión Europea (no así a la OTAN, ojo), mientras que la enorme mayoría de aquellos que viven en el este de Ucrania preferirían seguir bajo la influencia rusa.
Esto ha sido así históricamente: así como durante la dominación polaca, en los siglos XVI y XVII, los ucranianos se dividieron en católicos y ortodoxos –quienes entonces perseguidos buscaron el apoyo del Zarato de Moscú–, y durante la primera guerra mundial se volvieron a dividir entre los que peleaban del lado de las potencias centrales y los que lo hacían del lado de la Triple Entente, cuando durante la segunda guerra mundial la Wehrmacht ocupó Ucrania en 1941, la Ucrania occidental recibió a los nazis como libertadores, mientras el resto de Ucrania se unía al Ejército Rojo.
De todos modos, eso duró poco; y la verdad es que la enorme mayoría de los ucranianos terminaron peleando del lado del Ejército Rojo, en contra de los nazis, mucho más de lo que hoy están dispuestos a reconocer los rusos partidarios de Putin.
Estos también pretenden cortar grueso con los actuales ucranianos prooccidentales que se oponen a la influencia rusa, tratando de pintarlos a todos como neonazis, supuestamente herederos de aquellos colaboracionistas de la segunda guerra. Cuando en realidad, hay entre ellos un puñado de neonazis como los hay en otros varios países de Europa.
La enorme mayoría de los ucranianos del Euromaidán y que hoy se expresan en contra de Moscú son demócratas. Es cierto que la caída del presidente prorruso Víctor Yanukovich en 2014 fue producto de un golpe alentado desde el Departamento de Estado que contó con la operación de la entonces subsecretaria de Estado, Victoria Nuland (hoy vocera de la cartera), y su famosa frase al entonces embajador de Estados Unidos en Ucrania, durante aquellas horas intensas de negociaciones en las sombras: “Fuck the EU (que se vaya al carajo la Unión Europea)”.
Pero las protestas fueron reales, la gente salió a las calles contra la decisión del gobierno de echar atrás el acuerdo de asociación con la Unión Europea y en contra de seguir bajo la influencia de Moscú.
También es verdad que luego otros en el este y el sur del país se alzaron contra eso mismo y en favor de continuar bajo la égida rusa. Lo mismo que los habitantes de Crimea, que son en su mayoría rusófonos y, nos guste o no, votaron abrumadoramente en referéndum por anexionarse a Rusia.
En mi opinión, ahí no habría nada que objetarle a Putin. La península históricamente pertenecía a Rusia a raíz de los sucesos que se describen al principio de este texto.
Luego en 1953, bajo la Unión Soviética, Nikita Kruschev, que había crecido en una aldea de campesinos en la frontera con Ucrania, le cedió Crimea a la entonces República Socialista Soviética de Ucrania, como parte de su proceso de “desestalinización”, sobre todo en compensación –si cabe el término– por la atroz hambruna del Holodomor, provocada por Stalin.
Pero también, sostienen algunos historiadores rusos, a modo de arrepentimiento por su propia participación –de todos conocida– en la “Gran Purga” de la RSS de Ucrania.
Y tras el colapso de la URSS y la independencia de Ucrania en 1991, el Kremlin, envuelto en su propia efervescencia política, no reclamó soberanía sobre la península. En 2014, tras la caída de Yanukovich en Kiev, Putin advirtió que se quedaba sin su única salida a un puerto de aguas templadas y decidió recuperar el histórico enclave ruso.
Pero por encima de todo, si los habitantes de Crimea quieren ser parte de Rusia, para mí, no hay allí más nada que discutir. En la tercera entrega de esta tribuna, comentaré el sentir de los ucranianos: qué quieren realmente los verdaderos ucranianos de a pie en su mayoría. Y cómo vemos el conflicto en Occidente en general y en América Latina en particular.