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Fernando Andacht

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Fernando Andacht: la diferencia que hace la diferencia

Recién llegado a Montevideo, habla de redes sociales, de autenticidad y de identidad, evidenciando que la semiótica está mucho más cerca de lo que creemos

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29 de julio de 2015 a las 05:00

Por Tania de Tomas

Es uno de los semiólogos más importantes de América Latina y es uruguayo. Se licenció en letras, realizó una maestría en lingüística y un doctorado en filosofía. Hizo semiótica por radio, estudió al reality show, al fútbol y a la política uruguaya, y se especializó en lo que denominó "semiótica callejera". Recién llegado a Montevideo y con planes de quedarse por un buen tiempo en nuestro país, Fernando Andacht habla de redes sociales, de autenticidad y de identidad, evidenciando que la semiótica está mucho más cerca de lo que creemos

"Tuve suerte de encontrarte en Uruguay", confieso antes de tomar asiento. "Sí, llegué hace una semana y media. Gané el concurso para ser profesor titular grado 5 del Departamento de Teoría y Metodología de la Facultad de Información y Comunicación (FIC) de la Udelar, la ANII resolvió mi pasaje a la categoría de investigador activo nivel II, y renuncié a la Universidad de Ottawa, donde estaba trabajando", explica para ponerme al día de los últimos acontecimientos mientras me ofrece una taza de café.

La idea de comunicar siempre le ha resultado apasionante, por eso de joven hizo teatro, por eso siempre le gustó el cine, por eso ejerce la docencia y por eso se dedicó a estudiar semiótica (ciencia que estudia los diferentes sistemas de signos que permiten la comunicación entre individuos, sus modos de producción, de funcionamiento y de recepción). "Mi pasión es la de ser alguien que comunica, que siente que la palabra genera una diferencia, en semiótica se habla de la diferencia que hace la diferencia".

Fernando Andacht tiene 61 años y creció en el seno de una familia pequeña en la que él era el único uruguayo. Su papá nació en Viena y su mamá y su hermana son argentinas. "Quizá por eso pasé buena parte de mi vida en el exterior", sonríe y apoya cuidadosamente las manos sobre su pantalón color caqui. Fue a la escuela pública República Argentina, al liceo Elbio Fernández y entró a la Facultad de Medicina. "Era la generación 73. Un día estábamos frente al edificio principal, miramos de golpe por las ventanas y venían los tanques, el Uruguay estaba siendo tomado. Pensamos que íbamos a terminar todos en los cuarteles, nos pusieron contra la pared unas horas", dice deslizando la primera de muchas anécdotas gráficas.

Buscar el sentido

Estudió medicina durante dos años, pero cambió radicalmente y se matriculó en la Facultad de Humanidades. Allí hizo tres especialidades al mismo tiempo: lingüística, literatura inglesa y francesa, "nada me alcanzaba, me apasionaba con la lectura. No había comunicación, no había correo, no existía el fax, no había fotocopias; la Biblioteca Nacional era mi faro".

Luego de culminar la licenciatura en Letras, en 1978, comenzó a ejercer la docencia en el programa del International Baccalaureat (IB), en el que enseñaba World Literature, English Literature, y English Language, en el British School. Durante esos años también hizo teatro. "Tuve una suerte fenomenal porque fue en este grupo de teatro independiente donde me ennovié con Mariela, quien es actualmente mi esposa. Te contaba lo del teatro porque me sirvió mucho al momento de enfrentarme a una clase de adolescentes en una lengua que no era la mía. Hoy recomendaría a todos quienes ejercen la docencia que hagan teatro, la enseñanza es una escena".

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En 1980 ganó una beca para hacer una maestría en lingüística, dejó su trabajo en el British y se fue a estudiar a Estados Unidos. "Era joven, tenía un poco de sed de mundo, en un mundo tan cerrado".

En Uruguay tuvo "la suerte de tener como docente de Introducción a la lingüística a Adolfo Elizaincín, y fue fundamental tener a ese especialista a cargo de la disciplina, porque además de tener un gran conocimiento del tema, te contagiaba su fascinación. Ahí oí hablar por primera vez en mi vida de semiología". ¿Y qué te apasionó del estudio de los signos? "Creo que los signos son ese elemento olvidado, aparentemente insignificante, sin lo cual el mundo no podría funcionar. A través de los cinco sentidos continuamente estamos interpretando pero es en momentos de crisis cuando nos damos cuenta". En uno de sus libros, publicado en 1993, Entre signos de asombro, ilustra esta idea con la imagen del ratón Mickey que pasa por un precipicio y no se cae hasta que se da cuenta. "Y un poco es eso. Una vez que advertís la complejidad que hay en las mínimas interacciones humanas te das cuenta de que es un escenario infinito y riquísimo".

Semiótica para todos

Esa avidez por la lectura lo llevó a escribir en 1982 sus primeros análisis semióticos, acerca de Doña Ramona y El herrero y la muerte, para la revista que publicaba el teatro Circular. "Las cosas que escribía eran un territorio poco explorado en ese momento, y eso me daba, y todavía me da, el impulso. Ahí me di cuenta de cuál era mi vocación". ¿Encontraste tu forma de pararte frente al mundo? Y tras asentir con la cabeza dice: "Sí, me gusta la semiótica callejera".

En 1989, gracias a un contacto con Equipos Consultores hizo su primer análisis semiótico de la campaña electoral de ese año. Era la primera vez que en Uruguay se estudiaba a la política a través de la semiótica. Y el experimento resultó exitoso. "Tuve la enorme felicidad de trabajar con César Aguiar, una persona muy generosa, un maestro de vida. Nunca había conocido hasta ese momento alguien que festejara con tanta alegría los éxitos ajenos", dice con gran admiración y deja entrever aquellos buenos recuerdos.

En este mismo año comenzó su participación en el programa radial En perspectiva y hoy, más de 25 años después, evalúa la experiencia. "He vivido mucho tiempo en el exterior y me gusta decir que en Uruguay el medio más avanzado de comunicación sigue siendo la radio. César Aguiar me instó a hacer un seminario para comunicadores, ya que estábamos en época electoral, y allí estaba este periodista joven: Emiliano Cotelo. Vi que se quedó muy curioso y se acercó a preguntarme si me animaba a 'hacer lo que hice en el seminario por la radio'. Le dije que sí, era un gran desafío. Al principio sé que lo hice muy mal, en el sentido de que se parecía mucho a una clase. El tiempo en radio es además muy exacto, y más con Cotelo, que es muy perfeccionista. Pero tuvo una gran repercusión y mi voz entró quién sabe a qué casas y en qué circunstancias. Solo me puse una exigencia: nunca iba a tratar de simplificar. Cada término técnico que usase iba a ejemplificarlo para que funcionara en un medio masivo como es la radio, pero sin dejar de emplear palabras reales de la teoría usada, por una cuestión de respeto hacia la gente y hacia la semiótica. Cuando les contaba a colegas que estaban fuera del país lo que hacíamos en aquel momento quedaban anonadados, no existía tal cosa, era muy anticipatorio. Hacíamos lo que llamo semiótica conversacional".

Piensa que considerar a la semiótica elitista es una deformación. Y me pregunta: "¿Qué cosa que es interesante no es difícil? El fútbol es difícil, lo que pasa es que lo vas aprendiendo porque es parte de ser uruguayo". ¿Sos futbolero?, le pregunto creyendo conocer la respuesta, pero me sorprende. "No. He escrito sobre fútbol pero no, no". ¿Hincha de algún cuadro? "No. Soy de Nacional por mis hijos, por empatía", me dice el hombre que escribió verdaderos tratados de semiótica y fútbol, aunque me hace una aclaración. "Cuando Mateo era chico, le intentaba enseñar a patear –aunque juego horriblemente mal–, porque sin eso la vida es mucho más difícil en Uruguay. El fútbol es el medio de sociabilidad por excelencia. Yo por motivos históricos personales no juego, pero me encanta que a Mateo le guste y que a Paula no solo le guste sino que lo juegue muy bien. Me enorgullece que sean futboleros". Como creo que quedó claro, Fernando tiene dos hijos, Mateo de 28 años y Paula de 26. Mateo estudió física en Brasil durante dos años hasta advertir que no le gustaba demasiado la vida académica y se fue a Canadá a estudiar ingeniería mecánica. Su hija hizo estudios de tiempo libre en Canadá y de hotelería en nuestro país. "Los dos viven hace tiempo en Uruguay, se han repatriado antes que los padres".

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El gran ojo

"Estamos trabajando a distancia con unos colegas acerca de Máster Chef, por eso estos días empecé a ver la edición Argentina, que no la había visto. Estamos craneando un artículo y una ponencia para un congreso. Un interés más bien académico", aclara. Ya hace años que a Fernando le interesa el fenómeno social del reality show, a pesar de las críticas que en alguna oportunidad recibió de sus colegas. "Es el único formato a través del cual los televidentes se preguntan ¿es verdadero o falso? Y esta pregunta tiene una vigencia enorme y por eso la sociedad la intenta responder de varias maneras. Es una pregunta filosófica. En lugar de decir que la gente era imbécil por mirar esos programas, me pregunté por qué los mira. Recuerdo que una colega en Brasil decía que el reality show era como una telenovela pero mala. Totalmente equivocado. En la telenovela no te preguntás si se estarán dando un beso de verdad, sabés que son actores. A Tinelli lo estudié en su momento, y me gustaría compararlo, aunque es obviamente muy distinto, con el cómico popular Luis Sandrini. Cuando un programa tiene gran longevidad, no tenés que preguntarte con aire aristocrático por qué la gente mira esa basura. Tinelli es una máquina de traducir, traduce una cantidad de asuntos que preocupan, que incluso causan angustia, pero los traduce en barrial, de ahí su eficacia. Y en eso que llaman previa, hay un discurso sobre la vida privada en donde él estaría funcionando como una garantía y los está llevando hacia lo más humano de cada uno. Despoja a esos personajes de sus vestimentas más coloridas, acercándolos a la gente. Ahí está la atracción máxima de una figura popular mediática como Tinelli".

En 1992, cuando escribió Signos reales del Uruguay imaginario, hablaba de que la tarea del informativista puede describirse como la del acomodador semiótico, incluso presenta en algunos de sus textos a Araújo y Traverso como si fueran "líderes espirituales". Pero... ¿qué pasa hoy? "Obviamente está mucho más repartido. Tiranos temblad, que es intensamente uruguayo, logró reflejar a través de la voz, aparentemente anodina del narrador, esa uruguayés que no se destaca. Y allí radica su éxito. No estoy tan seguro de que existan estos líderes, hoy es más polifónico, hay muchas voces, muchas figuras potentes pero efímeras. Todo es más vertiginoso".

Tiempos (pos) posmodernos

No tiene Twitter porque "me quiero poner un límite en el tiempo que le dedico a eso, de lo contrario no podría producir nada". Cree que Facebook se parece mucho a la interacción de cuando te encontrás con alguien en la calle. "Generalmente no te ponés a llorar en el hombro del otro. Y por más que hay un abuso de esta red social, para mi Facebook no es falso, sino que es una forma de contar cosas agradables, noticias de máxima alegría".

¿Te da cierto temor este avance de las redes sociales? "Sí. Nunca intento hacerme el joven porque trato a diario con jóvenes y cuando te hacés el espontáneo se capta enseguida. Incluso a mis clases en la Universidad de Ottawa, en Canadá, iba de corbata aunque mis colegas nunca lo hacían, al estilo uruguayo de los años de 1970. Soy de la generación del libro. Me mandé traer mis cajas de libros de Canadá por barco. Mi mujer me decía que no las iba a precisar, y quizá sea un conservadurismo, y sin quizá... Lo cierto es que dudás: ¿será que si no tengo una cuenta de Twitter me estoy desactualizando tanto? A mí me parece que aunque dan miedo las cosas muy veloces, porque uno siente que va quedando atrás, hay que tratar de verlas en continuidad. Nunca te alegra quedar anacrónico, sería lo peor, porque no le hablás a nadie. Lo bueno es ir acompasando lo que uno recibió de esa civilización del libro, de las letras, que parece haber sido totalmente superado (aunque yo no lo veo tan claro). Creo que si uno puede entender la continuidad de estos nuevos medios el panorama es más rico, porque hay una coexistencia".

Normalmente empieza el día temprano, a las 7 de la mañana y prefiere dar clase por la tarde. ¿Tenés una rutina para escribir? "Ahora como la vida se ha puesto más frenética, porque estoy mucho de viaje, escribo cuando puedo. Estando de viaje me cuesta más porque necesito cierto aislamiento. Pero me encanta como la cabeza va elaborando la idea, y cuando te sentás, ya la tenés diagramada". Escribió nueve libros y más de 100 artículos; incluso publicó uno en conjunto con Mariela, su mujer, en la revista Theory & Psychology. "A mí siempre me gustó la psicología, si no fuese lo que soy, hubiese sido psicoanalista. Fue muy linda la experiencia de trabajar juntos...". ¿Le mostrás a ella lo que publicás? "Si, totalmente. No solo le dediqué libros sino que siempre estuvo muy próxima a mis producciones. Para mí es un privilegio porque tiene una mirada y una escucha muy sensibles, muy finas".

Raíces

En 1996 viajó solo a Noruega para hacer su doctorado en filosofía en la Universidad de Bergen. Dos años después se fue a vivir a Alemania junto a su familia. "Fue muy linda la experiencia. Había ganado una beca Humboldt y pude dedicarme a pensar y escribir".

En el 2002 se radicó en Brasil como profesor invitado del programa de posgrado en Comunicación e Información de la Universidad Federal do Rio Grande do Sul. Una experiencia que recuerda muy gratificante. Luego vivió casi 10 años en Canadá, desempeñándose como profesor titular del Departamento de Comunicación de la Universidad de Ottawa y estuvo al frente del equipo que generó un doctorado en comunicación. "Todo marchaba estupendamente pero no existían los ojos brillantes". Hace una pausa y continúa. "Era una universidad demasiado burocratizada, mecanizada, vaciada de todo lo que para mí es la universidad: un ámbito de inquietud, un momento de máxima agitación mental. Todo es perfecto desde el punto de vista edilicio y de recursos, el sueldo es inmensamente grande si lo comparo con Uruguay. El problema es que está desvitalizada. ¿Viste el cuadro de Magritte? ¿El de la lluvia de los señores con sombrero?", me pregunta y tras verme asentir con la cabeza retoma la palabra. "Bueno, las clases me producían lo que me produce ese cuadro. Los estudiantes tenían cero curiosidad, cero inquietud. No te miran, el aula es un mar de computadoras. Solo van a clase a conseguir el papelito. El alumno tiene una mente burocrática en el peor sentido, y eso me dejó muy decepcionado. Mientras viví en Ottawa las clases que daba en Chile y Argentina eran mis bocanadas de oxígeno, era un placer infinito ver a personas entusiasmadas con la clase". ¿Y eso te llevó a regresar? "Sí, quería volver. Extrañé mucho a mi país. Para habituarte a una cultura tan distinta, tenés que haber ido de más joven. Yo llegué con unos cuantos años, y eso me produjo una extrañeza muy grande".

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En alguna entrevista había dicho que le gustaría crear una especie de sociedad semiótica dentro de la universidad, cuando regresara al país, y se lo pregunto. "Las cosas van a darse como todas las cosas que se dan bien: naturalmente y no por un decreto mío. Me interesa que exista esta sociedad semiótica, en la medida uruguaya, claro. Veo a la universidad en un momento ideal para que surjan ideas y se concreten. También me interesa muchísimo la idea de promover en Uruguay un doctorado en Comunicación. Sin dudas es un buen momento para aterrizar".

La charla está llegando a su fin, y el hombre de traje pero sin sombrero se detiene, piensa y explica con voz pausada, y se ríe, distendido. Balancea ideas, las redondea, aunque siempre deja un espacio, el espacio para el diálogo, para la comunicación, para la palabra. Para su pasión.

El caudillo y el doctor

"Mujica de alguna forma extraña encarna el identikit del gaucho desconocido, es una figura martinfierresca porque tiene ese amor a lo bucólico, a lo rural. Irónicamente, lo que hace que la sociedad se merezca a Mujica y viceversa es que él terminaría encarnando no la guerrilla, no la lucha armada, no los elementos distintivos del MLN en su faceta más de líder, sino elementos de simpleza, de modestia, de sencillez. A Tabaré Vázquez lo veo siguiendo una tradición más convencional, no quiere decir que no tenga sus acentos personales, sin dudas los tiene. Los dos vienen de relatos muy antiguos, uno es el relato de la clase media en su aspiración máxima: abogado, médico; M'hijo el dotor. Y el otro en una cosa más telúrica, hay algo de pureza. ¿Será verdad que vive así? ¿No tendrá un chalé escondido en Punta del Este?, se han preguntado. Y eso llama mucho la atención, fascina".

Mala experiencia

"En 1985 me invitaron a un programa de canal 5 que se llamaba Apertura, y fui con enorme ilusión. Hablaba de canto popular, de la prensa y de una cantidad de cosas que no se hablaban para nada y menos en el 5. Y un día hablé de identidad. Era el invierno del 85 y pedí un atril, nada más. Allí puse la foto de Mariana Zaffaroni y de otro joven que había aparecido recién en Argentina y empecé a hablar de los desaparecidos, que era un fenómeno nuevo. Y llegaron las conductoras del programa a decirme en vivo que todo lo que estaba diciendo no tenía el menor sentido. Tenía dos opciones: acatar, callarme y pedir perdón, o defenderlo, y lo defendí y no fui más. Me da mucha alegría haber hablado de los desaparecidos desde el punto de vista de la semiótica. Eso te muestra que hay evidentemente medios más resistentes, más conservadores, y por eso la radio me parece tan apreciable en Uruguay. La televisión es un medio totalmente irrelevante, la mayoría de las veces que fui me hicieron la pregunta equivocada. No me sentí cómodo".

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