Una vez por año Maroñas es el centro del universo. Sucede cada 6 de enero desde fines del siglo XIX, y las pocas interrupciones que ha tenido se debieron a causas de fuerza mayor, tragedias tales como el cierre del hipódromo, entre 1997 y 2003. Este lunes, entonces, revive una de las tradiciones más antiguas de la Tacita del Plata, el clásico Gran Premio José Pedro Ramírez.
Hay toda una comunidad esperando ese día, en el que Maroñas luce sus galas y aparecen las autoridades políticas y los empresarios y las figuras del espectáculo. Los dueños de los caballos, los peones de los studs, los jockeys, los aficionados a las carreras y los cientos de empleados del hipódromo viven la culminación de sus esfuerzos mañana, cuando se dispute la décimonovena carrera del programa, a la hora 20:50, con un sol moribundo y cerca de 30 grados de temperatura.
En el hipódromo la excitación es creciente. Tal como lo expresa el coordinador de mantenimiento, Julio Latanzio, una especie de hombre orquesta, responsable de sectores clave de la infraestructura, como la hidráulica y las instalaciones eléctricas. “Cada 7 de enero empezamos a pensar en qué se puede mejorar para el próximo Ramírez”, expresó. Esa preocupación de todo el año culmina en una jornada maratónica, para él y los suyos, desde la mañana a la medianoche, al cabo de la cual “siempre felicito y agradezco a todo el equipo”.
Latanzio quiere decir que siempre sale todo bien, ya que esa ha sido su experiencia en los 10 Ramírez que le tocó trabajar, aunque algunas cosas pasan, de vez en cuando, cómo no.
“En 2011, el eléctrico de uno de los grupos de música instaló sin avisar mucho más potencia de la que estaba prevista y saltó todo. Estuvimos cinco minutos sin luz”, recuerda. Fueron los cinco minutos más largos de su vida. “Después fui y le dije algo que se va a acordar para toda su vida”. Interrogado al respecto, aclaró: “Siempre con respeto”.
Latanzio trabaja para que esas cosas no pasen pero debe estar alerta para resolverlas. Lo suyo también es el agua, que en Maroñas corre abundante. Hay 10 pozos “propios” de agua para satisfacer las necesidades, que son variadas, tal como enfatiza el gerente de la Unidad Hipódromo, Horacio Ramos: “El agua que necesita la pista equivale a lo que gastaría un camión regando desde acá hasta Rocha”.
Sí, se usa agua, potabilizada por Latanzio y los suyos. También se deben hacer 40 controles antidoping en la jornada, al primero y segundo caballo de cada carrera, en un programa que tiene veinte competencias, desde la hora 13:40 hasta que se larga la última carrera a las 22:40.
Ramos dice que esperan 17 mil personas en una jornada que marca el fin y el principio para los competidores y sus dueños y equipos. “Es el fin de la competencia del año para muchos caballos y en cambio otros debutan en la cancha grande ese día”, señaló.
Pero también es fin y principio para todos los que trabajan para la preparación de la fiesta.
Es el día en que Maroñas se muestra al gran público, el día en que deja de ser propiedad de una comunidad y pasa a ser noticia nacional.
Por eso la noche se cierra con una actuación de Jaime Roos, después de varios espectáculos entre carrera y carrera. Y es un orgullo en el tiempo porque mañana de noche se corre la edición número 126 del Ramírez.
Desde la cabina
Víctor Cusati será el responsable de relatar este Ramírez, lo que siempre significa un orgullo. Tiene 52 años y recuerda que relató su primera carrera en Maroñas cuando tenía 13 años.
“Venía a la Pelouse con mis padres. Se podía entrar con el coche y yo llevaba la bicicleta”, contó desde la tribuna a tres días del evento.
Lo de relatar empezó como una necesidad propia. “Al principio yo jugaba y andaba en bici porque la Pelouse era como un parque”, dijo, en referencia a esa localidad central del hipódromo, por adentro de la pista, que existía en la vieja época.
Después se empezó a interesar por lo que pasaba en pista y llegó a treparse a la pizarra para tener el mejor panorama posible. Llegaba cada fin de semana desde el parque Batlle, donde vivía su familia. “Con el tiempo me empecé a poner abajo de donde estaban los relatores y también tenía un par de prismáticos chicos”.
Fue entonces que empezó a relatar la carrera, por las suyas. Tuvo que aprender los trucos del oficio por su propia cuenta, identificar los colores y cuando los colores eran parecidos, identificar las diferencias de los caballos. Hasta que pidió a su padre que le reglara un grabador, que era un artefacto no muy habitual en los años de 1960.
“Empecé a grabar las carreras que relataba, y la gente que lo escuchaba me decía que estaba bien, hasta que me llamaron de un programa de turf de radio, Los ganadores. Me dieron una oportunidad”.
Era una gran oportunidad, sin dudas. Lo que hicieron fue pasar por radio, en el programa, un relato que había hecho Cusati en el hipódromo. Empezaba una carrera.
Cusati siguió de esta manera, hasta que a los 18 era todo un profesional del turf, relatando carreras y trabajando para La Mañana y El Diario. Aprendió a diferenciar la necesidad de objetividad absoluta, que se necesita para el relato que se emite en el hipódromo, de la carrera más comentada, que se exige para radio.
Todo iba muy bien hasta que en 1997 cerró Maroñas, un golpe helado para toda esa comunidad.
“Se le cerraron las puertas a mucha gente”, recuerda. Cusati sintió una gran emoción cuando le tocó relatar la primera carrera que se disputaba después de la reapertura del hipódromo, el 29 de junio de 2003: “Fue la que ganó Paisanita Prize. No te puedo decir que no terminé llorando”.
Cusati vive el mundo de la hípica desde una perspectiva muy particular. Le gustan los finales reñidos, sabe bastante de tipos de caballos y tipos de canchas y de jockeys pero no puede apostar ni le interesa. Ve el espectáculo como tal y cada competidor está formado por “una conjunción de dos seres que quieren ganar”.
En el Ramírez hay siempre varias conjunciones de seres que quieren ganar, que quieren divertirse, que quieren mostrarse, que quieren ver a otros, que no quieren perdérselo por nada del mundo.