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Fito Páez, el recital en Antel Arena y la tristeza imposible

El rosarino cerró en el Antel Arena la gira de La ciudad liberada con un show eléctrico y repleto de hits

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30 de noviembre de 2019 a las 15:45

Es difícil salir decepcionado de un show de Fito Páez. O triste. Cada presentación del rosarino garantiza un espectáculo de primera línea, una banda de calidad rodeando a la estrella de la noche, y un repertorio de esos que se saben de memoria y que tiene tal concentración de hits que uno se imagina lo duro que debe ser para el artista elaborar el repertorio y dejar tantas otras maravillas fuera.

Y eso que el de Páez es un show extenso, de más de dos horas, en el que al igual que en sus últimas presentaciones ofreció un repaso por algunos de los clásicos de su repertorio, intercalados con canciones de su hasta ahora más reciente disco de estudio, La ciudad liberada.

De hecho, el de este viernes en el Antel Arena fue el último de la gira de presentación de ese disco, que ya pasó otras dos veces por Montevideo (Teatro de Verano en 2017 y Montevideo Rock en la Rural del Prado en 2018). Su próximo show en Uruguay lo traerá con novedades, ya que acaba de grabar un nuevo álbum que se estrenará en los próximos meses. Aunque parecido a lo que hizo en esas dos visitas anteriores, Páez presentó algunas alteraciones. “En Montevideo me doy algunos gustos”, aseguró antes de estrenar en vivo la canción Los cerezos blancos.

Más allá de esos gustos, la audiencia que llenó el recinto recibió lo que quería. Los infaltables como 11 y 6, El amor después del amor – que en el trabajo a dos voces que el argentino hace con su corista le da un tono Gimme Shelter, de los Rolling Stones-, Giros, Circo Beat y Mariposa tecnicolor, por nombrar algunas. Todas sería imposible, porque si hay algo que a Páez no le faltan, son himnos.

Esos que mandatan al público a moverse instintivamente. Los que insistían en quedarse sentados se gastaron las rodillas, porque cada canción obligaba al auditorio a ponerse de pie y bailar. Cual misa, la audiencia se paraba y se sentaba continuamente. Aunque sin importar la posición corporal, el hilo en común fue la alabanza al artista, que como buena estrella goza y disfruta de ese cariño. Al verlo salir a escena mientras su banda lo recibe con una versión instrumental de Ciudad de pobres corazones, mover los brazos y sacudirse, no se puede dejar de pensar que es su combustible, la carga necesaria para devolver el golpe de energía en forma de canciones que presenta a continuación.

Con un dominio escénico inigualable, Páez, que no para casi en ningún momento, dirige tanto a su banda como al público. Se hace imposible no mirarlo y hacer lo que pida. Sobre todo cuando se retira del escenario y vuelve con un extenso bis de seis éxitos que empieza con Yo vengo a ofrecer mi corazón.

Y fue ese uno de los momentos más espectaculares de la noche, porque el rosarino se lanzó a cantarla solo, sin micrófono. Y logró que su voz llenara todo el estadio ante la admiración silenciosa, interrumpida por algún grito de aliento o por voces que no podían evitar cantar con él. Difícil sentirse decepcionado con proezas así, sobre todo cuando después de eso vienen Dar es dar, Mariposa tecnicolor, Y dale alegría a mi corazón y un cierre con El diablo de tu corazón.

Ese penúltimo tema tuvo la otra modificación local, cuando primero el público y el músico luego, se dieron cuenta de que la clave de candombe encajaba a la perfección en el ritmo. Páez le pidió silencio a la banda y terminaron todos aplaudiendo y cantando juntos. Mientras de fondo brillaba un sol en la pantalla gigante, Páez pidió por la unión latinoamericana y deseó un feliz año nuevo, “salud, dinero y amor” incluido.

Es difícil irse triste después de dos horas de canciones de amor y un show luminoso, energético y ajustado. Es difícil escuchar a Fito Páez y no creer que todo va a estar bien.

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