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Gabinete "disparitario". Era ahora, pero no fue: por qué dos mujeres en 14

De Finlandia a Uruguay, a bordo de un gabinete escasamente paritario

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13 de diciembre de 2019 a las 22:10

Esta semana unos cuantos iluminados comentaron con sorna lo maravilloso que era Finlandia y cómo allí se había logrado no solo un gabinete paritario sino sobre todo una primera ministra mujer y una coalición de cinco partidos políticos todos liderados por mujeres. Algunos se preguntaron cómo en un Uruguay con “tanta feminista”, tantas militantes, tantas marchas de mujeres reclamando igualdad, podía darse este nuevo gabinete ministerial disparitario.

Vale la pena recordar que lo que pasó en Finlandia es extraordinario en el mundo, y también en Finlandia, pero no es casualidad. Las mujeres líderes, en la política y en cualquier campo, no nacen de un repollo. Nacen de una mujer pero sobre todo de una sociedad, de un estado de las cosas, de una serie de usos y costumbres, de una comunidad que se preparó para cambiar la historia y dio pasos firmes en esa dirección.

Esta elección nos deja, de nuevo, con un resultado pobre a la hora de integrar a la mujer a la política y a los cargos de decisión. Es una culpa compartida, pero sobre todo es culpa de las cúpulas políticas que no han encontrado la forma –que se convierta casi en una política de Estado– de generar los espacios para que más mujeres lleguen. Esta elección también nos deja un gobierno de coalición y un presidente que, al menos en la conformación de su gabinete, no están lo suficientemente preocupados por este desbalance que perjudica a las mujeres pero sobre todo a la sociedad entera.

Al igual que Nueva Zelanda, Finlandia fue uno de los primeros países del mundo en el que se permitió el voto femenino y en el que la equidad de género es política de Estado. Ambos países (que tienen 5,5 y 4,8 millones de habitantes, no tan diferente a este Uruguay) son liderados por primeras ministras. Finlandia tuvo su primera mandataria en el año 2000 y ahora el 47% del Parlamento está integrado por mujeres. No señor, no es casualidad.

Luis Lacalle Pou sabe de balances y desbalances. Hace política desde hace 20 años pero nació en la política de una familia de dinastías políticas a la que incluso se le sumó una mujer política, su propia madre, senadora durante un período. Entre revolcones y triunfos, Lacalle logró llega a la presidencia en buena parte gracias a una campaña cuidadosa, detallista, estratégicamente calculada para capitalizar el descontento de muchos. Con pasos bien calculados y un discurso inteligente Lacalle creció políticamente, dejando atrás piruetas adolescentes para convertirse en el candidato que aceptó errores y, sobre todo, llamó a la unidad de un país con demasiadas grietas.

Una de esas grietas es la que separa, en demasiados terrenos, a hombres y mujeres. Y en esa grieta la estrategia y las señales de Lacalle son, al menos por ahora y ya sea con o sin intención, lastimosamente insuficientes. Es cierto que su gobierno tendrá la primera vicepresidenta electa por el pueblo uruguayo y que la elección de Beatriz Argimón para acompañarlo en la fórmula fue un golpe maestro que lo posicionó mucho mejor en una carrera aun bien incierta, apenas conocidos los resultados de las internas. Es cierto que su gobierno tendrá a la primera ministra de Economía de Uruguay, Azucena Arbeleche, una técnica formada y respetada que cargará con la responsabilidad de mantener el orden en la cuentas. Ambas mujeres están donde están porque la remaron incansablemente, cada una a su manera, cada una desde su ámbito, cada una con su estilo. No son, como las mujeres de Finlandia, una casualidad.

Argimón y Arbeleche son la punta del iceberg de un ejército de mujeres uruguayas que tienen todas las credenciales para integrar paritariamente gabinetes, parlamentos, directorios de empresas o cualquier otro tipo de institución. Casi el 70% de los egresados de la Udelar son mujeres y ellas son las que obtienen mejores notas y las que luego siguen estudiando másters y doctorados.

¿Qué pasó por la cabeza de Lacalle y su equipo cuando decidieron ignorar a buena parte del iceberg, una de las bases fundamentales de cualquier sociedad pujante? Algunos consideran que lo que pasó fue la coalición multicolor. Lacalle tiene compromisos con líderes políticos que ahora encabezarán ministerios (Talvi, Mieres, Larrañaga, entre otros). En las cúpulas políticas, lo recuerdo, el 99,9% son hombres. Por ese lado, nada de qué asombrarse.

Lacalle y los líderes de la coalición se perdieron una oportunidad única de empezar con el pie derecho a construir una equidad más orgánica, con mujeres que tal vez hoy no sean tan conocidas  pero que sin duda podrían haber sido la piedra fundamental de un futuro Uruguay a lo Finlandia. Alguien, siempre alguien, debe ser el primero o la primera. Puede no resultar cómodo, puede no resultar sencillo, puede incluso ser perjudicial políticamente, pero es necesario. Y es un lugar en el que la nueva oposición, el Frente Amplio, ya le está pegando fuerte a los recién llegados, en un tema que se visibiliza con fuerza el 8 de marzo pero que cada minuto de cada día afecta a cada mujer y hombre de este país.

Tabaré Vázquez comenzó su primer gobierno con tres ministras en 16 puestos (incluyendo los cargos de secretario y prosecretario de la Presidencia y director de la OPP. Cinco años después José Mujica designó a dos ministras en la misma cantidad de cargos. Al partido de gobierno le llevo 10 años otorgar un cuarto cargo ministerial a una mujer, que fue lo que sucedió al inicio del segundo gobierno de Vázquez, en 2015. Escasa evolución, escasa participación. Más allá de la involución de un cargo más o menos, lo que demuestran estos números es que esta sociedad tan avanzada, con nueva agenda de derechos justos reconocidos y garantizados, sigue olvidando los equilibrios básicos que hace décadas ya están en el mercado de trabajo, donde las mujeres son 48,6%, que además son más formadas académicamente.

En el país de las maravillas, el género no debería incidir en las nominaciones ministeriales. Solo debería importar la búsqueda de la mejor persona. ¿Pero entonces por qué se tienen menos en cuenta a las mujeres, incluso cuando se trata de nominaciones de personas sin pasado ni militancia política, pero con idoneidad técnica indiscutible? Por la fuerza de la inercia, que en el mundo moderno sigue siendo más poderosa que la fuerza del Jedi.

Las mujeres son menos visibles en todos los escalafones y son minoría real en los llamados "pipeline" porque la dificultad de acceder a cargos por vía de las designaciones y promociones ya comienzan a operar en las escalas medias.

Un estudio de 2019 de la consultora McKinsey, en el que se encuestó a más de 65.000 personas en 329 empresas, mostró que al intentar explicar por qué la brecha de género sigue siendo enorme en los puestos empresariales más altos, los hombres son más propensos a responder que “hay pocas mujeres calificadas”. Las mujeres apuntan a otras razones, en particular a que se las juzga con un estándar diferente. Y también resaltan que escasean los “espónsores” a la hora de apoyarlas en el avance de sus carreras. Estos espónsores son personas con poder y decisión: hombres.

Lo que percibimos hombres y mujeres, en materia de equidad, es claramente muy diferente. Lo que para mí es un desbalance antinatural, injusto y con consecuencias negativas para uruguayos y uruguayas, para un montón de personas es un celebrado intento por alcanzar la paridad. Mientras tanto, el espónsor principal de hombres y mujeres de este país, el nuevo presidente, comienza su período esponsoreando enfáticamente a 12 hombres y dos mujeres. Tampoco es casualidad. Solo el 4% de los puestos de CEO en Uruguay están ocupados por mujeres. En el ámbito público las mujeres en altos cargos son el 8, 5%.

“Algún día el género no importará. Mientras tanto somos pioneros", dijo el ex jefe de gobierno de Finlandia al traspasar el poder.

Siempre hay tiempo de cambiar. Las mujeres somos mayoritaria y largamente pacientes, aunque algunos nos acusen de incendiarias y aunque las incendiarias trasnochadas sean una minoría. Pero cada vez es más difícil ser paciente, sobre todo cuando profesionalmente sos igual, para bien y para mal, que un hombre. Era ahora. Pero no fue.

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