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17 de noviembre 2018 - 5:04hs

Como buena historia británica, Guardaespaldas empieza en un tren. El sargento de policía David Budd viaja en él con sus dos hijos rumbo a Londres, donde dejará a los niños con su exesposa antes de empezar su nuevo trabajo como responsable de la protección de Julia Montague, la ministra del Interior. Pero la calma es apenas momentánea: una mujer, obligada por su marido, está encerrada en el baño de uno de los vagones, con un chaleco explosivo y el interruptor en la mano. Budd deja a sus hijos a cargo de otra pasajera, y convence a la mujer de no llevar a cabo el atentado, primero, y luego a la policía de no dispararle, porque sabe que está actuando obligada. Está tan asustado como la bombardera suicida, y se le nota en la cara. Pero hace lo que tiene que hacer.

En los primeros diez minutos de la serie ya nos queda claro todo lo que hay que saber: David Budd es capaz de resolver las situaciones más complicadas, pero es un tipo con corazón y que reacciona como cualquiera si supiera que un movimiento equivocado lo puede convertir en un polvillo. No es Steven Seagal revoleando terroristas a patadas, es un padre de familia que está a punto de hacerse encima, pero es capaz de mantener los nervios, un profesional implacable.

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Y lo otro que aprendemos es que constantemente la pasaremos mal. La tensión que se crea en esos primeros instantes (aunque sepamos que Budd es el protagonista y no le va a pasar nada) es apenas la primera muestra de uno de los elementos que mejor maneja Guardaespaldas: la sensación de peligro, de que todo va a salir mal de un momento a otro, y que ni aunque seas el protagonista te vas a salvar del próximo tiroteo o atentado. 

En la línea de Homeland, esta serie producida por la BBC y distribuida por Netflix, que puede verse en esta última plataforma, trata la amenaza del terrorismo islámico en el mundo occidental moderno, pero atravesando esa historia con los dramas personales de sus protagonistas, y mostrando que los intereses políticos (individuales y partidarios) de los gobernantes también juegan un papel en la sombra detrás de esos ataques, aunque lo hace con el habitual refinamiento y calidad de las producciones británicas. 

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Porque Guardaespaldas es muy británica. El acento escocés del actor Richard Madden, que encarna a David Budd, y que para el fan de Game of Thrones sigue siendo Robb Stark ya le da un toque diferente, y las referencias al té, al club Arsenal, a la Reina Isabel, y los manejos particulares de la política del Reino Unido están presentes todo el tiempo, aunque la amenaza del terrorismo resulta más global y familiar para el espectador occidental. Todo el tiempo, además, se escuchan fragmentos de locuciones mediáticas, que incluyen el nivel de alerta oficial, un medidor constante de la paranoia. 

Al punto que el segundo capítulo muestra un ataque contra una escuela primaria ejecutado por dos atacantes en un camión, una escena que las noticias muestran periódicamente en distintas ciudades europeas. Cuando se ve asomar la cabina blanca, se sabe lo que está a punto de verse, y la cercanía con los hechos reales le agrega un morbo y un dolor particular a la secuencia. 

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La otra pata de la historia es Julia Montague, la ministra que Budd debe proteger. Lejos de ser una figura asustada e indefensa, es una política ambiciosa y una figura en crecimiento dentro del gabinete (la serie muestra a muchas mujeres a cargo y en posiciones de poder, algo no tan habitual en la ficción) que, pronto veremos, es capaz de manipular los acontecimientos y a las personas a gusto con tal de hacer mover su propia agenda y cumplir sus objetivos personales. 

A medida que pasan los capítulos la trama se va entreverando, y se va haciendo difícil confiar en los personajes, incluso en Montague. El único que permite que se deposite la confianza en él es Budd, que a pesar de su trauma nacido en su participación en la guerra de Afganistán, su incipiente alcoholismo producido por ese factor y por su separación de su esposa, y de la presión de tener la responsabilidad de cuidar a una de las figuras más importantes del gobierno, se intenta mantener como un tipo recto. 

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Pero, para entreverar más el asunto, y que se haga todo más personal y confuso, la relación profesional de ministra y guardaespaldas pronto se convierte también en una relación carnal, al mejor estilo Whitney Houston y Kevin Costner en la película homónima de 1992. 

Pero poco más hay en esta serie como punto de contacto con esa historia repetida infinidad de veces por los canales abiertos uruguayos. Esta es una historia mucho más seria, explosiva (literalmente), dramática y mejor contada. Son seis horas de una narrativa sin rellenos, que hace que el espectador la pase mal, pero al mismo tiempo, la pase bien. 

 

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