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Guerra Grande: la película

No sé cuántos Roux había en Montevideo durante la Guerra Grande pero sé que el primero de mi familia emigró a la ciudad sitiada en esa época terrible

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19 de agosto de 2018 a las 05:00

Yo leí a Pivel Devoto, la magnífica Historia de la República Oriental del Uruguay, y quedé fascinado con esa época. Sabía que si hubiera una industria de cine en Uruguay se habrían hecho unas cuantas películas sobre la Guerra Grande.

En algún momento llegué a entretenerme con la idea de escribir un guion ambientado en esos tiempos, un guion de ficción algo más modesto que Lo que el viento se llevó, una historia íntima al calor de la contienda fratricida.

En su momento pensé que el costo de la producción sería prohibitivo, ya que habría que reconstruir la muralla. De alguna manera esa dificultad me servía de excusa para no ponerme a trabajar.

Hasta que fui a hacerle una entrevista a Antonio Mercader, que en ese momento era ministro de Cultura. Me preguntó de dónde venían los Roux y le conté lo de la Guerra Grande y de mi sueño imposible de hacer la película, ya que la muralla había sido derribada. Fue entonces que derribó mis defensas: "La podés hacer en Cartagena de Indias. Es una ciudad colonial hecha con un plano muy parecido al de Montevideo. Y no destruyeron la muralla".

Así de fácil. Había que rodar en la ciudad caribeña. Es una locación muy cotizada por el turismo, de tal manera que no sería regalado, pero iba a ser mucho más barato que reconstruir la muralla nuestra. Sin dudas. Los interiores se harían en Montevideo y se ambientaría Montevideo en los exteriores de la ciudad colombiana.

Aunque parezca mentira, no escribí el guion. Una vez más lo urgente se impuso sobre lo importante y me dejé distraer por otras prioridades. Es un sueño recurrente, sin embargo. Cada tanto me sorprendo pensando en las alternativas de ese drama en plena guerra civil.

Un dato curioso y muy interesante es que uno de los escritores más originales que ha dado la vasta literatura francesa nació en aquella Montevideo sitiada, en 1846. Se llamaba Isidore Ducasse y firmó su obra maestra, Los cantos de Maldoror, con el seudónimo de "Conde de Lautremont", lo que ha sido visto como una manera de decir "el otro en Montevideo". Ducasse murió en París, en 1870, una ciudad que también estaba sitiada, en el marco de la guerra de Napoleón III contra Prusia.

Pero lo que vuelve una y otra vez es la historia de ese tatarabuelo en busca de aventuras en el lejano sur, huyendo de la opresión de esa Francia que no había cumplido con las promesas luminosas de la Revolución. Buscando una nueva vida en una nueva república, en la que estaba todo por inventar.

Han pasado unas décadas desde que por primera vez se me ocurriera recrear ese drama decimonónico y en ese lapso el cine ha cambiado de tal manera que un uruguayo creó una ficción en la que Montevideo es atacada por robots gigantes con apoyo aéreo hipermoderno.

Es un corto de Federico Álvarez que se hizo famoso de forma inmediata y que le valió que se abrieran las puertas de Hollywood para él. No solo no se preocupó por las dificultades que pudiera tener su producción sino que se dio el lujo de hacer una superproducción de cine catástrofe, con la destrucción del palacio Salvo, el Legislativo, la torre de Antel y todo lo que se pusiera delante de la fuerza invasora de estos robots al mando de vaya a saber quién y de qué galaxia.

Pues esa puede ser una solución. Que Álvarez haga la película ambientada en la Guerra Grande y que vuelva la muralla, producto de la magia del cine del siglo XXI. Sí, ya sé que el drama con ambientación de época no es lo que más le entusiasma, sino que lo suyo va más por el suspenso y el terror, un terreno en el que se mueve con mucha comodidad.

Pero, bueno, podría ser el inicio de un cine de la Guerra Grande, una pesadilla ambientada en una plaza fuerte del siglo XIX, con el enemigo a la vista tras la muralla y el ambiente de claustro de los locales, y un niño que se convertirá en un gran poeta y mi tatarabuelo, que descubre, horrorizado, todavía no sé qué.

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