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Guillermo Vilas y la obsesión de un periodista por darle el puesto que la ATP le negó

El documental Vilas: serás lo que debas ser o no serás nada relata la investigación que busca demostrar que el tenista fue el número uno en la década del '70

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07 de noviembre de 2020 a las 05:03

Guillermo Vilas se sopla los dedos, cambia la raqueta de mano, medita unos segundos ante la mirada ansiosa del rival. Son dos o tres devoluciones imparables que dan vuelta partidos una y otra vez. Vilas parado en el medio de la cancha y decenas de personas que saltan de las tribunas y corren a abrazarlo. La cámara se aleja y son hormigas disparadas hacia el mismo punto. Puntitos negros rapidísimos que abrazan, tocan, y desde el fondo aparece el campeón, en los hombros de alguno. Cualquiera diría, sin conocer demasiado la historia del tenis de algunas décadas atrás, que Vilas fue el número uno en algún momento de los años 70. Pero no. No fue, y todavía no se sabe si lo será. Porque sí, chances hay, lo que falta, parece, es voluntad.

En ese camino se embarcó el periodista argentino Eduardo Puppo, quien decidió demostrarle al mundo con hechos que al tenista le habían robado un pedazo de historia, y se propuso no parar hasta conseguirlo. Doce años de su vida dedicó Puppo a revisar documentos. Llenó su casa de papeles, dejó trabajos de lado y se convirtió en un obsesivo de la carrera de Vilas. Tanto lo absorbió el objetivo que estuvo a punto de perderlo todo. Así lo recuerda su esposa en Vilas: serás lo que debas ser o no serás nada, el documental que estrenó Netflix algunos días atrás. Un día empezó a ayudarlo, dice, porque, si no, lo perdía. Y así fue como la familia también se puso al hombro la tarea de recuperar el puesto que la Asociación de Tenistas Profesionales (ATP) no quiso darle, sin demasiadas explicaciones y con registros por lo menos dudosos. 

La historia de Vilas y la negativa a otorgarle el número uno es bastante conocida en especial entre los amantes del tenis. Sin embargo, en adelante se relatarán algunos pasajes del documental, por lo que, quien tenga planificado verlo, será mejor que no avance en la lectura. 

La vida al costado

Mientras Puppo cuenta cómo llegó hasta un matemático rumano tan obsesivo como él que lo ayudó a recuperar documentos y contar uno a uno los puntos de cada uno de los partidos que el tenista argentino jugó en algunos años de la década del 70 y compararlos con los que fueron otorgados a los campeones, las imágenes de los partidos toman la pantalla. Allí aparecen, uno tras otro, los mejores del mundo. Bjorn Borg, Mats Wilander, Gabriela Sabatini, Boris Becker, Rafael Nadal, Ion Tiriac, entre otros. Todos coinciden en algo. Se lo merecía. El uno había sido él.

Aparece también en el documental, gracias a viejas filmaciones, su padre, el que le regaló su primera raqueta. La familia no quería que fuera tenista pero él no podía ser otra cosa. Y se dio cuenta cuando empezó a jugar, a los 7 años en Mar del Plata con el entrenador Felipe Locicero, quien después de un año de enseñarle todos sus trucos dejó de cobrarle. Tenía el don, era un colega.

Pese a las resistencias, el padre del tenista lo acompañó a un torneo durante su juventud, lo vio ganar y hacer estremecer el court, pero le juró que jamás volvería a hacerlo. No soportó vivir dos semanas junto a su hijo y ver la forma en la que se había entregado al deporte. Simplemente no pudo. Se tomó un avión y se fue. Ese es, quizá, uno de los momentos más emotivos del documental. Allí se ve la soledad del deportista profesional. Vilas y sus entrenadores. Vilas y su amigo Bjorn Borg. Vilas y su admiración por Luis Alberto Spinetta. Vilas y sus copas y sin su número uno.

La libertad

En varios momentos del documental, que se apoya en viejos casetes, filmaciones, fotografías y recuerdos del propio protagonista, Vilas habla de la libertad. De por qué eligió a Woodstock como un lugar especial en su mundo (“un día me voy a hacer una chocita acá”, dice a una cámara que lo muestra recorriendo el parque), de cómo lo sensibilizaba el rock y la movida hippie de los 60. 

Sin embargo, le entregó su vida al tenis y al objetivo máximo que aún hoy, con 68 años, lo desvela. 

Vilas llora desconsolado abrazado a su amigo Eduardo Puppo después de que se presentan las pruebas ante la ATP. Llora cada número 2, cada vez que le dijeron que otra vez sería, que esta vez no, pero que lo estaba haciendo bien. Vilas llora y uno solo piensa que qué ganas de ver jugar más Vilas y que Vilas viva para ver cumplido ese sueño robado. 

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